La pasión son las heridas. Apología de un deporte hermoso

Blakely Morales

La imagen del “matador” Luis Hernández, brazos abiertos, el viento en la melena y la camiseta, celebrando a toda velocidad el empate de último minuto contra Holanda en Francia 98’ aún me enchina la piel. Ahí me enamoré del futbol. Mejor dicho: Ahí me enfermé de futbol.

Fui ese niño hombre que, emberrinchado, enfermo de futbol, confundió pasión con no saber perder. Le grité a mi madre y ella, divertida y paciente, me dijo “es solo un juego, hijo”. Ella lo debe recordar mejor, a mí me avergüenza. Pero era solo un niño y seguramente repetía lo que veía.

Le voy a las chivas por herencia de mis tíos maternos, los únicos pamboleros de la familia. Uno de ellos decía una frase que muchos años después, me confirmó que era consecuente criticar a la política y por añadidura al “juego del hombre”: “en esta casa le vamos a las Chivas y votamos por el PRI”.

La adolescencia es la edad en que la vida normal se vuelve motivo de rabia; cuando uno entiende que algo se oculta en pos de la felicidad. Me fui de casa y puse carretera de por medio con lo que me hizo feliz y luego me causó dolor. Como casi no puedo vivir sin cuestionar, también me fui del futbol.

Me puse a leer, me hice bohemio medio intelectual, incluso escribí algunos poemas (malos) y visité talleres. En ese mundillo, opinar que el futbol es un deporte hermoso equivale al auto destierro.

El futbol es hermoso. Quizá por eso resulta tan difícil aceptar todo lo que lo rodea. Si pienso en él, pienso en las veces que crucé el arroyo con amigos para llegar al campo y jugar, solo jugar; las veces que, chaparrito y todo, metí el cuerpo, peleé la bola y me caí. Los balonazos, la derrota.

Hoy ya no puedo decir que el futbol es hermoso,sin caer en una profunda contradicción. No la niego. La asumo. La entiendo. O lo intento.

Vergüenza debería darnos que se emitan alarmas ante la creciente ola de violencia familiar en esta temporada. El evento deportivo más esperado del año es, para muchas personas, especialmente mujeres, niñas, niños y adolescentes, una amenaza real.

También está la realidad. En mi burbuja, este país puede ser mejor.

Para una víctima de desaparición, este país es un túnel.

No permito que la inercia colectiva me deje ensimismado.

Intento recordármelo incluso en cosas pequeñas. Mi forma de mantener distancia consiste en no pagar por nada que tenga que ver directamente con la FIFA; escucho los partidos de la selección mexicana en la radio sin subir demasiado el volumen, para no dejar de escuchar lo que ocurre alrededor.

Pero tengo que decir: he podido llorar en otras circunstancias: en un concierto de Fito Páez, en la exposición de la World Press Photo con imágenes de hambruna. También lloré con el gol de Quiñones, no por el hecho en sí, sino por todo lo demás. Lloré de nostalgia. Por mi padre. Por mi madre y la tristeza en sus ojos. Por mi familia, tan lejos. Por el lodo en mis tenis y en los huaraches de mi abuela. Porque no soy nada y aún así soy capaz de sentir felicidad.

Llevo semanas dándole vueltas a una pregunta: ¿qué es la pasión?

Creo haber encontrado una respuesta.

La pasión son las heridas.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

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