María Ruiz
Recuperar la autonomía después de vivir violencia también significa volver a confiar en las capacidades propias, generar ingresos y tener la posibilidad de decidir sobre el rumbo de la vida. Bajo esa premisa, alrededor de 15 a 17 mujeres participan en Mujeres que Inspiran y Emprenden, iniciativa de Otra Oportunidad A.C. que este viernes abrió un espacio para mostrar y comercializar productos elaborados por sobrevivientes de violencia.
Elizabeth Rapp Saint Martin, presidenta de la asociación, explicó que algunas de las participantes son usuarias del centro de atención y otras pasaron por el refugio de la organización. El proyecto busca que los conocimientos adquiridos durante su proceso de atención puedan convertirse en una fuente de ingresos.
Las mujeres han recibido capacitación en áreas como agroindustrias, computación y estética, además de procesos de certificación con apoyo del ICAT. También existe acompañamiento para quienes no pudieron concluir sus estudios, con alternativas para terminar primaria, secundaria o preparatoria.
“Este evento es donde se está promoviendo el trabajo que han realizado mujeres que han salido del espiral de violencia, que ahorita se encuentran ya produciendo sus propios productos, abriendo sus propios negocios”, señaló Rapp Saint Martin.
La presidenta de la organización subrayó que el emprendimiento es una herramienta de autonomía, pero no constituye por sí solo la recuperación de una mujer:
“Una mujer no se fortalece solamente con un empleo. El fortalecimiento de una mujer viene con una atención integral, con generar esa seguridad, con que ella reconozca sus habilidades y capacidades, con que se sienta fuerte y libre para tomar sus decisiones”.
Desde la experiencia de Otra Oportunidad, hablar de violencia contra las mujeres implica mirar un problema mucho más amplio que la violencia familiar. Rapp Saint Martin se refirió a las distintas expresiones de violencia de género, entre ellas la física, psicológica, sexual y la económica, así como las agresiones que ocurren dentro de los hogares y las formas extremas de violencia que pueden terminar en feminicidio.
También advirtió que las mujeres no son las únicas afectadas: niñas, niños y adolescentes pueden quedar expuestos a estos entornos violentos y requieren atención especializada.
Por ello, se negó a asegurar que la violencia contra las mujeres haya disminuido únicamente porque algunos indicadores oficiales muestran una reducción.
Uno de los principales problemas, explicó, es la falta de denuncia. El miedo a represalias y la inseguridad que enfrentan las víctimas puede impedir que acudan ante las autoridades.
“Por cada una que denuncia se contabilizan hasta 10 o 12 que no lo hacen”, señaló.
Rapp Saint Martin pidió que la violencia contra las mujeres no se convierta en un asunto político ni se utilicen las estadísticas para afirmar que la situación ha mejorado mientras persistan agresiones y mujeres que no pueden acceder a la justicia.
“La violencia no es una cuestión política, no se la puede agenciar ningún partido, no podemos hablar ‘estamos mejor que ayer’, porque el día que se erradique la violencia estaremos donde queremos llegar”, afirmó.
Otra Oportunidad tiene 26 años de trabajo en la atención de mujeres que viven violencia. Su esquema contempla un centro de atención abierto al público y un refugio para aquellas mujeres que enfrentan una situación de mayor riesgo y no cuentan con redes de apoyo seguras.
Rapp Saint Martin explicó que no todas las mujeres que acuden a la organización necesitan ingresar al refugio. Quienes pueden permanecer con redes de apoyo seguras reciben atención en el centro; cuando existe un riesgo mayor, son trasladadas mediante protocolos de seguridad al espacio de resguardo, cuya ubicación se mantiene confidencial.
En lo que va del año, la organización ha atendido a más de 200 mujeres. La permanencia en el refugio depende de las circunstancias de cada caso y puede acompañarse de medidas de protección, procesos de guardia y custodia, atención psicológica y asesoría jurídica.
La Guía Operativa 2026 de la Secretaría de las Mujeres define los refugios como espacios temporales, multidisciplinarios y seguros para mujeres víctimas de violencia de género y sus hijas e hijos, orientados a recuperar su autonomía y construir un plan de vida libre de violencia. El documento establece además que su ubicación debe mantenerse reservada por razones de seguridad.
El modelo federal contempla atención psicológica, médica, educativa, jurídica y de trabajo social, además de acciones de inserción laboral. Los refugios deben operar las 24 horas del día, los 365 días del año, y contar con personal especializado y condiciones de seguridad para las mujeres y sus hijas e hijos.
La propia normativa federal establece que los refugios deben desarrollar programas para fortalecer el empoderamiento y la autonomía económica, mediante capacitación para el autoempleo, inserción laboral y autogestión económica.
El esquema de atención también contempla que, al concluir la estancia en un refugio, algunas mujeres puedan acceder a casas de transición cuando no cuentan con una red de apoyo viable. Estos espacios buscan facilitar la independencia económica y la adaptación a la vida comunitaria, incluyendo la vinculación con empleos y actividades educativas para sus hijas e hijos.
En cuanto a los recursos, la Guía establece que los subsidios federales funcionan como un apoyo para fortalecer la operación de estos espacios, pero las organizaciones deben acreditar que cuentan con recursos propios suficientes para garantizar su funcionamiento. El financiamiento puede cubrir necesidades de operación, personal especializado, atención, capacitación, seguridad, mantenimiento y otros servicios vinculados con la protección integral.
Rapp Saint Martin señaló que, en la práctica, los recursos federales han enfrentado retrasos administrativos y que el financiamiento disponible no cubre necesariamente todo el costo de mantener un refugio funcionando durante el año.
“Los recursos, si bien tardan, solamente cubren 10 meses del trabajo”, afirmó.
La organización mantiene además una línea telefónica de emergencia y atención permanente para activar los mecanismos de protección cuando una mujer se encuentra en riesgo.
Para la presidenta de la asociación, salir de un espacio violento no significa necesariamente que el peligro haya terminado. Algunas mujeres continúan enfrentando procesos legales, disputas por la guardia y custodia de sus hijas e hijos o carpetas de investigación que permanecen sin judicializar.
Rapp Saint Martin señaló que estas demoras pueden provocar que algunas mujeres pierdan la confianza en el proceso.
“Si tú inicias una carpeta y tardas ocho meses en que pueda llegar ante un juez, en ocho meses tú dime si la mujer va a estar esperando”, cuestionó.
Por ello, consideró necesario fortalecer la Fiscalía con más personal y presupuesto, así como mejorar el seguimiento de las órdenes de protección.
El problema, explicó, no necesariamente es que los policías se nieguen a cumplir con estas medidas:
“Si tienen 80 órdenes de protección que seguir, difícilmente va a poder llegar a tiempo para evitar un feminicidio”, advirtió.
Cuando una mujer continúa en riesgo pese a las medidas implementadas, Otra Oportunidad ha recurrido a redes de refugios de otros estados para trasladarla y ayudarla a establecerse en un lugar diferente.
“Yo me reconstruí”: Laura
Laura, una de las mujeres que permaneció en el refugio, compartió durante el evento una historia que comenzó con agresiones que durante años ella misma minimizó.
Relató que no sufría violencia física constante, pero sí insultos, comportamientos pasivo-agresivos y otras formas de agresión que fueron aumentando hasta que su pareja finalmente la golpeó.
“Hay violencia de muchas formas”, explicó.
Cuando finalmente pidió ayuda, lo hizo con miedo y vergüenza. La policía detuvo a su agresor y posteriormente, al acudir al Centro de Justicia para las Mujeres, le ofrecieron ingresar al refugio junto con su hijo.
Al principio, dijo, le resultaba difícil comprender por qué ella debía abandonar su hogar mientras su agresor había sido detenido. Con el tiempo entendió que el resguardo no era un castigo, sino una medida para protegerla.
“Por primera vez en mi vida, a mis 40 años, me sentía ocupada, me sentí apoyada, sentí que no estaba sola”, relató.
Durante su estancia recibió acompañamiento psicológico, jurídico y médico. En uno de sus chequeos de salud le detectaron cáncer de mama, diagnóstico que enfrentó mientras continuaba con el proceso de reconstrucción de su vida.
También aprendió nuevas herramientas para relacionarse con su hijo y enfrentar las consecuencias que la violencia había dejado en su entorno familiar.
“Yo me reconstruí”, afirmó.
Laura rechazó la idea de que las mujeres permanezcan en relaciones violentas simplemente porque “quieren aguantar”. El miedo, la vergüenza, la dependencia económica, el aislamiento y la falta de redes pueden hacer que salir de una relación violenta sea un proceso complejo.
Por eso, para las mujeres que hoy participan en Mujeres que Inspiran y Emprenden, poner sus productos frente al público representa algo más que vender. Es mostrar que después de una historia de violencia también puede comenzar una etapa de autonomía, aprendizaje y reconstrucción.



Rapp Saint Martin sostuvo que cada producto expuesto durante el evento representa el resultado de un proceso que va desde recuperar la seguridad hasta volver a reconocerse con capacidades y posibilidades propias.





