Las tumbas que nos hablan

Desiree Madrid

La mañana del 2 de noviembre, las familias acostumbran visitar los panteones. Llegan con flores, limpian las lápidas, acomodan los arreglos y buscan embellecer el lugar donde descansan quienes ya no están. Es parte de una tradición que se vive entre recuerdos y ofrendas, pero al llegar al cementerio de Tamuín hay algo que hace que la visita se convierta en algo más que un ritual: parece que entre las tumbas hay muchas voces que todavía tienen algo que contar.

Es curioso cómo, aunque el cuerpo ya no esté, la personalidad de quienes descansan ahí permanece en los objetos que se colocan sobre sus lápidas.

“Un balón porque a tu abuelo le encanta el fútbol”, dice mi mamá mientras señala su tumba, un poco más adelante me encuentro una adornada con los colores del equipo favorito de un hombre.

Un poco más allá, un pequeño ángel acompaña otra lápida. No hace falta preguntar demasiado para imaginar que ahí descansa alguien que se quedó para siempre en la infancia.

El cementerio se llena de olor a flores. Hay arreglos de todos los tamaños y colores, cada uno parece decir algo de la persona a quien está dedicado.

Unas flores rosas acompañadas de mariposas me hacen pensar que quizá ahí descansa una mujer a quien le gustaban los detalles. En otra tumba hay una cerveza.

Así, entre balones, ángeles, flores y bebidas, el panteón termina por convertirse en un museo de personalidades de aquellos que cuyas ánimas rondan en estás fechas esperando un reencuentro.

En el cementerio de Tamuín también hay tumbas que remiten a personajes conocidos por la comunidad. Una de las más grandes, rodeada de cadenas, pertenece a Gonzalo de los Santos, considerado uno de los mayores caciques de la región. Pero también está la de una doctora, un maestro de todos, el músico de las fiestas, más adelante puedes encontrar la de un impulsor del fútbol y, por otro lado, la de una mujer de hogar que tenía la costumbre de saludar a todos.

No todas las personas necesitan una tumba imponente para ser recordadas. Cada sepultura guarda una historia distinta, pero todas tienen algo en común: quienes las visitan se empeñan en mantener vivo el recuerdo de las personas que fueron.

Conforme avanzo entre los mausoleos, las historias parecen multiplicarse. Hay quienes barren cuidadosamente las lápidas, retiran las hojas, acomodan los pétalos y colocan las ofrendas que llevaron para sus difuntos. No lo hacen con prisa. Cada movimiento parece tener un significado, como si ese acto nos acercara a quien ya no puede responder.

Entre los pasillos se mezclan las conversaciones, las risas y también las lágrimas. Las familias se encuentran, recuerdan anécdotas y cuentan historias que quizá han repetido muchas veces, pero que siempre se disfrutan de escuchar.

Por momentos, el cementerio deja de sentirse como un lugar de despedidas y se transforma en un sitio de encuentros: con los familiares, con los recuerdos y con esas pequeñas partes de la vida que permanecen en cada lápida.

Al salir queda la sensación de que todos disfrutamos de alguna manera esa cercanía que permite el Xantolo. La tristeza está presente, pero también las risas, las anécdotas y el cariño con el que cada familia prepara la visita.

La muerte no deja de ser una ausencia, aunque durante estos días parezca que quienes se fueron encuentran la manera de hacerse presentes. A veces lo hacen a través de un balón, una historia, una cerveza, unas flores o una tumba que todavía tiene mucho que contar.