Antonio González Vázquez

La brutalidad se ceba sobre los migrantes todos los días. Cuando no son las autoridades, es el crimen organizado; huyen de la violencia y los recibe, en otro país, otra forma de violencia, tan cruel, como la que dejaron atrás en su patria.

En la Casa del Migrante, salvadoreños, guatemaltecos y hondureños dan fe de lo anterior. Sentados, quemados por el sol e intranquilos por su situación legal en México, escuchan fragmentos del informe “Ignorados y sin Protección: la Mortal Devolución de Personas Centroamericanas Solicitantes de Asilo en México” de la prestigiada e influyente Amnistía Internacional.

Madeleine Penman, representante de Amnistía Internacional en México, dice que “desafortunadamente las personas migrantes son víctimas invisibles en México” porque no se les protege y por el contrario se violan sus derechos.

En el salón donde un centenar de migrantes escucharon el Informe, la activista precisa que en México no existen informaciones precisas sobre los casos de migrantes víctimas mortales de la violencia o del crimen organizado.

“Tenemos indicios de que podría ser que seis de cada diez mujeres que cruzan por México podrían estar sufriendo violencia sexual”, expone a manera de ejemplo de la crisis de inseguridad que afecta a las personas migrantes.

Pero también, recuerda, está el dato de la Comisión Nacional de Derechos Humanos que en un año llegó a contabilizar hasta 11 mil secuestros de migrantes, de cuyos casos muchos terminan en muertes.

Apeló a la necesidad de recordar hechos atroces como la masacre de San Fernando en Tamaulipas que sigue impune; ocurrida en agosto del año 2010, cuando fueron asesinados 72 imigrantes.

Cuando hablamos de los abusos a los migrantes “hablamos de personas cuyos derechos están olvidados” lo que propicia que en diversos estados de la república se abuse constantemente y en extremo, como podrían ser Chiapas y Tabasco.

Migrantes de edades variadas, hombres y mujeres, niños y sobre todo, jóvenes, escuchan el informe aunque cada uno de ellos ha sentido en carne propia el sufrimiento que resulta de huir de su hogar. Se les ve fatigados, inciertos y hasta con miedo, pero también con dolor. Se les ven tristes; luego de permanecer en la Casa del Migrante no saben qué podrá pasar con ellos.

El Informe es simple y al tiempo contundente. Exige que a las personas migrantes las escuchen, ayuden y respeten; la vida de ellos es lo más importante.

No es lo más importante si están legal o ilegalmente en territorio mexicano, lo importante es que los respeten y asistan en lo que necesitan en primer lugar: cobijo, alimento y seguridad.

De hecho, se considera que la zona de los países de Centro América y el sur de México concentran una crisis de desplazados y de refugiados que es la más grande a nivel mundial desde la Segunda Guerra Mundial.

Se estima que anualmente cruzan la frontera sur de México entre 400 mil y 500 mil migrantes. El 84 por ciento de ellos, deja su país de origen, no en pos del sueño americano sino porque huyen de la violencia, las pandillas y los criminales.

Se trata, dice Madeleine Pelman, de “una migración forzada”, de ahí la urgencia de que en México no se les criminalice porque eso puede costarle la vida a muchas personas: en México, muchas veces a los migrantes no se les escucha, no se les atiende, pero si se les atemoriza y en el extremo, se llega a prácticas ilegales de deportación.

Los agentes del Instituto Nacional de Migración y sus similares a nivel local, se burlan de los migrantes cuando éstos piden que se les reconozca como refugiados; se ríen de ellos cuando piden asilo político.

Es decir, explica la activista de Amnistía Internacional, los servidores públicos ejercen también violencia psicológica y no solo física sobre personas a las que estarían obligados a ayudar.

Ejemplo de eso, lo dio un migrante en la presentación del Informe: Dijo que él se quiere regresar a Guatemala porque su madre está enferma; diez compañeros más quieren lo mismo, retornar a su casa. Se presentaron ante las autoridades migratorias y “no nos quisieron deportar”.

Lo cierto es que cientos de personas en lo individual o familias completas, dejan sus países agobiados por la violencia extrema que sufren: la paradoja es que huyen de la violencia y en México, también sufren de violencia y persecución.