Astrolabio

Oswaldo Ríos Medrano

Todos sabemos que el silencio es imposible, que si alrededor nada se escuchara, aún dentro de nosotros habría sonidos: nuestros latidos y nuestra respiración le impedirían nacer.

El silencio es un estatus imposible porque quien aspira a escucharlo, al seguirlo, el sonido de sus pasos, acaba afirmando con su búsqueda su propio nihilismo. Pero hablando del debate público, nada es tan contundente como la elocuencia absoluta del silencio.

Por eso es una verdad incontestable que no es lo mismo guardar silencio que quedarse callado. Que sólo existe lo que se nombra y que cuando quienes tienen la responsabilidad de escribir para informar, eligen de qué hablar, y al hacerlo, también deciden qué resto callar, contribuyen a perfilar la agenda pública, dando prioridad a las urgencias ciudadanas o sepultando con compromisos políticos la agenda social.

Nadie puede negar que la palabra y el silencio están precedidos de la libertad. Que uno y otro pueden ser una elección y también un interés. Que hemos perdido la ingenuidad, pero que vivimos en un país de máscaras y que si algo nos regaló la modernidad democrática en materia de derecho a la verdad,  fue la democratización de las verdades parciales. Información más insuflada de poder que de verdad, y por ende, supremacía del aparato y no del mensaje, pues como dijo Mario de la Cueva, en el vasto campo de la libertad, sea esta la del lodazal o la de la pureza, entre el fuerte y el débil es la libertad lo que mata. El control de medios de nuestro tiempo no es solo pagar para que se diga, sino pagar para que no se diga. De forma tal que no se compra la información sino el silencio.

La libertad de expresión en tiempos posdemocráticos enfrenta los mismos viejos atavismos y los mismos condicionamientos económicos de las fuentes que subvencionadas con recursos públicos que trafican las adhesiones o las censuras para actores públicos con intereses privados. En la época convulsa de estos tiempos líquidos, la información pasa tan rápido que el mensaje va perdiendo peso ante la voluble estridencia de la diatriba.

¿Por qué la información se ha venido condicionando a partir de los hechos deleznables de la clase política? No sólo porque cuando los gobernantes ejercen diligentemente sus responsabilidades cumplen con su deber y no hay nada que conmemorarles, sino porque cuando hacen lo contrario, en el mercado electoral de las reputaciones canjeables, se encarece el precio de lo no publicable en detrimento de la publicación de aquello positivo de un interesado que casi a nadie le importa. El precio dumping del silencio.

Y ello ocurre porque el silencio no puede existir sin la palabra que lo nombra, y la palabra no puede existir sin el silencio que la provee de significado. El lenguaje es una extensión de la realidad dirían los epígonos de Levi Strauss, pero también es verdad que las palabras son un instrumento que condiciona la propia percepción de la realidad. No por algo Gianni Miná documentó la desaparición de América Latina para los europeos en la década de los noventas, mientras el homo videns de Sartori se regodeaba en profetizar el advenimiento de la dictadura de las imágenes y su producto más acabado, visual entonces, narrativo ahora, Berlusconi.

Es que no es lo mismo hacer votos de silencio que silenciar los votos.

Las reformas electorales que obligaron a cierto grado de equilibrio en el acceso a los medios de comunicación para los partidos políticos y sus candidatos no resolvió de fondo el problema de la inequidad de los procesos electorales, esto ocurrió porque el dinero que no pudo gastarse en medios buscó otros canales, y porque no se puede acabar legislando hasta el último reducto de la subjetividad de medios y comunicadores.

Va siendo hora de ser realistas y terminar por aceptar que el problema no es sólo que los medios tengan una afinidad política que en muchos casos es evidente y que deben contener con medidas regulatorias, sino la urgente convención de códigos deontológicos (tal como los tiene ASTROLABIO Diario Digital) para el ejercicio del periodismo en los que se converja en que el ciudadano tiene derecho a saber desde que procedencia ideológica se comunica y con qué propósito se deja de comunicar. Deliberaciones éticas postergadas y cuyo consenso se encuentra sepultado en el panteón de la democracia liberal que no hemos construido.

¿Qué grado de objetividad tiene una información que dice más con sus ausencias que con sus referencias? Claro. Es que el silencio es la otra cara de la palabra.

El periodismo no puede agotarse en las fronteras del lenguaje, hoy más que nunca es necesario construir un periodismo lector, más que un periodismo escritor. Necesitamos crear críticos de la información y no sólo periodistas profesionales, de la misma forma que necesitamos más ciudadanos con convicciones democráticas y no sólo servidores públicos de carrera. Eliminar las fronteras excluyentes para los ciudadanos de la política, y de los políticos para la sociedad.

Porque tampoco es lo mismo veracidad que verdad.

Ni es lo mismo silenciar algo que nuestro interlocutor desconoce y no nos importa que siga ignorando, que no decir algo con la intencionalidad de que nuestro interlocutor lo infiera por sí mismo, el silencio que procrastina una verdad y el silencio que la provoca.  Pero además de la intersubjetividad entre mediación, lenguaje, ética y poder, la realidad informativa es sólo una parte de la realidad total.

Al escribirnos y leernos, alteramos en alguna medida lo que conocemos y lo que opinamos, pero la cultura lectora va muchos años atrás de la cultura política. Quizá eso lo explica todo. No por nada el silencio en sus versiones más arteras (como el encubrimiento), puede ser un delito y tampoco puede obviarse que para proteger los datos personales el silencio es una obligación.

La fantasía de la Ilustración suponía que cuando la educación fuera generalizada el ser humano completaría por fin su proceso civilizatorio. Luego vimos que ningunas aberraciones fueron tan cruentas como las que ocurrieron después de la muerte del ancien régime.

Por eso no resulta incomprensible que uno de los efectos residuales de la posmodernidad que sobrevino a la sociedades de la información sea saber todo lo que queremos pero casi nada de lo que necesitamos.

Mario Vargas Llosa en “La civilización del espectáculo” sostiene que es una de las consecuencias de convertir el entretenimiento en el valor supremo de una época es que, en el campo de la información, insensiblemente ello va produciendo un trastorno recóndito de las prioridades: las noticias pasan a ser importantes o secundarias sobre todo, y a veces exclusivamente, no tanto por su significación económica, política, cultural y social, como por su carácter novedoso, sorprendente, insólito, escandaloso y espectacular.  

Vale la pena pelear por el derecho a decir, pero no podemos dejar de luchar por el derecho a saber.

La libertad de expresión no es una conquista ni una guerra ganada, es una batalla de todos los días que muchas veces, gana o pierde con sangre, la libertad de escribir con tinta.

Twitter: @OSWALDORIOSM

Mail: [email protected]

 

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