Iraís Valenciano
“No queremos ventaja, queremos la misma escalera”, decía una pancarta que llevaba una de las miles de mujeres que participaron el domingo pasado en la marcha para conmemorar el 8M y denunciar la violencia de género en San Luis Potosí.
¿Qué tan difícil es para las mujeres en México destacar en empresas, instituciones y política? Es verdad que cada vez son más las que logran abrirse paso en las diferentes áreas profesionales, como también es cierto que hay a quienes aún les cuesta demasiado permitirles ganar espacios y reconocerles sus méritos, en un país en el que todavía resulta necesario hablar de género, porque las capacidades y trayectorias de las mujeres siguen siendo evaluadas bajo estándares y estructuras que históricamente han favorecido a los hombres.
En 2024, José Reyes Martínez Rojas ganó la alcaldía de Venado tras registrarse como mujer para cumplir con la cuota de género, aun cuando públicamente se asumía como del género masculino. Si ni la paridad obligada por ley se respetó en esos comicios, ¿cómo esperar que haya un cambio de mentalidad en la sociedad?
Para 2027, la “Ley Gobernadora” generó enorme polémica, por su enorme tufo de reforma “a modo” para beneficiar a una senadora y de paso, perpetuar el Gallardismo en San Luis Potosí.
Mujeres capaces en política las hay, sin duda; lo reprochable es cuando quienes las impulsan son hombres que anhelan manejarlas y ejercer el poder “desde la sombra” o las ven como refacciones a conveniencia.
Cuando parecía que la “Ley Gobernadora” era una realidad, dejaron de circular los nombres de los varones cuyas aspiraciones para la gubernatura son públicas y muy sabidas. El cambio de estrategia implicó que portales e “influencers” a sueldo comenzaran a mencionar a las esposas de esos políticos, como “cartas fuertes” rumbo al 2027. Pero en cuanto llegó el anuncio del veto y la reforma se esfumó, también desaparecieron del mapa las cónyuges “candidateables” y los hombres volvieron a la contienda.
La desigualdad estructural no solo existe en la política, también en las empresas. Hace unos meses, al preguntarle durante un examen profesional a una egresada cuál había sido su mayor reto como profesionista, de inmediato se le asomaron las lágrimas y sin pensarlo más de dos segundos, respondió que muchos proveedores la menospreciaban no solo por su corta edad, sino por ser mujer.
El conmovedor momento duró poco, pues la ahora Licenciada en Ciencias de la Comunicación se repuso pronto, tomó aire y con orgullo narró sus logros pero sobre todo, explicó que más mujeres han cobrado relevancia en el sector en el que se desenvuelve, aunque reconoció que en proveedores de otras nacionalidades no ha percibido la misoginia que sí ha detectado entre colegas mexicanos, y lo atribuyó a un tema cultural.
Empresas en las que proliferan los “clubes de Toby””— que facilitan la reproducción de privilegios entre hombres y limitan las posibilidades de ascenso de las mujeres., esas en las que a los amigos se les perdonan millonarios errores, existen, aunque en lo público luzcan impecables. En corto, a las mujeres se les exige más perfección, mayor cumplimiento y cualquier pretexto mínimo es motivo de presiones, castigos y hasta despidos o “renuncias voluntarias”.
Y respecto a los puestos gerenciales y los sueldos, una cartulina detectada durante la movilización del 8M lo dijo todo:
Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan
– Pero menos, por la brecha salarial
En el tema de las instituciones, todavía queda también mucho por hacer. Si una mujer logra algún avance, antes de revisar su trayectoria y preparación, resulta más sencillo decir que lo obtuvo “por ser la pareja de” (aunque ni pruebas haya de ello). Esa breve pero contundente frase invisibiliza no solo sus méritos, también su desempeño profesional. Y si esa mujer decide alzar la voz, se topa con comentarios y actitudes revictimizantes: “Relájate”, “estás exagerando”, “deja el tema por la paz”, “para qué te metes en problemas” serán frases recurrentes, aderezadas con la apatía y lentitud de quienes debieran procurar justicia pronta y expedita.
El enojo reflejado en los muros de la Fiscalía General del Estado, el Congreso, Palacio de Gobierno e incluso la UASLP, debiera ser un llamado de atención para todas las instituciones que simulan trabajar en pro de la igualdad y la justicia, pero que en los hechos se quedan muy, muy cortas y tratan a toda costa de esconder bajo la alfombra el elefante que tienen en la sala.
Después de la marcha del 8M no solo proliferaron -como de costumbre- los ataques contra quienes participaron en la movilización, en vez de cuestionar por qué miles de mujeres deciden año con año hacer una pausa en sus actividades y alzar la voz.
Feminicidios, desapariciones, violencia política, violaciones, acoso sexual, agresiones físicas, control económico, manipulación psicológica… Cada una de esas mujeres que el domingo salió a las calles ha sufrido algún tipo de violencia, o conoce a alguien cercano que la ha padecido. Por cada una de ellas, hay miles más que por una u otra razón han preferido callar.
No es a quienes levantan la voz a quienes se debe atacar, sino a quienes las agreden, violentan, manipulan, controlan y menosprecian. Cuando en la política, las empresas, las instituciones, las calles y los hogares se destierre el miedo y se vuelva innecesario exigir el respeto a los derechos, las mujeres podremos por fin decir que vivimos en paz.
Por nosotras, por las que vienen, por las redes que nos sostienen y por quienes todos los días nos dan motivos para seguir: vale la pena seguir levantando la voz.
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.
Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y maestra en Diseño Multimedia por la Universidad del Valle de México. Ha ejercido el periodismo desde 2004 en medios de comunicación impresos y digitales. A partir del 2017 se incorporó a la plantilla docente de la Facultad de Ciencias de la Comunicación.






