La Orquesta Sinfónica Infantil de México llega a SLP con un mensaje de formación, arte y comunidad

María Ruiz

Antes de que una niña, un niño o un adolescente llegue a formar parte de una orquesta nacional y de que su instrumento se mezcle con otros 141 sonidos en un mismo escenario, existe una historia que pocas veces se ve.

Está la primera persona que creyó en su talento. La familia que decidió acompañar un proceso que requiere tiempo y disciplina. El maestro que encontró en ese alumno una posibilidad. Está también la decisión de un joven de permanecer, practicar y entender que la música no solamente se aprende con las manos, sino con paciencia, escucha y compromiso.

La Orquesta Sinfónica Infantil de México (OSIM) nace precisamente de esas historias. De jóvenes que, desde distintos lugares del país, encuentran en el arte una oportunidad de crecimiento y una forma distinta de relacionarse con los demás.

Para su edición 2026, la agrupación reúne a 142 niñas, niños y adolescentes provenientes de 26 estados de la República, quienes fueron seleccionados después de un proceso nacional en el que participaron más de 500 aspirantes. A ellos se suman cinco jóvenes representantes de Uruguay, Costa Rica y Panamá, como parte de la colaboración con el programa Iberorquestas Juveniles.

La cifra habla de una selección nacional, pero detrás de ella hay trayectorias personales, jóvenes que llegaron desde distintos contextos con una misma aspiración: formar parte de una orquesta que representa a una generación de músicos en formación.

El maestro Roberto Rentería Yrene, director artístico de la OSIM y titular del Sistema Nacional de Fomento a la Música, explica que el sentido de este proyecto no está únicamente en reunir a jóvenes con capacidades musicales sobresalientes, sino en generar un proceso integral que transforme la manera en que entienden su relación con otros.

La OSIM fue fundada en 2001 por el maestro Sergio Ramírez Cárdenas y actualmente suma 24 años de trayectoria, con la interrupción del periodo de pandemia. Durante este tiempo se ha convertido en un espacio donde generaciones de músicos han encontrado una plataforma para desarrollar su talento.

El proceso para integrarse ocurre cada año mediante una convocatoria nacional dirigida a niñas, niños y adolescentes que cuentan con dominio técnico de un instrumento. Después de las audiciones se selecciona a quienes conformarán la agrupación de cada edición.

Incluso quienes ya han participado anteriormente deben volver a realizar el proceso.

La razón es que la orquesta representa también un compromiso constante con la preparación y el crecimiento artístico.

“La búsqueda constante de la excelencia musical es un estándar con el que ellos se quedan y que aprenden que si todo se hace con disciplina, con esfuerzo, con empeño, con trabajo precisamente en equipo y en comunidad, el resultado puede ser muy importante”, señala Rentería.

Dentro de una orquesta, el talento individual no es suficiente. Cada músico debe aprender que su participación depende de la escucha y del respeto hacia quienes comparten el escenario.

“Aprenden qué es el respeto, el orden, el saber que escuchar al otro es importante y que sumar su sonido de manera colectiva es importante para obtener un resultado”, explica.

La experiencia también les permite convivir con jóvenes de diferentes regiones del país, con distintas culturas, tradiciones y formas de entender la vida. La música se convierte en un espacio donde esas diferencias no separan, sino que forman parte de una misma construcción. Pero el impacto de la OSIM no termina cuando concluye una presentación.

Cuando los jóvenes regresan a sus estados y comunidades llevan consigo lo aprendido durante el campamento y la gira de conciertos. Regresan a sus ensambles, bandas, orquestas o escuelas musicales con nuevas herramientas y con una experiencia que pueden compartir con otros. Ese efecto multiplicador es uno de los objetivos del programa.

Muchos jóvenes, explica el maestro, incluso cuando deciden dedicarse a otras profesiones, reconocen que la formación recibida dentro de una agrupación musical les ayudó a desarrollar disciplina, organización y responsabilidad en otros ámbitos de su vida.

La música también genera una transformación alrededor de ellos.

Las familias comienzan a involucrarse en los procesos, a organizarse para acompañar a sus hijos y a construir espacios seguros donde niñas, niños y adolescentes puedan desarrollar sus actividades artísticas.

Para Rentería, ahí se encuentra una de las razones por las que el arte tiene un papel fundamental dentro de una sociedad.

“La música y todas las disciplinas artísticas permiten esto tan llamado reconstrucción del tejido social”, afirma.

No se trata solamente de reunir personas para hacer música. Se trata de crear comunidades donde los jóvenes aprenden a convivir, donde las familias participan y donde se generan condiciones para que el desarrollo artístico sea posible.

Por ello, sostiene que el acceso a la cultura debe entenderse como un derecho. El derecho de una niña o un niño a aprender un instrumento, a cantar, a acercarse a una disciplina artística y descubrir una posibilidad que quizá no había imaginado. Pero ese derecho también incluye al público que escucha.

La llegada de una orquesta como la OSIM a distintos lugares del país busca que más personas tengan contacto con una experiencia que en muchas comunidades no existe.

En San Luis Potosí, el concierto se realizará este martes 4 de agosto en el Teatro de la Ciudad del Parque Tangamanga, con la posibilidad de recibir cerca de 4 mil asistentes.

La decisión de llevarlo a este espacio, explica Rentería, responde a la intención de ampliar el acceso. Aunque otros recintos podrían ofrecer condiciones técnicas distintas, también limitarían la cantidad de personas que podrían vivir la experiencia.

La apuesta es que más familias puedan acercarse y descubrir qué ocurre cuando 140 jóvenes músicos comparten un escenario. Porque una presentación puede convertirse en el inicio de otra historia.

El maestro recuerda que existen niñas y niños que, después de escuchar a la OSIM, decidieron aprender un instrumento porque algún día querían formar parte de ella. Algunos de ellos, después de años de preparación, lograron integrarse a la agrupación y continuar su formación profesional.

“Si podemos generar eso en al menos una persona, que a partir de esta escucha pueda detonar en él la necesidad de acercarse a la música, eso nos convierte precisamente en una plataforma de formación”, expresa.

La OSIM no solamente busca formar músicos, abre posibilidades.

Porque detrás de cada instrumento hay una historia de esfuerzo, pero también una pregunta sobre el futuro. Qué ocurre cuando una sociedad decide apostar por el talento de sus niñas, niños y jóvenes.

Para Rentería, la respuesta está en la importancia de impulsar estos programas desde todos los niveles de gobierno y desde las comunidades.

“Los grandes países tienen grandes orquestas, grandes bandas y grandes agrupaciones musicales”, afirma.

La idea, dice, es que un país que apuesta por el desarrollo musical de sus nuevas generaciones también está formando personas con mayores herramientas para construir una sociedad distinta.

Antes de que una orquesta suene, alguien tuvo que creer en ellos.Y quizá ahí comienza la verdadera historia de la música.