José de Jesús Ortiz
Su infancia en la Huasteca aparece en su memoria como una etapa formativa esencial que ahora se revela en su escritura y en su mirada contemplativa, al igual que lo fue, más adelante, el trabajo como profesor rural en una comunidad de la Sierra de Xilitla. Aquellos años fueron, de algún modo, una forma de educación sentimental: aprender a observar, a leer el territorio y la ciudad como un texto, una obra abierta. “No fue sino hasta ahora que me di cuenta de lo mucho que me formó, lo mucho que me influenció”, comenta.
Muy joven, Julio Rangel (San Luis Potosí, 1964) irrumpió en el campo de la literatura potosina con una voz que delineaba un universo propio. Su libro de poesía Historias que lava el sol, publicado en la década de los noventa, lo insertó en el panorama literario de esos años. De forma paralela, a contracorriente, participó y alentó diversos proyectos periodísticos independientes en la ciudad, en los que destacó por la solvencia de su escritura, cuidadosa y reflexiva.
Hace algunos meses publicó el libro El blues de la línea roja (Editorial Residuos, 2025),en el que combina elementos de la crónica periodística y el ensayo en un registro implacable de textos en los que aparecen trabajadores anónimos, migrantes, personas sin techo, yuppies, como parte de los microcosmos sociales y contrastes en la principal línea del metro que cruza la ciudad de Chicago.
El libro expresa su madurez intelectual como escritor y apuntala reflexiones sobre la vida moderna en la ciudad, la exclusión social, el uso del transporte público, la experiencia del viaje y la memoria. Con la curiosidad intacta, como el personaje de Italo Calvino en sus Ciudades invisibles, articula una serie de relatos que define como un híbrido, “una bitácora, como aquellos registros de navegación donde los marineros anotaban las variaciones del tiempo”.
En el año 2000 tomó la decisión de dejar San Luis Potosí, quemar las naves —su Rubicón personal— para tratar de establecerse en la ciudad de Chicago. Contaba ya con una trayectoria consolidada como escritor y periodista cultural, presente en múltiples proyectos de la época como el semanario Metrópolis y el periódico El Ciudadano Potosino (del cual fue coordinador de la sección cultural), además de suplementos y revistas culturales.
En todos estos años, no sin dificultad, ha logrado desarrollar su trabajo como periodista en diversas publicaciones hispanas de Chicago, como la Revista Contratiempo; actualmente, realiza trabajo para el departamento de comunicaciones de la Arquidiócesis de Chicago en el que corrige, redacta comunicados o traduce textos. “Es como un puente lingüístico lo que estoy haciendo. Un tiempo estuve trabajando como editor de libros de texto”.
A la distancia, sin prisas, a través de una videollamada habla de su libro El blues de la línea roja, la problemática social en una ciudad como Chicago durante la era hostil de la administración Trump, del arraigo, la identidad, la memoria y el proceso de escritura.
Astrolabio: Dejaste San Luis hace más de 25 años, con una destacada carrera periodística en diversos medios locales y revistas culturales de la época, además de un libro de poesía publicado en los años 90 ¿qué factores motivaron la decisión de dejar San Luis y México para buscar hacer tu vida y trayectoria profesional en una ciudad como Chicago?
Julio Rangel: Fue bien curioso porque yo tenía un rato como desempleado, no encontraba trabajo por ninguna parte. Estuve un tiempo en lo que era el Distrito Federal con una chamba que me ayudó a conseguir un amigo, como profesor en la Universidad del Valle de México. Era un trabajo estresante, tenía que despertarme como a las cinco de la mañana y hacer un trayecto como de dos horas en el metro. Era una friega y el ambiente bien hostil, con chavitos juniors, a algunos los venía a dejar el chofer de su papá incluso. Entonces renuncié, me regresé a San Luis y estuve un rato desempleado, muy desesperado cuando no tienes chamba y la situación se prolonga.
A: ¿En aquella época trabajabas en El Colegio de San Luis?
JR: Sí, la ironía del destino es que encontré trabajo en El Colegio de San Luis (en el departamento de publicaciones) y estaba mejor que nunca porque tenía un sueldo y mi situación se había estabilizado. La lógica indicaría que te consolidas allí, pero sucedió que por ese entonces me invitaron a venir a Chicago, un amigo que tú conoces, Dante Gómez, que era parte del periódico El Ciudadano, me dijo ‘pues vente a Chicago, te quedas en la casa y tal’. Y por una de esas cosas impulsivas que hacía en ese tiempo, pues acepté y dije ‘bueno, sale’. Quemé las naves como quien dice y me vine a Chicago. Digo que contra toda lógica porque luego de tanto tiempo de sufrir de desempleado por fin tienes una chamba y la tiras por la borda para empezar de cero en otro país, además a los 35 años. No tiene mucha lógica, pero se explica de otra manera, más subjetiva: para mí era un tiempo de crisis, existencial, muchas cosas se habían agotado y había un fastidio, un sentido de estar atrapado, un hartazgo. Y pues me vine a Chicago.
A: En tu experiencia, ¿cuáles fueron los principales obstáculos para construir una vida profesional y una carrera como escritor y periodista en Estados Unidos?
JR: Es un proceso en verdad largo, en teoría es sencillo porque Chicago es una ciudad que aprendes a navegar, como dicen aquí, de una manera sencilla, no tiene mayor complicación, pero eso es solo en apariencia porque después vas adentrándote y vas descubriendo capas y capas. Lo que sigue es la adaptación cultural, eso es lo más difícil, lo que te lleva más tiempo, te puede implicar una crisis existencial o de todo tipo. Cuando llegué empecé a trabajar dando clases de español, dando tutorías de español, pero luego esa chamba se acabó. Estuve trabajando en un periódico que había en español en ese tiempo que tenía un nombre muy mamón, se llamaba Éxito. Hacia reportajes allí y me la pasaba bien porque eso me permitía moverme por todos lados, recorrer la ciudad de una punta a otra o incluso ir a los suburbios. Lo que tiene la ciudad es que geográficamente es abierta, es un territorio muy ancho, cada vecindario es un mundo porque son vecindarios multiétnicos: está el barrio polaco, hindú o indio, el barrio chino, enclaves africanos, latinos, la comunidad vietnamita que está por donde vivo, en fin. Hay todos estos mundos y escribir aquellos reportajes me permitía desplazarme, ir por todos lados, desde las zonas más yuppies y gentrificadas hasta las zonas que son prácticamente guetos. Ese era un aprendizaje tremendo.
Al principio había chamba, después se acabaron esas fuentes de trabajo y entonces te enfrentas a la resaca de estar desempleado en otro país. Aquí no es de que me voy a la casa de mi mamá y eso te impulsa a moverte, a crear un espacio de introspección también, un espacio de cuestionamiento, de replanteamiento existencial, un rollo profundo, que te va moldeando, te vas un poco formando.
Hay gente que se regresa, yo por alguna razón me fui quedando como muchos otros. Esta ciudad es fascinante en verdad, tiene una fuerza de gravedad que te impulsa, muchos paisanos me decían y yo también al principio decía: ‘hago una lana y me regreso’, y se reían. Decían: ‘eso decimos todos, yo dije también eso y ya no se regresa uno’, un amigo en particular me lo decía. Hay quién sí se regresa, sobre todo de forma reciente con todo lo que ha habido en las políticas migratorias, pero hay una fuerza de gravedad, un universo cultural que no deja de fascinarte porque hay como si fueran capas de cebolla que vas pelando y vas descubriendo una ciudad más compleja dentro de la aparente sencillez, porque te vas internando en enclaves y mundos y entornos que te van abriendo una realidad más compleja. Para mí la tarea fue así. Hace 15 años me casé y ya la idea del regreso se vuelve más difícil.

A: En tu trabajo El blues de la línea roja combinas elementos de la crónica periodística, del ensayo sociológico, con reflexiones que van de la literatura al cine y al arte en general, al final planteas que puede ser también una bitácora “como aquellos registros de navegación donde los marineros anotaban las variaciones del tiempo” ¿cómo surge este trabajo y cuál fue tu objetivo principal?
JR: Fue un proceso gradual que surgió de la vida cotidiana, de mi trayecto diario en el tren, la línea roja es la principal del metro en Chicago, atraviesa la ciudad de norte a sur, de orilla a orilla, es un poco como la columna vertebral y en torno a ella se van vertebrando diferentes vecindarios y diferentes realidades: desde el norte que es más blanco hacia el sur que es más negro, con los enclaves afroamericanos. Conforme usaba el metro todos los días me daba cuenta que es un espacio, un microcosmos social en el que puedes percibir allí, atomizado, toda una serie de mundos en colisión, pero al mismo tiempo conviviendo, coexistiendo, y friccionándose. Era una cosa bien interesante pues vas junto a los yuppies o hipsters, pero también junto a mendigos y migrantes, qué sé yo, de Hungría, de Polonia, de Europa del Este; gente que va hablando por teléfono en mandarín o hablando lenguas africanas, pero al mismo tiempo ves los momentos de fricción o al contrario los momentos en que la gente evita la interacción.
Era una cuestión fascinante. Pensé que este universo era en verdad muy interesante y me fue surgiendo la idea de lo que aquí llaman commuter, la persona que se desplaza de la casa al trabajo diariamente. Me parece que el commuter es el personaje de nuestro tiempo y me pareció que en la medida en que iban pasando las décadas porque yo llegué en el 2000, el commuter iba mutando conforme llegaban las nuevas tecnologías y la gente iba atomizando su atención en los teléfonos, en la laptop, en la tableta o en lo que fuera, la gente se iba encerrando, en sus audífonos cada quien, atomizándose en este espacio.
Yo pensaba en lo importante que fue para mí el desplazarme en aquellos viajes primeros en mi infancia cuando vivía en la Huasteca (soy de Tamazunchale) e iba de pueblo en pueblo en los autobuses de Tamazunchale a Matlapa o Aquismón. Entonces yo tendría cuatro o cinco años y la experiencia de contemplar por la ventanilla ese paisaje y digamos de dialogar de algún modo con ese paisaje fue muy importante. No fue sino hasta ahora que me di cuenta lo mucho que me formó, lo mucho que me influenció. No había sido yo consciente de eso y no me había dado cuenta que esa experiencia del niño que observa por la ventanilla del autobús el mundo que pasa y los campesinos que suben y bajan; o del tiempo cuando fui un maestro rural que trabajaba en una comunidad de Xilitla y regresaba cada 15 días a la ciudad de San Luis, ese trayecto del autobús tan largo era una experiencia formativa en el sentido que implicaba la espera, cierta forma de espera, cierto limbo espacio temporal en el que tenías que sentarte allí por seis o siete horas, por supuesto tomabas un libro, pero contemplabas el paisaje y todo esto, no era como hoy en día en que la gente busca su teléfono o su tableta. Esa experiencia de espera que hoy le llamarían aburrimiento, que también podía haber aburrimiento, comprendí lo mucho que me había formado y yo no había sido consciente de ello.
Todas esas reflexiones se fueron añadiendo al presente que yo estaba viviendo, al presente de los vecindarios multiétnicos, de la discriminación racial y toda clase de situaciones sociales. Eso me fue disparando en mil direcciones, se fueron acumulando las notas y entendí que el formato más idóneo para darle salida a todo esto era el ensayo fragmentario, un poco como atomizando estas mil bifurcaciones de esa reflexión. Luego me di cuenta que fue tomando una estructura por sí mismo, volviéndose una estructura que yo le llamo arbórea, como árbol porque del tronco iban saliendo ramas y de ellas iban saliendo otras ramas y otras. Todo iba saliendo y el ensayo era el vehículo ideal porque es el género más plástico, el más moldeable que te permite esa libertad de ir a la crónica periodística y luego ir a la narrativa literaria o ir a la reflexión histórica, al aforismo, a la poesía incluso.
El texto fue creciendo y en algún momento un amigo me dijo ‘esto tienes que convertirlo en un libro’ y al principio me dio no sé si pereza o miedo o las dos cosas que los psicólogos dicen que una cosa es la otra disfrazada. Llegar a 100 o 200 páginas me parecía como una cima, pensaba que llegaría sudando y de repente descubrí que ya estaban ahí las 200 páginas, la cosa fue fluyendo.
A: En el libro aparecen reflejadas voces de personas marginadas, trabajadores, viajeros anónimos, personas sin casa o en situación de calle ajenas al sueño americano. ¿Qué lugar tienen esas voces en tu trabajo o tu mirada de Chicago?
JR: Sí, es que la voz de los grupos marginados es tan estridente, tan fuerte que no hay manera de que no la escuches. Hay que ser sordo o tener muchas ganas de vivir aislado en una burbuja para no darse cuenta de ello. Ahora, también depende de alguna manera de la mirada que tú tengas, desde dónde te ubicas. Toda mirada es política, un escritor mira políticamente, aunque habrá quien diga que no es para tanto, quien quiera vivir en un mundo más de clase media. Yo no quise ser demagogo tampoco, no podía pretender irme entre los homeless (sin hogar) a pasar la noche o a dormir en la banqueta, al estilo del periodista gonzo. No voy a hacer eso, no lo soy y no quiero ser demagogo.
Aquí en el libro hay un texto sobre los homeless porque sobre todo a partir de la pandemia, la dinámica de la ciudad neoliberal es privatizar servicios y quitarle fondos a las agencias que dan servicios y uno de ellos son las agencias que dan la atención a los homeless, a la gente sin techo…Advertí que el viajero, el commuter de forma inevitable va a ser confrontado por esos mundos, no puedes ser ciego, no puedes ser sordo por mucho que te pongas tus audífonos o por mucho que te encierres en tu teléfono, la realidad está en tus narices, literalmente en tus narices porque hay gente que huele mal porque no se han bañado en meses y está mal de sus facultades mentales. Hay gente que necesita servicios de salud urgentes y es gente que fue echada a la calle porque cerraron esos centros.

Todo eso fue interesantísimo, aquí están las contradicciones de una sociedad al desnudo, el metro se volvió un refugio para mucha gente y es todavía muy interesante ver gente que viene, por ejemplo, de ciertos barrios clase medieros, que sabes que están en buena situación con su teléfono de último modelo, junto a un tipo que está durmiendo cubierto con una chamarra, porque pasó la noche allí y no tiene a dónde ir. La coexistencia de esos mundos a mí me resultaba fascinante, era importante también realizar esta transición del espacio interior al espacio exterior, es decir: de la reflexión, la memoria, el recuerdo hacia lo que estaba sucediendo, que no fuera nada más un ensayo abstracto, pero que tampoco fuera un libro de crónica, un libro periodístico.
A: En alguna parte del libro narras lo sucedido tras el 11 de septiembre de 2001 con el ataque a las Torres Gemelas y el clima de hostilidad que se vive en todo el país, que anunciaba “una otredad odiosa”, ¿cómo percibes el clima social que se vive en una ciudad como Chicago y en todo el país, en la era de Trump que no solo desde el discurso criminaliza a los migrantes?¿Crees que se está repitiendo aquello o es algo todavía más extremo?
JR: Pues es algo más extremo, pero creo que es también un paso adelante de un mismo trayecto. Lo preocupante es que esto ha sido el ensayo de una práctica que están aplicando a nivel mundial. Tú ves a los ideólogos, como Steve Bannon o gente así, que se van a dar talleres a Italia o se van a formar grupos a España con los grupos más radicales de ultraderecha que siguen el mismo guion que es criminalizar la migración, eximirla de contexto social, político, histórico y pretender que es un fenómeno aislado, verla como enfermedad y no como síntoma.
La estrategia es la instrumentalización política de la migración para desviar la narrativa de temas fundamentales de nuestro tiempo como son la concentración de la riqueza sin precedentes en la historia. Hace años se hablaba de como el uno por ciento del país tenía el 50 por ciento de la riqueza y el otro 50 nos la repartíamos el 99 por ciento. Eso que es como una abstracción en la vida diaria lo vives como supresión de servicios y todo esto, pero además como un discurso que criminaliza la migración y eso se está viviendo en todas partes, criminalizar al otro, aquel viejo mito del salvaje entre comillas que busca desviar la atención de lo que debería estarse discutiendo. Creo que es el laboratorio de una práctica que ha ido implementando en todas partes y funciona porque tiene una base emocional, visceral, no va a la parte reflexiva, no va a la parte analítica de la gente, sino que va a la parte instintiva: criminalizar al otro y todo es culpa de ese que vino a quitarte el trabajo, sin ningún contexto de por qué perdiste el trabajo, sin ningún contexto de cómo funciona el mercado en la era de la globalización.
A: Hay diversas partes del libro, en el que a partir de observaciones cotidianas —como la rutina de quienes viajan en transporte público— haces disertaciones con referencias culturales diversas. Hay un pasaje en el que describes el recorrido diario desde la estación de la línea roja hasta tu trabajo y utilizas imágenes del cine, de la película El día de la marmota, para hablar de la repetición y la ilusión de libre albedrío. ¿Qué te llevó a pensar la vida urbana y la rutina como un “montaje” y hasta qué punto esto puede ser una crítica al sueño americano contemporáneo?
JR: Pienso que es la conciencia de estar inmerso en una fuerza casi sobrenatural que es la rutina, como una fuerza casi del destino, algo metafísico. Suena dramático, no es que así sea, pero esa es la impresión que tiene el que la vive que hay algo como inescapable quees el ciclo de la supervivencia. Me interesaba ver cómo fuimos creando todas estas dinámicas incluso culturales, cómo fuimos creando este mundo férreo, inamovible de la rutina. No hay escapatoria, la cosa es así y punto, lo haces porque ni modo que no pagues la renta.
Cuando yo tenía que hacer todos los días el trayecto en metro de mi casa al centro de la ciudad, la impresión era esa: día tras día repetir los mismos gestos, en los mismos espacios, al mismo tiempo, a la misma hora. Después de meses o incluso años, algo en ti dice ‘esto no es normal, esto no es natural, ¿en qué momento normalizamos esto?’. Estás traicionando tus pulsiones vitales, que es algo de lo que habla por supuesto el psicoanálisis y la antropología. Me interesaba explorar ese espacio desde la subjetividad del trabajador que la vive, que es como digo yo en el libro se sabe el hámster en la rueda.Desde esa subjetividad me interesaba explorarlo, pero también salirme de mí, salirme de mi cabeza y verlo en un sentido histórico, en un contexto más amplio de cómo se fueron conformando las primeras metrópolis y cómo fue surgiendo lo que llamaríamos la ciudad moderna.
A: Hay algunos pasajes del libro, los mencionabas hace un momento, que tienen que ver con aspectos biográficos, de tu infancia en Tamazunchale y de tu primera juventud como maestro rural y los trayectos en autobús de la Huasteca a San Luis ¿qué papel juega en tu escritura esa memoria de lo que fuiste y cómo evitas que se convierta únicamente en nostalgia?
JR: Para mí era fundamental, yo no podía sumergirme en todas estas reflexiones en torno al desplazamiento, a la experiencia del tiempo, al mundo, a los microcosmos sociales, sin aludir a esa experiencia que a mí me formó. Me resultó inevitable, fue como un eco que rebotó allí de manera natural.Decidí incorporarla porque yo quería que hubiera en el libro una persona con nombre y apellido, que no fuera nada más una abstracción, una reflexión abstracta flotando allí en la página, sino que estuviera anclada en memorias precisas, en una infancia muy precisa y una persona concreta, por eso me interesaba incluirlo. Es interesante lo que dices de cómo evitar que eso se vuelva una nostalgia, porque bueno, la nostalgia siempre te tiende trampas, de la idealización del pasado, de ti mismo, etcétera.Cómo mantener esa visión, cómo dimensionar esa memoria y cómo hacerla coexistir en el presente creando una especie de presente abarcador, que absorbe todos los tiempos, que es el presente de la escritura y del lenguaje literario, ese fue para mí el reto. Decidí que tenía que incorporar ese mundo por lo mismo, darle un rostro a algo que de otra manera podría haber sido nada más una subjetividad allí flotando.
A: Tienes ya cerca de 30 años de vivir en Chicago ¿cómo te defines como escritor? ¿sigues escribiendo desde México, desde la experiencia como migrante? ¿o desde un lugar distinto que ya no responde a una sola identidad?

JR: Creo que quizá lo último, siento que habito en un espacio así híbrido, tengo 26 años aquí, me vine a una edad en la que ya tenía ciertos valores formados, cierta conciencia formada a diferencia de muchos escritores que escriben en español que fue aquí donde despertaron a la literaturay donde empezaron a crear sus primeros trabajos. Yo convivo, digámosle entre comillas, en una escena literaria aquí del mundo en español en Chicago, pero hay diferentes ámbitos: están los que tienen un discurso más netamente inmigrantista, que buscan el tema de la identidad, que están abocados a hurgar en lo que significa ser un migrante, en qué significa el migrar, vivir y cohabitar estas dos realidades; existen otros grupos que son más privilegiados, muchos llegaron a estudiar a la universidad, con alguna beca o algo así y se han mantenido en el ámbito académico, en un ambiente puramente literario. Yo estoy sin grupo en ese sentido…Varios escritores han dicho esto de que la patria de un escritor es su lengua y yo me siento un poco así en la lengua que escribo, siento que allí habito, siento que de allí soy.
A: En tu trabajo El blues de la línea roja ¿qué tanto te permites ficcionar en el texto?
JR: No lo sé, creo que hay como reflexiones en abstracto, pero en la medida en que la memoria pueda tener algo de ficción por quebradiza o por tramposa, en esa medida podría haber ficción. Yo me entrego a la memoria y no me importa tanto la comprobación factual de ciertas cosas, es decir, si alguien va y dice: ‘no, tú aquí dices que los autobuses iban de tal lugar a tal lugar y no es cierto, yo fui a la hemeroteca y resulta que van de tal otro a tal otro’. Pues qué bueno, qué bien, pero no era esa mi intención. En Estados Unidos, que es la cuna de lo que llaman el Nuevo periodismo, que es toda esta tradición potente de escritores, hay un culto a la veracidad que me parece perfecto porque es periodismo lo que estás haciendo; hay por ejemplo, la revista New Yorker, que hace poco cumplió los 100 años y tiene un departamento legendario de esto que llaman aquí fact checking que es el verificar los hechos, los datos; todos los periódicos y toda revista que se respete aquí tiene un departamento de fact checking, en New Yorker los encargado son como galgos, como sabuesos, que revisan que cada frase escribes esté verificada. A mí me interesaba más que el libro entrara en el ámbito de lo literario, en el sentido de transitar con libertad de lo literario a lo verídico, periodístico.
A: ¿Qué autores te interesa leer a estas alturas? ¿Hay algún autor mexicano o latinoamericano que te interese en particular?
JR: En años recientes cada vez más me ha ido interesando un escritor alemán, que es W.G. Sebald, es un tipo de una prosa que a mí me resulta fascinante, es un poco esta idea del escritor ambulante, el escritor memorioso que va observando los lugares y a partir de ello va elaborando un discurso ensayístico. Es una escritura que a algunos les puede resultar morosa, no sé, como ver una película de Andréi Tarkovsky o algo así. Para mí es tan intensa, tan musicalmente trabajada que puede ser hasta hipnótica.
De autores de Latinoamérica, de México, no estoy tan al día, pero me gusta mucho o me interesa lo que escribe, por ejemplo, Cristina Rivera Garza, leí la Autobiografía del algodón, me pareció un libro importantísimo, súper relevante en el que explora esta cuestión de la memoria y de pronto intercala ensayos enteros dentro de una novela y el libro no sabes bien en qué género se encaja. Me gustan esos libros que de pronto estás un poco perdido y no sabes si es un ensayo novela, novela-ensayo, historia o lo que sea.
A: En parte final de tu libro hablas de la “aceleración como el ethos de nuestra época” y dedicas algunas páginas al lector de libros. En ese contexto, en esta época marcada por la inmediatez y la sobreinformación, ¿qué lugar crees que ocupa la literatura como herramienta de reflexión crítica?
JR: Creo que hay una crisis de la lectura como espacio de atención, hacia las páginas finales hago alusión a una conferencia que da el escritor argentino Alan Pauls (se puede ver en YouTube, se llama Usos del presente) en que habla de eso, de cómo el tiempo es hoy el campo de batalla y habla de lo que él llama una temporalidad ansiosa. Me gusta la respuesta que da de por qué leer y dice: ‘leer para inyectarle tiempo al presente’. A mí me pareció una revelación esa frase, porque justo en este culto a la aceleración, a la rapidez, a la sobreinformación, un acto de resistencia (yo sé que es un cliché hablar de resistencia), un verdadero acto de resistencia sería no ceder a esa tracción, a esa dinámica de la aceleración y fincar espacios de atención que están en la lectura. Crear un espacio de atención en la lectura es resistirse a toda esta dispersión que nos propone el mundo hiper tecnologizado. La atención es una forma de resistir ese culto a la inmediatez y la atención de muchas maneras, el poner atención que también existe en las prácticas de lo sagrado y las prácticas contemplativas. La lectura es una forma secular de atención. Para mí es una manera de resistir el impulso a la productividad.
A: ¿Sigues escribiendo poesía?
JR: Sí, pero de una manera esporádica, a cuentagotas, me interesa mucho todavía la lectura de poesía, yo creo que fue fundamental en la escritura de este libro. No importa el género que escribas, en la base de todo tiene que estar la lectura de poesía. Si tú desarrollas un gusto como lector de poesía eso va a redundar en tu trabajo como periodista, historiador, novelista, lo que sea. En la base de todo está la lección de precisión y brevedad que da la poesía: su ritmo, musicalidad, la música como despertadora de sentidos y la precisión que te puede dar la concisión del lenguaje poético.
Puedes leer un fragmento del libro El blues de la línea roja al hacer click aquí.