Cerro Gordo podría aportar evidencia de un corredor interregional prehispánico

Estela Ambriz Delgado

El valor de Cerro Gordo para los habitantes del ejido homónimo, radica no sólo en su identidad y los servicios medio ambientales que les aporta, sino también en su historia, pues a través de los años han encontrado objetos de distintas épocas que, de acuerdo a un análisis preliminar, son materia de estudio arqueológico. Además, hay relatos que coinciden con la existencia de una antigua red de caminos, lo que abre la hipótesis de un corredor interregional.

A reserva de la próxima elaboración de un diagnóstico arqueológico en el ejido Cerro Gordo, por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), hay un análisis preliminar del maestro en Ciencias del Hábitat, Adolfo Rojano Guido, quien estima que los materiales de algunos objetos encontrados y la posición geográfica de la elevación deben ser inspeccionados.

El investigador, quien ha trabajado el tema del Arte rupestre en la Sierra de San Miguelito, afirma que, en el caso de Cerro Gordo, no hace falta demostrar de antemano la existencia de una gran ciudad prehispánica para justificar una investigación.

Explica que, los materiales reportados por habitantes de la comunidad, la posición geográfica de la elevación y el riesgo de alteración del terreno constituyen razones suficientes para solicitar una inspección como la que ya se planteó al INAH.

Ahondó en que, durante mucho tiempo, el pasado prehispánico del estado se explicó mediante una división rígida entre agricultores sedentarios y grupos cazadores-recolectores de gran movilidad. Sin embargo, las investigaciones desarrolladas en Villa de Reyes, el Tunal Grande y la región de Rioverde, muestran un panorama mucho más complejo: poblaciones distintas mantuvieron contactos, intercambiaron objetos y conocimientos y ocuparon territorios comunicados por valles, cañadas, pasos de montaña y corrientes de agua.

Entre los hallazgos reportados por los habitantes de Cerro Gordo, de materiales cerámicos y artefactos líticos, el investigador destaca la presencia de una vasija de silueta compuesta con decoración en bandas rojas y negras, además de fragmentos cerámicos y posibles puntas de proyectil.

Describe que, en una observación preliminar, la vasija presenta ciertas afinidades con la cerámica Valle San Luis o San Luis Polícromo, documentada en el Valle de San Francisco y en el sitio de Electra, Villa de Reyes. Este tipo cerámico se caracteriza por la combinación de bandas rojas o anaranjadas delimitadas mediante líneas negras y por motivos lineales y geométricos.

Rojano Guido precisa que esta semejanza todavía no permite establecer la procedencia, antigüedad ni filiación cultural de la pieza, ni tampoco demuestra por sí misma una relación directa con la Huasteca. No obstante, sí plantea una pregunta arqueológica relevante: ¿participó Cerro Gordo en las redes de interacción que comunicaron el Valle de San Francisco con Rioverde y otras regiones del oriente de San Luis Potosí?

Hallazgos y relatos

La vasija mencionada y otros objetos se encuentran resguardados por los habitantes que los encontraron, como es el caso de José Ponce Rocha, quien con gran orgullo muestra diversos cuadros en donde ha montado puntas de flecha que su familia ha recolectado, así como la vasija y una especie de metate. Relata que, además de estas puntas que han hallado en el camino, su padre le contó que también descubrieron una osamenta.

“Cuando estaba más niño iba con mi papá allá al cerro y entre las historias que me contaba me dijo que había un entierro prehispánico, como si hubo asentamiento guachichil, el decía que a fuerza tenía que haber más tumbas porque pues ¿en donde enterraban a sus muertos? (…) probablemente hay más, incluso hay gente que dice que se aparece un indígena, un ente, que ya varios de aquí del rancho lo han visto, y si pudieran venir los arqueólogos a checar para que se den cuenta si hay más entierros”.

Asimismo, José Ponce expresa que ir a caminar al cerro en búsqueda de más objetos se volvió una práctica común entre algunos pobladores, además de que esto los ha llevado a recorrer caminos antiguos que llegan hasta Zaragoza y de ahí hasta Villa de Reyes.

“De aquí hay un camino hasta Villa de Reyes, atraviesa La Laguna, Jesús María, y llega hasta Saucillo hasta la sierra, atraviesa por Zaragoza, La Mina, todo eso, llega hasta San Francisco”.

Además refiere que en diligencias que ha tenido en Villa de Reyes y Zaragoza, así como en diversas comunidades de la región, las personas le han indicado sobre las rutas, e inclusive hay uno que llega hasta la Zona Huasteca.

Lucía Ponce Rocha, también comparte que su esposo, Leonel Bravo Ramírez, es aficionado de la búsqueda de objetos en el Cerro Gordo desde hace más de 10 años, por lo que también ha encontrado posibles puntas de flecha y que, con la ayuda de un detector de metal, también ha hallado también anillos y botones de época de la Revolución.

Por otra parte Carolina Ortiz relata lo que le ha transmitido su padre, Antonio Ortiz, actualmente con 90 años de edad, sobre el encuentro fortuito de una osamenta mientras estaba en la búsqueda de dinero enterrado en el cerro.

“Cuenta que cuando estaba joven fue al cerro, porque antes se acostumbraba ir a buscar ahí dinero y dice quedó de verse con unas personas que se adelantaron y no lo esperaron, por lo que fue el solo en la noche. Dice que veía entre el cerro una lumbre que salía y se dirigió hacia allá, llegó a la lumbre y empezó a escarbar y escarbar, y lo que había encontrado fue como difunto, pero que estaba enterrado en el cerro como parado, como si estuviera parado, y dice que él nomás agarró los huesos pero no había nada y solo encontró la persona paradita y lo volvió a meter”.

Un territorio de transición

Rojano Guido establece que la geografía de Cerro Gordo fortalece la pertinencia de la hipótesis de su participación en las redes de interacción que comunicaron el Valle de San Francisco con Rioverde y otras regiones, pues Zaragoza se encuentra en una zona de transición entre la Mesa del Centro y la Sierra Madre Oriental. Este territorio forma parte, además, de cuencas y subcuencas que drenan hacia los ríos Santa María, Verde y Tamuín.

Asimismo indica que, las imágenes satelitales y la cartografía topográfica muestran cañadas y pasos naturales que atraviesan la Sierra de Álvarez. Algunos de estos rasgos pudieron facilitar la circulación entre Cerro Gordo, el Valle de San Francisco, La Salitrera, el Paso de San Martín y las tierras de Río Verde. Desde allí, otras redes pudieron continuar hacia la Huasteca.

“Por ahora, resulta más preciso hablar de un posible corredor interregional que de una ruta directa y única. Su existencia deberá evaluarse mediante modelos topográficos, análisis de pendientes, disponibilidad de agua, prospecciones de campo y comparación con otros caminos posibles”.

En el mismo sentido, el investigador destaca que la memoria oral de los habitantes, quienes señalan la existencia de antiguos caminos hacia el oriente, también debe ser documentada. Aunque esta tradición no constituye por sí sola una prueba arqueológica, pero su coincidencia con determinados pasos naturales puede orientar una investigación sistemática.

Adolfo Rojano refiere que, la existencia de abrigos rocosos, obras rupestres y otros lugares con evidencias de ocupación o frecuentación humana en la región más amplia (como la Cueva de los Indios, la Cueva de Rodrigo, El Zapote y Los Llanitos, situados en el entorno del antiguo Valle de San Francisco, hoy valle de Villa de Reyes) permite cuestionar la antigua imagen de un territorio vacío o marginal.

Sin embargo, estos sitios no deben considerarse automáticamente contemporáneos de los materiales de Cerro Gordo. Las obras rupestres, los campamentos y las ocupaciones sedentarias pueden corresponder a periodos diferentes. Su importancia radica en mostrar que las sierras, cañadas, manantiales y elevaciones formaron parte de paisajes humanos utilizados durante extensos periodos.

Respecto a las aportaciones académicas sobre el tema, el investigador hace referencia a los estudios de Joaquín Meade desde 1948, que describen la cerámica que posteriormente sería reconocida como Valle San Luis, así como los de Ana María Crespo en Villa de Reyes, y de Beatriz Braniff que estableció la secuencia estratigráfica de Electra.

“Estas investigaciones permitieron comprender que el norte de Mesoamérica no constituyó una frontera fija, sino un espacio fluctuante de contacto entre agricultores, poblaciones móviles y distintas tradiciones regionales. Por lo tanto, la literatura arqueológica respalda la existencia de relaciones entre el Valle de San Francisco, el Tunal Grande, Río Verde y las regiones orientales”.

La necesaria intervención de INAH

Rojano Guido concluye que, lo que todavía debe investigarse es si Cerro Gordo participó en esas relaciones y cuál pudo haber sido su función: asentamiento, campamento, punto de vigilancia, lugar de paso, área de aprovisionamiento o nodo dentro de una red más extensa.

Por ello se une a la solicitud que los habitantes del ejido presentaron al INAH y hace un llamado a que, ante el riesgo de alteración del cerro, se realice una visita de inspección arqueológica a Cerro Gordo, se registre la localización y el contexto conocido de los materiales reportados, y se efectúe una prospección sistemática de superficie en las áreas que podrían resultar afectadas.

Asimismo, se analice tipológica y tecnológicamente la cerámica y los artefactos líticos, se realice un levantamiento topográfico del lugar, y se evalúe la hipótesis de los corredores naturales. Además de determinar si se requieren medidas de protección, salvamento o una investigación arqueológica de mayor alcance.

“El contexto arqueológico, una vez destruido, no puede reconstruirse. Cerro Gordo merece ser examinado antes de que cualquier evidencia capaz de explicar su historia desaparezca de manera irreversible”.