Eduardo Delgado

El documental Justicia para Karla Pontigo, presentado este lunes, revela una respuesta a una de las miles de interrogantes que abruman desde hace años a la madre de Karla, María Esperanza Lucciotto López: Jorge Vasilakos, dueño del establecimiento del que la joven fue sacada gravemente herida, “sigue abriendo antros…”.

Sentada al pie de la cama, cubierta esta con una colcha con la figura de “La Pequeña Mimí”, con cojines de peluche en diversos colores y en forma de estrellas, junto a la lona con la imagen de su hija, su progenitora narra -en el documental dirigido y producido por Olivia Portillo Rangel-, su cruento acontecer la madrugada del 28 de octubre de 2012.

Antes, dijo que desde niña a Karla le gustaba bailar y cantar, participó en la representación infantil de la obra musical Vaselina y fue Reyna de la Primavera. Fernando, su hermano mayor, recordó que “no se dejaba”, que “tenía mucho pegue” y “de repente le pegaba la loquera y se pintaba el cabello de muchos colores”.

Alentada por “un chavito”, agregó Fernando, Karla empezó a trabajar como animadora en el antro Play Club, pero luego de unos meses “no quería regresar”, porque muchos querían tocarla, abrazarla y “casi besarla”.

Dejó de trabajar un tiempo pero regresó, relató su hermano sentado en la sala de su casa junto al cuadro de Karla. Debajo de este, una repisa con una veladora, globos de helio en forma de estrellas y una cruz de madera en la parte superior, a lado derecho de la imagen de la joven.

A Karla le desagradaba el acoso y a su mamá le enojaba demasiado. “El dueño del lugar la acosaba mucho”, refirió Pedro en el documental presentado este lunes, realizado con el patrocinio del Colegio San Luis y del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

El sábado 27 de octubre, antes de salir de su casa para irse a trabajar, Esperanza presintió algo malo. “Yo me sentía con algo aquí, dentro de mí”, expuso tocándose su pecho con la palma de su mano derecha.

“Mamá, ¿cómo me veo?”, le preguntó más de una vez Karla a su madre, luciendo unas botas y una chamarra de piel roja que estrenó aquel día. “No sé si me lo decía porque iba a ser la última vez que yo la iba a ver”, añadió Esperanza con un nudo en la garganta.

Esa noche su hermano la llevó al antro Play Club y al regresar a recogerla notó algo raro en el establecimiento porque las luces estaban encendidas. Después de cinco o seis llamadas telefónicas sin contestación, Fernando bajó de su coche y fue a preguntar por Karla.

Los guardias de seguridad le dijeron que tuvo un accidente y que el dueño estaba hablando con ella. Se opusieron a que ingresara, pero entró a la fuerza. La encontró en medio de un charco de sangre, mientras otra joven le sostenía las manos para que no se tocara las heridas.

Su hermano la cargó, salió del local y en ambulancia fue trasladada al Hospital Central Ignacio Morones Prieto, donde Esperanza encontró a su hija “con diez doctores encima”.

Un médico la sacó de esa área y afuera le dijo que la condición de Karla era estable. “Esa maldita palabra… ha sido mi pesadilla”. Antes de ingresarla al quirófano otro doctor le dijo que estaba “muy grave”, añadió al punto del llanto.

Sin embargo, le dio esperanzas de que sobreviviría, pero con una pierna amputada y en estado vegetativo. Autorizó al médico que hiciera todo lo necesario para salvar su vida.

Durante la espera exigía respuestas que “hasta la fecha… nunca han llegado”. “¿Por qué con esa saña?”.

A las 7 de la mañana del domingo 28 (día en que ese año se atrasó una hora el horario) entró a verla. “Ya no tenía su pierna, tenía un ojo casi salido (desprendido), con una mordida en el labio inferior y con manos marcadas en su cuello”, describió.

Gritó: “¡Déjenme de estarme haciendo pendeja!, ¡esto no fue un accidente!”. Enseguida preguntó por el dueño del antro y por la policía. Requería, exigía, una explicación.

Luego de la segunda intervención le dijeron que la sobrevivencia de Karla dependía de un milagro, porque seguía perdiendo mucha sangre. “Ella quiere vivir”, le dijo un médico.

En tanto, llegó un abogado del antro a la sala de espera y le dijo a Fernando que el dueño estaba dispuesto a pagar los gastos funerarios. “¿Cómo vienes a decirme eso?… si Karla todavía está viva”, le espetó. Además le dijo que el dueño y no él debía estar ahí. A la fecha no ha sabido nada de Jorge Vasilakos.

La tarde del domingo “empezó un martirio”, porque los médicos le pidieron a la madre que autorizara la donación de órganos, en especial del corazón y hasta le enfatizaron que sería la segunda en hacerlo en el país.

Esa propuesta le causó “tanto coraje”, porque su hija seguía con vida. Más tarde le insistieron con la misma proposición y eso le hizo cuestionarse acerca del afán entorno a esa postura.

“Como a la una (de la madrugada del lunes)” le informaron que Karla había fallecido y entonces condicionó la donación de órganos a cambio de la presentación de la demanda por homicidio. “Hicimos un trueque”, definió.

A las seis de la mañana una trabajadora social le preguntó: “¿Qué vamos a hacer con su hija?”. Le respondió que sería trasladada al Servicio Médico Forense (Semefo), para practicarle la necropsia, como parte de la indagatoria derivada de su demanda.

La trabajadora le pidió tramitar el traslado junto con la pierna amputada. En un principio el jurídico le dijo que no. “Bueno, entonces va a hacer el trámite como si fuera otro cuerpo”, le explicó el abogado.

En el Semefo, la doctora que practicó la necropsia le inquirió acerca de la actividad sexual de su hija. Su respuesta fue que no tenía novio y descartó que hubiese tenido relaciones sexuales. La profesionista le reveló que Karla fue violada. Fue “otra estocada más”, dijo en el documental.

Relató que pensó suicidarse, “meterme al mar y adiós”. Pero también en seguir: “Si me voy a quedar es porque voy a luchar… por que se le haga justicia a mi hija”, se propuso.

En un intermedio del testimonio, Esperanza aparece en el acto celebrado frente a Palacio de Gobierno, donde, acompañada de un grupo de mujeres, instaló la “antimonumenta” por los feminicidios ocurridos en San Luis Potosí, en el marco de la conmemoración del séptimo aniversario luctuoso de Karla. “A nosotros, como madres, nos matan en vida”, manifestó en el lugar.

Tras ello, prosiguió su narración acerca del primer momento en que acudió a la entonces Procuraduría General de Justicia del Estado, encabezada en ese tiempo por Miguel Ángel García Covarrubias. Al llegar una agente del Ministerio Público, de nombre Otilía, “me grita: ¡Espéreme!, porque yo estoy en una diligencia…”.

La mantuvo encerrada en un cuarto oscuro de nueve de la mañana a las cinco de la tarde, calculó. En la oficina, apuntó, reconoció la mochila de Karla y la agente le cuestionó de manera inquisitiva: “¿Cómo sabe usted?”. Le enunció cada uno de los objetos que contenía.

Le inquirió entonces a la fiscal que en dónde la había recogido y esta le respondió que en la oficina del dueño del antro. “¿Por qué no aparecen sus identificaciones?… me hace pensar que la iban a desaparecer”, refirió en el documental, cuya duración es de una hora, dos minutos y 44 segundos.

En otro segmento, en el cementerio, la madre dice frente a la tumba de Karla: “Ayer estuviste con nosotros, hoy estás con Dios, mañana… nos volveremos a ver”. Entrevistada ahí por un grupo de periodistas, cuestionó a las autoridades dada la prevalencia del asesinato de mujeres por razón de género.

Respecto de la exhumación de Karla, en abril de 2013, consideró que hubo muchas cosas “muy interesantes”, pues peritos procedentes de la Ciudad de México detectaron que le faltaban órganos, aparte de las córneas y los riñones donados.

Cuatro años después, recordó, Jorge Vasilakos fue declarado responsable por homicidio culposo. “Me ha dolido mucho que él sigue abriendo antros”, dice ella. Entre ellos “el Wings Army, Los Billar Inn, el Time´s, el Red…”, enunció Fernando.

“Yo culpo a quien lo hizo, sea quien sea”, y exigió que se castigue a quien o quienes resulten responsables, para que quede como antecedente de que “no porque tengas amigos en el poder tú sigues haciendo de las tuyas”, agregó Esperanza.

Más adelante, la jefa de la Unidad de Derechos Humanos de Amnistía Internacional, Edith Olivares Ferreto, habla de las múltiples irregularidades en las investigaciones de homicidios de mujeres, como la pérdida de evidencias, el maltrato a los deudos y la omisión de las autoridades al no indagar con perspectiva de género. La impunidad, añadió, implica un mensaje tácito de “tolerancia frente a los asesinatos de mujeres”.

La directora de Amnistía Internacional, Tania Reneaum Panszi, expuso que el caso de Karla “representa el de miles de madres que están buscando justicia. Y Esperanza es una mamá como muchas… que empiezan a luchar por su caso y después terminan luchando por muchas otras madres”.

En México mantenerse en exigencia de justicia “no es fácil”, sostuvo Edith Olivares, porque los demandantes son estigmatizados por autoridades y la ciudadanía.

Criticó que en los crímenes de mujeres hay un alto grado de responsabilidad del Estado, por “las omisiones que comete” al prevenir, atender la violencia contra las mujeres, investigar y sancionar los feminicidios.

Esperanza Lucciotto consideró que la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación le significó ser escuchada. Sabe que a su hija no la va a recuperar, “pero sé que le hice justicia… por Karla y por todas”

Luego de exhibido el documental, en un comentario adicional, la madre de Karla refrendó: “Voy a luchar por todas, aunque me quede en el camino”.