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Ciudad de México, (10 de mayo de 2015).- Camino a la clínica de Simojovel se apagó el llanto de la hija de Bersaín González Penagos, de 22 años de edad, que por la tarde del viernes presentó temperatura y molestias, después de haber sido vacunada contra la Tuberculosos, Rotavirus y Hepatitis B.

El campesino llora frente al féretro de su hija de un mes de nacida, a la que quería ponerle el nombre de Yadira. Explica que la mañana del viernes, los enfermeros y médicos de la clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), llegaron para pedirle a las mujeres que llevaran a sus niños recién nacidos a que recibieran las vacunas. Algunas de las mujeres bajaron por las pendientes de este poblado hacia la clínica, desde las 08:00 horas, pero debieron esperar hasta cinco horas para que los enfermeros sacaran las vacunas de los termos que tenían en uno de los corredores de la clínica y proceder a inyectar a los niños en el brazo y en la pierna.

Para las 17:00 horas, todas las mujeres ya estaban en casa, pero en ese momento, los niños empezaron a llorar y a elevarse su temperatura, la mayoría pensó que se trataba de las molestias que siempre llegan cuando son vacunados. Bersaín relata que cuando vio que el llanto de su hija no cesaba, entonces salió al camino principal con su esposa Teresa González Gómez, de 18 años, para trasladar a la menor hasta la clínica de la Secretaría de Salud, para que recibiera atención de urgencia.

Cuando el joven campesino subió a una camioneta se dio cuenta que “varias familias también bajaban hacia Simojovel”, su hija no era la única bebé que tenía molestias por las vacunas que recibió.
Los 10 kilómetros del camino entre La Pimienta y la cabecera municipal de Simojovel, se le hizo eterno a Bersaín, pero cuando estaban por alcanzar la comunidad San José, su hija cesó de llorar, porque había muerto. Sólo le quedó abrazarla y llorar. Le pidió al conductor de la camioneta que prosiguiera hasta Simojovel, para que la viera un médico, quien confirmó que la niña había muerto.
“La niña lloraba mucho. Se llevaba sus manitas a la cabeza. Estaba muy sana. En la mañana aún la vi reír”, cuenta Bersaín.

En la sala de la casa de Teresa Gómez, suegra de Bersaín, el féretro de la niña ha sido colocado en medio de la sala, donde los deudos han colocado flores silvestres, rosas blancas y trinitarias. A unos 500 metros de ahí, está la casa de Vicente López Gómez, de 33 años de edad, padre de cinco hijos, quien perdió también a las 20:00 horas del viernes a su hijo que el próximo martes 12, cumpliría un mes de haber nacido. Le iban a poner el nombre de Emmanuel Francisco.

Dice que por la mañana del viernes, su esposa Amalia Hernández, de 30 años de edad, acudió a la clínica del IMSS con su hijo, que fue vacunado hacia las 13:30 horas, para luego regresar a casa, pero minutos después empezó el llanto y su temperatura corporal subió. Vicente y Amalia, como otras 31 familias decidieron trasladarse a la cabecera municipal, pero cuando alcanzaron las primeras calles del pueblo Emmanuel Francisco perdió la vida. El campesino asegura que no recibirá “ninguna ayuda del gobierno”, ni permitirá que le practiquen la necropsia al niño, porque “ya sufrió demasiado y no voy a permitir que lo dañen más. Nuestros hijos estaban sanos”.

Una caravana de médicos y enfermeras de la Secretaría de Salud, llegó ayer por la tarde a La Pimienta, para hablar con unos dos mil pobladores sobre las acciones que se llevarán a cabo a partir del deceso de los niños y hospitalización de 29 más. El sacerdote Marcelo Pérez dijo que lo ocurrido es “una muestra” del abandono en que viven los indígenas tzotziles de Simojovel, quienes “tienen décadas solicitando la construcción de un hospital porque la clínica es insuficiente”.
Para el párroco hay una explicación de lo ocurrido, mientras los padres de Yadira y Emmanuel Francisco —quienes serán sepultados hoy—, esperan todavía respuestas.

 

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