Astrolabio

Por Eduardo Delgado

Dos horas 50 minutos después de que Manuel Barrera Guillén levantó la asamblea, fue cuando este salió del recinto legislativo a paso apresurado. Mostró plena disposición a perder la vida pero no a enfrentar la repulsa popular.

Como la mayoría de sus compañeros salió por la puerta de atrás, pero él, mientras agentes de la Policía Ministerial distraían a periodistas, así como al grupo de activistas que lo aguardaban para “despedirlo”.

Manuel Barrera sorprendió esta vez porque no se retiró como acostumbra en cada cónclave: enseguida del pase de lista. Como Presidente de la Directiva del Congreso del Estado permaneció la hora 40 minutos de la sesión y hasta casi tres horas después.

Su permanencia durante la asamblea de diputados repudiados se interpretó como una reafirmación de su capricho: “Yo aquí me quedo…así me cueste la vida”. Asentó, cual título de una canción vernácula, en el desplegado que hizo publicar este jueves.

Pero más bien aguantó para evitar a toda costa gritos, insultos, mentadas y empujones. Como el caso de Oscar Vera Fábregat, quien fue el único visto salir por el acceso principal.

La asamblea fue como uno de esos rosarios que se rezan a toda prisa, impuesto por la madre a sus vástagos minutos antes de la novela, el programa, la serie favorita o un esperado partido de futbol.

La espera a la salida de diputados comenzó enseguida frente al número 105 de la calle 5 de mayo, cuyo exterior fue cercado con mallas metálicas y resguardado por policías estatales.

Precisamente enfrente un par de trabajadores de Interapas retiró la tapa del drenaje para desazolvar. “Destaparon la cloaca”, dijo uno. “Así la dejan, abierta, para ir metiendo a los (diputados) que vayan saliendo”, recomendó otro.

Faltaban minutos para el arranque del partido de la semifinal del torneo de la Copa Confederaciones entre México y Alemania, cuando fueron abiertas por primera vez las puertas de madera y la reja metálica del número 105.

Sergio “Borrachiux” Cabello fue el primero que osó aventurarse en salir pero no sin custodia. Ni cinco pasos dio cuando un par de jóvenes y una mujer se interpusieron frente al agente de la Policía Ministerial que lo custodiaba al frente. “¡Aquí no pasa!”.

Otros coreaban: “¡Payassiux saca la botelliux!”. Unos en su cara le gritaban repetidamente: “¡Rata!”. El legislador extravió su “gallardía” y regresó al interior de la sede del devastado, desmoronado, Poder Legislativo.

Tres minutos después salió el priista más “gallardista”, José Luis Romero Calzada. Cabizbajo, con hombros encogidos y las manos metidas en las bolsas del pantalón. Nada que ver con aquel que lució su barriga en la pose de un orangután en un crucero de Alaska.

Unos jóvenes le impidieron retirarse por el único espacio no cubierto por la cerca metálica.  “¿De dónde salió el dinero para tu lujoso hotel en Salinas?”, le increparon entre el tumulto.

“¡Mejor que se ponga a bailar!” propuso alguien. “¡Pasito perrón pa´el pueblo!”, se mofaban. “¡He!, ¡he!, ¡he!”, comenzaron otros que simultáneamente hicieron sonar sus palmas para animarlo a bailar a ritmo de cumbia “La Huaracha Sabrosona”.

Retrocedió y paró frente Pedro Mata, de la Canaco, que le pidió firmar un documento y accedió. Mientras la hija de Juan Antonio Chessani lanzaba consignas: “¡Se ve, se ve…tu cola de ratota!”.

Enseguida de rubricar “el pasaporte de salida” Romero Calzada avanzó en dirección a la calle de Iturbide, rodeado de agentes y seguido de activistas. “¡No queremos payasos en el Congreso!”, le gritó uno. “¡Ya no hagas ridículos!”, le pidieron.

“¡Hay vienen otros diputados!”, advirtió alguien y el contingente volvió frente al número 105. “¡Firmas y te vas!” gritaron repetidamente, frente al legislador que le refutó al gobernador, Juan Manuel Carreras López, su falta de huevos.

“Tenemos que cambiar este sistema político que ya está…”, dijo a periodistas Roberto Alejandro Segovia Hernández, que vestía una pulcra camisa blanca de manga larga Chemise Lacoste.

El tercero en salir fue el vástago político de Pablo Valladares, Gerardo Serrano Gaviño, quien de inmediato firmó el documento. “¿No incluyeron la revocación de mandato?”, cuestionó ufano. Casi enseguida le exigieron sandías.

Enterado de que bastaba firmar, con su corbata color morada, casi trompicándose, Sergio “Payassiux” salió por segunda vez. Gritos e insultos no cesaron.

La panista Josefina Salazar Báez, de camisa blanca y con saco sastre azul, salió, estiró la mano, tomó el lapicero y firmó. No escapo de insultos con “Gallardía”: “¡Vieja ratera!”. “¿Traes tus joyas Bvlgari?”, le increparon.

“No te hagas pendeja, tú también has robado…eres igual de cínica que toda la bola de cabrones”, le gritó el “muralista” Guillermo García. La legisladora iba resguardada por mujeres policías.

Al poco rato a uno de los diputados se le ocurrió invitar a pasar a Pedro Mata para que en el interior el resto de los legisladores le firmaran el documento. El hombre ingresó. “¡Diputado deshonesto, al bote por ratero!”, prosiguieron las consignas.

Mientras otros de sus compañeros se retiraban luego de firmar, “El maestro”, como llama José Luis Romero Calzada al septuagenario Oscar Vera Fábregat, salió por la puerta principal.

Un grupo de mujeres y hombres le exigían su autógrafo. “¿Cómo voy a firmar algo en lo que no estoy de acuerdo?”, objetó. Enseguida un grupo de ocho o diez agentes policiacos le abrieron paso a codazos, golpes y empujones. Los gritos resonaron en el vestíbulo.

El hombre sonrió frente a los reclamos de sus detractores: “¡Ratero, vividor de la política!”.

Protegido por los agentes y en medio de gritos e insultos, empellones, golpes y codazos, Oscar Vera caminó en dirección a la Catedral. Frente a Sears se le interpusieron los inconformes rodeados de fotógrafos, camarógrafos y periodistas.  No se detuvo.

A un costado del recinto católico el color del rostro de Vera cambió de tonalidad. Se le notaba hasta cierto punto asustado, sorprendido, pues quizá no esperaba el reclamo en ese tono, pero que no le quita ni un cinco del dinerito que ha obtenido durante décadas, al amparo del financiamiento de su partido.  

“¡No golpeen al pueblo!”, reclamó una mujer a los agentes que en cantidad superaban en ese momento más de una docena. “¡No defiendan a los rateros!”, les pidió la misma mujer.

“¡Que no se vaya!, ¡hay que amarrarlo!”, recomendó un hombre casi en la esquina de Zaragoza. Sorprendidos del alboroto transeúntes se detenían a observar el tumulto

“¡Hay que quemarlo vivo al hijo de su puta madre!”, se escuchó. Casi frente a la puerta de la Secretaria de Turismo los agentes tumbaron y patearon a uno de los inconformes.

Hubo momentos, durante los más de diez minutos que duró el tumulto, que se le vio sonriente a Oscar Vera. “Se va riendo del pueblo, de lo que roba”, explicó una mujer encolerizada.

Casi en la esquina de la calle Manuel José Othón y Morelos un hombre fue lanzado a una jardinera. El representante popular, de traje café, prosiguió por Morelos rumbo a la calle de Los Bravo, donde abordó un taxi. “Seguro era de la flotilla de cientos de taxis que tiene”, comentó un hombre.

De regreso al número 105 un importante grupo de diputados y diputadas se había marchado. Uno de ellos el dizque líder de la fracción priista, Fernando Chávez Méndez, quien confirmó “la compra de voluntades” en el caso Panavi.

Ello, por cierto, en mensaje que previo al video escandalo le envió vía WhatsApp a su amigo, el también dizque periodista Armando Acosta Díaz de León.  

No obstante Fernando Chávez no apareció en el video recién divulgado por la agrupación San Luis Unido, encabezada por Stephanie Heinze, vista en eventos de la agrupación Vía Alterna, de cuyo presidente, Pablo Valladares, es muy buen amigo el legislador.

También se retiraron Dulcelina Sánchez de Lira, Martha Orta, José Belmarez Herrera, Jesús Cardona Mireles, Ricardo García Melo y Xitlálic Sánchez Servín.

Eso casi inmediatamente de que el representante de la Canaco salió a informar que recabó las firmas de 23 legisladores, excepto la de Oscar Vera. Miembros de diversas agrupaciones pidieron copias y se fueron a sacarlas a una farmacia cercana.

Faltaba Manuel Barrera y el contingente se volvió a dividir en las dos entradas. En eso, muy tranquilo, flanqueado por dos guaruras, paseó frente al recinto legislativo el Director de Seguridad Pública del Estado, Ángel Gámez Segovia.

Quizá por desconocidos el trío integrado por José Luis Díaz Salinas, Mariano Niño Martínez y Gerardo Limón Montelongo salió sin necesidad de apresurar el paso ni en medio de gritos insultantes. Igual Esther Angélica Martínez Cárdenas.  

Media hora después los agentes fueron instruidos para fingir y como mostraron buenos dotes de actores. Distrajeron a periodistas y activistas.

Se concentraron frente a la puerta de cristal que divide el vestíbulo de oficinas interiores del Congreso para “cubrir” la salida del “doble” de Barrera Guillén, que en realidad era su gran e íntimo amigo: Sergio Cruz Lara Oviedo.

Al que dejó un tiempo en su lugar al frente de la Secretaria de Ecología y Gestión Ambiental durante el sexenio anterior y ahora lo tiene como Encargado de Informática en el Congreso local. Con quien además practica halterofilia.

Custodiado por el representante de su partido en el Consejo Estatal Electoral y de Participación Ciudadana, Alejandro García Moreno y Francisco, hermano de Sergio Oviedo Lara que tiene como chofer, Barrera Guillén se retiró de prisa.

En la esquina de 5 de Mayo e Iturbide abordó su coche, cuya puerta trasera se le dificultó abrir porque tenía seguro, lo que le hizo apretar los labios en signo de desesperación y apuro por evitar en ese momento a los medios de comunicación pues prácticamente los activistas se habían retirado.

Eso casi tres horas después de que dio por terminada la sesión, que no fue nada ordinaria.

Imágenes de Elizabeth Hidrobo y Eduardo Delgado

 

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