La cabeza en el fango

Blakely Morales

La niebla

Mayo 2026. Son horas extrañas, llueve; la humedad hace el aire denso, las nubes bloquean la luz en el atardecer y el humo sigue vivo en las periferias, cada vez es más difícil respirar.

Sin certeza del delito del que la acusan, la secretaria de formación política de Morena, ha interpuesto demanda de amparo en tribunales federales, ante una posible detención en su contra.

No hay requerimientos ni notificaciones aún. La única señal llega vía WhatsApp. Es la fotografía de una solicitud firmada por un agente del ministerio público, derivada de una carpeta de investigación, donde aparece su nombre y el de diez personas más.

Por su exposición política, presencia en medios y redes, Roxana Hernández, militante y activista de izquierda, supone que se trata de ella no de una homónima.

Pero un detalle salta: en la solicitud firmada por un agente dirigida a la policía de investigación, el posible delito por el que se acusa a una lista de comunicadores, generadores de contenido, administradores de páginas, tres o cuatro periodistas, un empresario y a ella, es uso indebido de la función pública.

¿Señuelo o confusión?

El caos como origen, camino y herramienta de control.

El hecho que lleva a establecer conexiones es la detención de dos personas que aparecen en la lista, la lista de los once: Eréndira y Alejandra. La relación de ambas como administradoras de páginas pagadas por el ayuntamiento capitalino, aparece de inmediato.

Trascendidos, versiones incompletas llegan desde la oscuridad y se instalan: “tentativa de homicidio” dice un medio digital como el posible delito del que las acusan. “Es por su labor periodística” deslizan páginas de contenido político.

Mientras la indignación reviste el miedo o la paranoia, otras voces publican “¡no son periodistas!”; una columna sin cortapisas se posiciona: “hacer propaganda no es periodismo, punto”.

Transcurren los minutos, tres personas más se han amparado para evitar ser detenidas. El debate no termina de ser jurídico cuando ya empieza a ser moral.

La máquina del ruido

Cuando la fiscalía emite el comunicado sin mencionar sus nombres ni establecer con claridad el hecho constitutivo de delito, agrega más ambigüedad. ¿Delito contra la dignidad o contra la identidad? El boletín tambalea entre conceptos y lo único que queda claro es una acusación por presunta manipulación digital y uso de imagen sin autorización.

Para este momento está claro algo: se trata de la aplicación de una ley de reciente aprobación en el Congreso Local que busca, con pocos antecedentes, castigar con cárcel la creación de deep fakes. Resulta que aunque nadie lo afirma, tampoco nadie lo niega.

Dejar al poder decidir qué es falso y qué es verdadero es otro abismo. Pero la pantalla es ingobernable. Termina produciendo lo que el poder fomenta: campañas de lodo, ruido enfermizo, corifeos que halagan o denuestan según la ocasión.

Las organizaciones que investigan el tema, Artículo 19 la principal, consignan la detención de una tercera persona, Cristian, administrador de otra página en la Huasteca. Él no está en la lista de los once pero un columnista que afirma tener la orden de aprehensión devuelve la ambigüedad: la acusación es por Usurpación de Funciones Públicas o de Profesión y Uso Indebido de Condecoraciones o Uniformes.

Otro columnista en una mesa política asegura que fue por un robo. La verdad llega tarde y ya contaminada.

Los principales medios atajan y al mismo tiempo son un campo minado en el que pocos opinan a favor de la lista de los once. Difícil es meter las manos al fuego por todos. Si acaso por tres o cuatro que se defienden públicamente. No todos periodistas, aunque ese no sea el centro del debate.

Un conductor de noticieros y columnista regresa a lo básico y pregunta a la fiscalía si la lista es real. Un funcionario de comunicación institucional dice no saber. En el embrollo de fichas y lealtades hace varias semanas que no sabemos incluso quién es el titular de comunicación social de la fiscalía.

El mismo locutor escucha todas las voces, nadie defiende lo indefendible: las campañas negras. Hacerlas ahora suena más peligroso. Ganarse el pan no es excusa pero parece que alguien tiene que hacer el trabajo sucio.

Por hoy a varios los bajaron del barco del anonimato donde todos sabemos quiénes son, en ese circuito de operadores, propagandistas, ventrílocuos y talentos considerables convertidos en máquinas dispensadoras de vómito.

A estas alturas ya pocos saben dónde termina el periodismo y empieza la operación.

Esto apenas comienza. Ahora salen en un supuesto video dos periodistas confrontados, entre armas. Casi nadie lo cree. Distinguir la verdad de la mentira se ha vuelto un deporte clandestino, que no necesita legislación.

En otra mesa, fuera de cámaras, un editorialista propone una de las pocas cosas sensatas que se pueden escuchar en estas horas distópicas: “no nos podemos pelear entre nosotros por esto”.

A esta hora reina el suspenso y casi todo sigue siendo una versión extraoficial.

Breve manual improvisado para sobrevivir a la distopía:

Punto número uno: el caos es inherente en este “nuevo orden”, no intente combatirlo, piense cómo utilizarlo a su favor. Trate de ir un paso adelante, aunque pronto se dará cuenta de que es ilusorio, siempre acaban por alcanzarlo. El objetivo es tener listos los entregables para cuando tenga que correr. Recuerde que el objetivo es que usted pierda el sentido. Manténgase enfocado. Corra.

Punto número dos: usted no importa. Apréndalo rápido. El sistema funciona mejor cuando logra convencerlo de lo contrario. No se tome nada tan personal, no intente humanizar a quien está convencido de lo contrario, perderá su tiempo y energía, y esa es, a partir de aquí, su riqueza más preciada. En ese sentido, coma pocas tortillas, por si toca correr.

Punto número tres: desconfíe de casi todo lo que vea en la pantalla de su celular. Ya no es un lujo ni una herramienta cotidiana. Es la bota hundiéndole la cabeza en el fango.