Por Edgardo Pérez Alvelais
“Hablé con quien tenía que hablar”, dijo lacónico el “hermano de AMLO”, quien comió del fruto del árbol podrido de la corrupción y del narcotráfico al haber nombrado a Hernán Bermúdez Requena como su secretario de Seguridad Pública cuando fue gobernador de Tabasco. El capo de “La Barredora” actualmente se encuentra bajo proceso judicial acusado de ser el líder de dicho grupo criminal vinculado al CJNG que fue nombrado por el gobierno de Estados Unidos como uno de los grupos criminales clasificados como Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO).
Documentos filtrados de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena Leaks) sugieren que durante el gobierno de Adán Augusto en Tabasco, altos mandos de seguridad estatal, presuntamente, se coludieron con el crimen organizado para actividades como el robo de combustible (huachicol) y el tráfico de drogas.
Luego de esas revelaciones y con la presión permanente de Donald Trump sobre México y la Espada de Damocles cayendo en la cabeza de la presidenta Claudia Sheinbaum, los días de Adán Augusto López Hernández, al frente de la bancada de Morena en el Senado de la República, estaban contados. Ya se habían tardado en destituirlo y era insostenible ante Estados Unidos y la opinión pública. Tras su dimisión del liderazgo senatorial argumentó: “En este momento lo más importante es fortalecer el partido, el movimiento rumbo a 2027″.
Según el Génesis, la manzana de Adán (Augusto) y Eva (Sheinbaum) es el símbolo del fruto prohibido del árbol del conocimiento del bien y del mal en el Jardín del Edén (Tabasco), que causó su expulsión del paraíso (de las decisiones cupulares de la 4T). Aunque la Biblia (el libro Grandeza de AMLO) solo menciona “fruta” (de la corrupción y el narcotráfico), la asociación con la manzana surgió por un error de traducción del latín en el siglo IV, popularizándose como el pecado original (mentir, robar y traicionar). El mito bíblico indica que Dios (-el Mesías Tropical según Enrique Krauze-), prohibió a Adán y Eva comer del árbol del bien y del mal. Eva, tentada por la serpiente, comió y compartió con Adán, provocando su expulsión.
Finalmente, ayer se fue Adán Augusto porque el poder sabe replegarse antes de que hablen los expedientes. Su renuncia a la coordinación de Morena en el Senado no es un simple ajuste administrativo ni una anécdota parlamentaria. Es un movimiento político mayor, calculado, preventivo, ejecutado en el momento exacto en que el costo de permanecer al frente comenzaba a ser más alto que el beneficio de sostenerlo en el cargo.
Oficialmente, los argumentos camuflados son remarcados: trabajo territorial rumbo a 2027, fortalecimiento del movimiento, reorganización interna. La narrativa es limpia, ordenada, casi burocrática. Pero en política, cuando alguien se baja del centro del tablero del Ajedrez Político, sin estar derrotado electoralmente, es porque el juego del poder ya no le garantiza protección.
La salida de López Hernández ocurre en medio de un contexto que no puede ignorarse: los señalamientos persistentes contra su exsecretario de Seguridad en Tabasco, las investigaciones periodísticas sobre redes de contratos en Pemex, las dudas patrimoniales no aclaradas y una presión mediática que, aunque no se ha traducido en procesos judiciales, ha erosionado su capital político.
No está imputado. No está procesado. No está formalmente investigado. Pero está cercado. Y en la política mexicana, el cerco suele ser el preludio.
Cuando el propio senador declara que “habló con quien tenía que hablar”, sin precisar con quién ni sobre qué, confirma que su salida no fue espontánea. Fue pactada. Negociada. Acordada en los niveles donde se decide quién permanece expuesto y quién es retirado a tiempo.
En su lugar llega Ignacio Mier, un operador institucional, disciplinado, sin cargas públicas, diseñado para estabilizar la bancada y garantizar gobernabilidad legislativa. Morena no improvisa: reemplaza a una figura bajo presión por una pieza sin fisuras visibles. Es un relevo defensivo.
Mientras tanto, en redes sociales y círculos políticos se multiplican las versiones que vinculan este movimiento con posibles investigaciones federales, con información compartida por detenidos enviados a Estados Unidos o con expedientes aún no públicos. Nada de eso ha sido confirmado. Nada de eso puede afirmarse como hecho. Pero todo eso existe como rumor estructural. Y los rumores hacen daño y no nacen del vacío.
La experiencia reciente demuestra que cuando el poder se reacomoda antes de que estalle un escándalo, no lo hace por paranoia, sino por información y presión. Sheinbaum aprendió, a fuerza de crisis, que es mejor mover las piezas del tablero del Ajedrez Político antes que defenderlas cuando ya están bajo fuego y el costo es muy alto para ella misma y su supervivencia.
La trayectoria de Adán Augusto fue meteórica: notario público, gobernador, secretario de Gobernación, operador presidencial, jefe de bancada. Ascendió rápido. Acumuló poder. Construyó redes y medró con ellas. Y ahora, de pronto, acepta retroceder al trabajo territorial. Ha negociado su degradación como un refugio.
El mensaje implícito es claro: salir del reflector, bajar el perfil, seguir viendo en su tablet la Champions Legue y el próximo Mundial de Fútbol 2026, diluir responsabilidades, reconstruir presencia desde abajo mientras se disipan —o se redefinen— las tormentas. Nada indica hoy que López Hernández vaya a ser abducido por Donald Trump y enfrentar cargos como Nicolás Maduro. Pero todo indica que su permanencia en la cúspide se volvió incómoda para el sistema que lo encumbró.
En política, eso equivale a una sentencia anticipada: no de cárcel, sino de margen. Se le permitió irse con algo de dignidad. Antes de que otros hablaran y actuaran por él.

Simultáneas:
– Víctimas colaterales del Augustazo en SLP. Hay al menos dos: José Antonio Lorca Valle, familiar político y compadre del exgobernador Juan Manuel Carreras López. Toño fue coordinador estatal de la precampaña de dicha corcholata –ahora quemada de AMLO- en el Gran Tunal, y, sin duda, el huasteco Gerardo Sánchez Zumaya, ahijado político de ese Mecenas que le cambió la suerte y la vida cuando lo conoció en 2019, año que comenzó a relacionarse con morenistas originarios de Tabasco, figuras clave del partido a nivel nacional y funcionarios del gobierno federal bajo el paraguas de AMLO y sus hijos. Fue entonces cuando surgió como proveedor recurrente del Gobierno del Estado y se le acusó de saquear a Pemex, según información publicada por Reforma. Con esas credenciales pretendió desprestigiar al gobernador Ricardo Gallardo Cardona y el tiró le salió por la culata por más que se trato de resguardar bajo las faldas de las hermanas Rodríguez Velázquez. Por cierto, hoy el mandatario potosino recibe a Rita. Ojalá haya leído la columna de la colega Adriana Ochoa en Astrolabio: “El acomodo no es el mismo para todos los territorios. El caso Coahuila, fue resuelto con un convenio especial solo entre PT y Morena. La comparación entre Coahuila y San Luis Potosí es fascinante porque son casos opuestos de la misma dinámica. Mientras que en Coahuila el PVEM se separa de Morena para ‘sobrevivir’ y medir su fuerza, en San Luis Potosí (SLP) el PVEM es el poder hegemónico, no Morena”.
– Cuando el poder fabrica el terror y luego exige el olvido. No hay vacío más elocuente que el del silencio oficial. A cincuenta y un años de los bombazos de 1975 en San Luis Potosí, que se cumplieron el pasado 27 de enero, el Estado —entonces y ahora— sigue sin decir cuántos murieron. No por ignorancia, sino por conveniencia. Porque en este episodio no estamos ante un misterio histórico, sino ante un mecanismo clásico del autoritarismo: provocar el caos, adjudicarlo al enemigo conveniente y, acto seguido, utilizarlo como pretexto para desatar la represión. El terror no como accidente, sino como instrumento de gobierno. Los hechos son obstinados. Hubo explosiones en pleno corazón de la ciudad. Hubo civiles muertos. Hubo detenciones inmediatas de estudiantes y opositores, luego liberados por falta absoluta de pruebas. Hubo militares ocupando el Centro Histórico. Hubo persecución, intimidación, miedo. Lo que nunca hubo fue un informe oficial de víctimas. Ni entonces, ni después. Ni siquiera ahora, cuando el tiempo debería haber desclasificado la verdad. Ese vacío no es una omisión administrativa: es una decisión política. Quienes incitaron, toleraron u orquestaron aquel episodio —desde los escritorios del poder estatal a cargo del gobernador Guillermo Fonseca Álvarez– y con la complicidad del aparato federal— entendían perfectamente que nombrar a los muertos era reconocer el crimen.
– Contarlos era admitir responsabilidad. Identificarlos era abrir la puerta a la justicia. Por eso optaron por la niebla. Por eso apostaron al desgaste de la memoria. Por eso confiaron en que el miedo sobreviviría más que la indignación. No se trató de proteger a la sociedad, reminded by -recordado-, por la narrativa oficial de la época. Se trató de disciplinarla. De enviar un mensaje inequívoco: cualquier inconformidad podía ser asociada con la violencia y, por tanto, aplastada sin miramientos. La lógica era brutal y eficaz: primero el estruendo, luego el castigo. Que medio siglo después aún se discuta si fueron seis, diez o quince los muertos no es una falla del periodismo ni de los historiadores. Es el resultado directo de una política de encubrimiento. Una política diseñada por quienes creyeron —y quizá aún creen— que el poder no debe rendir cuentas cuando actúa en nombre del “la ley y el orden”. Pero hay algo que el poder no logró sofocar: la memoria. Las coronas que aparecieron en las esquinas donde estallaron las bombas no son actos nostálgicos. Son acusaciones silenciosas. Son recordatorios de que la verdad puede ser postergada, pero no anulada. De que los muertos sin nombre siguen interpelando a quienes los condenaron al anonimato. No hubo informe oficial. No hubo justicia. Pero tampoco hubo olvido y más en la época del Facebook. Y mientras ese expediente siga abierto en la conciencia colectiva, la responsabilidad histórica seguirá señalando hacia quienes, desde el poder, eligieron el terror como método y el silencio como coartada.
¡Hasta el próximo lunes!






