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Por: Eduardo Delgado.

Los dueños de la cremería La Holandesa, Josefina y Jesús, “festejaron” la inauguración del Mercado Hidalgo con la procreación de la segunda de sus cinco hijos: María de Jesús Montante Salazar, que desde su concepción a la fecha ha “vivido” casi los 70 años de ese inmueble. “Desde que estaba en el vientre de mi madre ya andaba aquí”, presume.

Su mamá le habría adaptado una caja de madera como cuna y seguro que “Marychuy” dio sus primeros pasos en el local 8 sección “B”, donde a la fecha, en su rol de hija, madre y abuela, mantiene vigente el negocio emprendido por sus padres.

La edificación de ese centro comercial fue precedida de la demolición de una vieja galera, en la que “mis papás ya vendían” queso, crema, mantequilla y carnes frías. Cuando el Mercado Hidalgo fue inaugurado a su papá le tocó asignar los espacios a comerciantes del mismo giro.

Cuenta parte de su historia con emoción. En vano uno de sus de sus hijos la ha tratado de persuadir para que deje de trabajar. “Ya no tienes necesidad”, le dice. Ella quiere seguir mientras “Diosito” se lo permita y confía que uno de sus nietos siga al frente del negocio.

A las seis de la mañana comienza su día. Sale de su casa para ir a la de uno de sus hijos, donde les prepara el desayuno a sus nietos. La nuera de plácemes. Regresa a su hogar, desayuna y enseguida se alista para irse al mercado y mantener abierta la cremería de 9:30 de la mañana a las 7:30 de la tarde. De lunes a domingo.

El anuncio original, hechizo en lámina montada en un marco de madera, no soportó el paso del tiempo y lo reemplazó con una réplica. En él aparece el número telefónico de la cremería: 59-61. Bastaba girar cuatro veces el disco.

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Con motivo del 70 aniversario del Mercado Hidalgo, en una lona de vinil mandó imprimir una fotografía ampliada de sus padres el día que contrajeron matrimonio. Llena de orgullo ordenó colocarla en su puesto.

“Gracias por sus lecciones…”, se lee en la parte inferior de la imagen. Gratitud que conserva “por su trabajo, porque nos enseñaron ser honestos y atender al cliente como se merece, porque es el que nos viene a dar el pan de cada día”, explica casi con un nudo en la garganta.

Filosofía extraviada por muchos comerciantes, que asumen que le hacen un favor al comprador. “No, el cliente me lo hace a hace a mí, al venirme a dejarme su dinero”, sostiene.

“Aquí tratamos de atender lo mejor posible al cliente para que regrese”, dice. Mientras otros comerciantes, en el interior, en tono de quejumbre refieren que en veces hay días buenos, otros regulares y la mayoría malos.

Gracias al puesto de cremería los cinco hijos de Josefina y Jesús son profesionistas. Ella y un hermano se titularon de contadores públicos, una hermana de enfermera y de los otros dos uno es mecánico electricista y otro abogado.

Por si fuese poco “todos los nietos (12) con carrera; yo tengo un arquitecto y otro abogado… de La Holandesa ha salido para eso”, presume. “Un mercado de felicidad”, lo define.

“Bendito sea el Señor. Mi mamá tenía un carácter lindo, la gente llegaba a comprarle con gusto y yo por lo consiguiente trate de seguir el mismo camino y aquí estamos”, dice.

  • “¿Quién atiende?-, pregunta una mujer de un grupo de cinco compradores acumulados durante la entrevista.

Toma el cuchillo y parte el requesón, lo mete en una bolsa y lo pesa. Otro le pide tostadas. Introduce una bolsa en un envase de plástico para enseguida vaciar crema en ella, la saca la ata y se la pasa al cliente. Se apresura.

Luego de unos diez minutos retoma la entrevista para confirmar que para ella todos los días, en cuestión de ventas, “son buenos, usted ve mi clientela…no en balde tenemos 70 años”.

Sostiene que la combinación de buen trato y la calidad en el producto garantizan el retorno de compradores. “Las dos cosas se compaginan. Hay personas que vienen y me dicen: “Mi abuelita me traía aquí”. Lo que le confirma que “somos una tradición”, añade.

La mujer, que en marzo cumplió 69 años de edad, rebate la idea de que los mercados son obsoletos. “No es cierto. Yo no he visto que un locatario se haya ido (cerrado) porque no le rindió el negocio. Algunos vedemos más, otros vendemos menos, pero todos aquí seguimos”.

Sostiene que también se requiere “colmillo”, porque hay personas que llegan apresuradas y preocupadas porque se les va agotar el tiempo del parquímetro o porque no traen para pagarlo. “Yo les doy dos pesitos para que lo paguen”.

La jauja es cosa del pasado, cuando a los clientes, conforme llegaban, les entregaban un pequeño papel con un número para atenderlos en ese orden. “Los supermercados y los tianguis, quiera que no, nos quitan clientela, pero seguimos vigentes”, finalizó.

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