Coincidencias ceremoniales y el Confederalismo Democrático

Javier Maisterrena

En esta columna nos hemos aproximado (y lo seguiremos haciendo) a lo que es y significa el Confederalismo Democrático que da origen al nombre de esta columna: “Defender Democracia y la Esperanza”. Ahora veremos alguna posible relación con ceremonias y celebraciones religiosas, en particular sobre los momentos de reflexión y resignificación de la vida y el desempeño personal, colectivo y social que realizan las tres religiones Abrahámicas, así también de otras, como las de árabes y kurdos, las cuales se presentan en el entorno temporal de lo que denominamos Pascua: la Pascua de los judíos que hacen memoria de su historia de la liberación de Egipto con la guía de Moisés; los cristianos hacemos memoria de la liberación de los romanos, del pecado original y de la muerte; Mahoma con los Persas y Mesopotamia en el Ramadán durante su encuentro en la Meca para recordar los planteamientos del Islam. Los kurdos hacen la ceremonia del Newros de primavera para renovarse y continuar su proceso de autocreación.

Al parecer los judíos contribuyeron a la conformación de los Estados-Nación como ahora los conocemos. Se basaron en lo que se refiere a su forma y estructura jerárquica y sacerdotal con raíces de fuente faraónica. También, dentro de sus mismas filas y familias judías, surgieron históricas rupturas, cuestionamientos y rebeldías planteadas por sus pensadores, profetas e intelectuales quienes cuestionaron sus mismas instituciones cristalizadas.

La polaridad de los dos tipos de sociedades que se encuentran o participan en estas ceremonias muestra ambas tendencias. En una refrendan lo dado de la institución y en la otra procuran la modificación social comunal para su renovación. Una tiene un carácter inercial, para que nada cambie de lo instituido y permanezca el orden y el control; es aquella que se repite desde lo dado y la tradición impuesta por los dogmas establecidos por los sacerdotes reconocidos y expertos en la ley. La otra, es aquella en que la sociedad se autotransforma por sí misma con la participación crítica de las mujeres y las emergentes generaciones de jóvenes. Respectivamente las podemos identificar con la antinomia que existe entre la heteronomía y la autonomía. Es decir, la primera es regida por la norma o ley que procede de fuera, de lo externo, que de alguna manera viene a ser impuesta como mandato-obediencia-subordinación a una supuesta divinidad o autoridad incuestionable. La segunda se basa en la autocreación constante orientada por la norma autoestablecida, aquella que es resultado del refrendado acuerdo y modificación periódica mediante la reflexión y el debate en torno a lo común, la libertad de las mujeres, la vida, el agua y la tierra y el conjunto de los seres vivos y no vivos.

Podemos asumir la perspectiva que considera que Dios nos dejó libres y luego no se volvió a meter o intervenir en esta creación social de la cual sólo nosotros somos responsables. De tal modo que todo lo que aquí sucede, o deja de suceder, en el conjunto y diversidad que hemos creado resulta ser una responsabilidad exclusivamente humana: de nosotros mismos, pues. Es decir: que con nuestros errores y aciertos; nuestras responsabilidades o indiferencias o necedades; directa o indirectamente; activa o pasivamente; con nuestro conocimiento o ignorancia; todos, en nuestras historias y ancestros hemos contribuido en hacer ser lo que ahora es en este mundo.

Considerando este contexto, me aparece la pregunta sobre si Dios es democrático: ¿será tan democrático que hasta nos permite poder llegar asimismo a ser democráticos por nosotros mismos? Paradójicamente, incluyendo la creencia opuesta, del que, autoengañándonos, le transfiramos nuestras responsabilidades o nuestros sometimientos inerciales (no autoasumidos) y le atribuyamos, en cambio, la responsabilidad de que lo hacemos por obediencia incuestionable a sus designios divinos escrutados por los sacerdotes oficiales y oficiosos.

¿Es posible la retroalimentación, el diálogo y la sinergia recíproca entre la religión y la libertad con la autonomía y la democracia del Confederalismo Democrático en lo común con la libertad de las mujeres y la relación respetuosa y armoniosa con la naturaleza, la tierra y el agua de las sociedades? ¿Es posible la autocreación y autoalteración de la moral de las sociedades generacionalmente?

Si coincidimos en brindar una respuesta afirmativa, podemos considerar que aquello que impida o se oponga a la unidad y cohesión de la moral y el Confederalismo Democrático creado por las sociedades necesita ser problematizado y puesto en duda.

La dinámica egocéntrica reducida y centrada en lo familiar representada por la casa (como unidad doméstica en su clausura monádica) reduce o restringe (que incluso puede llegar a oponerse con) la participación comunitaria en la sociedad y, por ello mismo, llega a convertirse en la plataforma propicia para la transferencia del poder personal, doméstico y colectivo al estado todopoderoso y al gobernante en turno que lo representa, con la correspondiente bendición de sus sacerdotes que lo justifican y promueven.

Aparejados en esta bipolaridad, hay un conjunto de frágiles equilibrios articulados de manera compleja: por un lado, entre el individuo con su mónada-familia (primer nivel) y con lo común de la sociedad, barrio, localidad… (segundo nivel); otro, de la sociedad de origen con las otras sociedades con las cuales conviven, dialogan y buscan respaldarse, sean parte del Confederalismo o ajenas; y otra, entre el Confederalismo Democrático y el Estado o la nación (cuarto nivel). En otra dimensión paralela están otras fragilidades transversales: entre el hombre y la mujer; entre los humanos y la naturaleza; entre la vida y la muerte; entre lo inmediato y la trascendencia.

La rivalidad que llega a ser incitada entre religiones, lo mismo que las religiones que fracturan familias, barrios y comunidades, todas ellas atentan contra la congruencia de su propia moral y nos invitan a formular ¿a quién benefician? Obviamente en primer lugar consideramos que no benefician o liberan ni a sus fieles, familias, barrios ni comunidades, así como tampoco a los de las otras religiones. Considero que benefician y favorecen (aunque no necesariamente de manera consciente ni deliberada) a la modernidad capitalista del Estado-Nación con el complejo científico-tecnológico- militar-industrial. Eso significa que esas religiones establecen una posición opuesta al Confederalismo Democrático que postula una apertura a las diferentes religiones en un respeto recíproco y una convivencia comunitaria y vecinal en las asambleas para atender su vida cotidiana.

Invitamos a considerar que es importante elucidar, problematizar y puesto en duda todo aquello (sea en las ideas-pensamientos, palabras y hechos) que impida o se oponga a la unidad, cohesión, apertura y respeto entre vecinos, como es lo común y la comunidad y la autonomía y la democracia con el respaldo a la libertad de las mujeres por sí mismas y el respeto y diálogo con la naturaleza. Asimismo, todo aquello que impida y se oponga a la diversidad, la pluralidad en coexistencia dialógica  y dinámica, en tolerancia recíproca fincada y cimentada en una permanente autocreación de sociedades vecinales, comunales, barriales localizadas que se hacen a sí mismas autónomas en diálogo y apertura con otras pares vecinas en lo que denominamos Confederalismo Democrático Comunitario de compartición, aprendizaje y respaldo recíproco, también es necesario elucidarlo, problematizarlo y ponerlo en duda.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

Es doctor en Antropología por el Instituto de Antropología Social Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente es profesor investigador de El Colegio de San Luis.

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