Lo personal y lo social-comunitario

Javier Maisterrena

Me permito, para iniciar la participación, compartir el enlace de un escrito publicado en el periódico La Jornada de un exministro de Nelson Mandela en Sudáfrica sobre la migración de los marroquíes a Ceuta, España, que resulta ilustrativo tanto para Medio Oriente como para América Latina y para el mundo, que además resulta ser un contexto ilustrativo para el escrito que ahora presento.

Destaco algunas notas de dicho texto:

– “El miedo y el odio no son políticas. Son síntomas de sociedades que luchan contra la inseguridad, la desigualdad y la falta de cohesión social.”

– “Alrededor del mundo hemos visto ya dos respuestas en conflicto. Una tiende hacia el miedo, el nacionalismo, la exclusión y las políticas autoritarias.

– La otra se pregunta si necesitamos repensar cómo compartir la riqueza, la oportunidad y el poder de modo que la economía, una vez más, sirva a la gente, a las comunidades y a la Tierra viva.”

– “El verdadero desafío no es sólo reconstruir nuestras economías o reformar nuestras políticas, también es recuperar nuestra humanidad.”

El futuro “Dependerá de si la humanidad tiene el valor de imaginar un orden económico y político que ponga en el centro la dignidad humana, la justicia, el equilibrio ecológico y nuestra humanidad compartida.”

Esa humanidad a la que alude el texto se construye con el diálogo que tenemos en nuestra mente con nosotros mismos y donde llegamos a poner en duda lo que pensamos y deseamos. Como un sentipensar profundamente personal y humano que existe en relación recíproca, dinámica y dialéctica con la sociedad y comunidad a la que pertecemos y con la que interactuamos cara a cara directamente. En correspondencia, la forma societal-comunitaria existe recíprocamente con esa misma y dinámica relación dialéctica. No es posible que exista la una sin la otra.

Lo que denominamos espíritu y el pensamiento adquieren su carácter a través de un campo continuo de lucha confrontación y diálogo con lo social y su entorno. Ese movimiento, dialogo o en encuentro con lo social y la naturaleza es necesario para el desarrollo de la conciencia personal, surge precisamente en este terreno. Asimismo, esa confrontación que consideramos como amenazas a las cualidades que se desarrollan dentro de cada uno como individuos inevitablemente se extienden e influyen en la sociedad y viceversa. La existencia de valores sociales compartidos, y el hecho de que como individuos nos veamos obligados a otorgarles importancia, demuestra que esta lucha continuará mientras exista la humanidad.

Los pensamientos, el espíritu y la personalidad de un individuo se moldean dentro de la sociedad. Al mismo tiempo, los individuos influyen en la sociedad a través de sus ideas, estados de ánimo y acciones. Cada persona deja una huella donde quiera que va y contribuye, de una forma u otra, a los cambios en el modo de vida de una sociedad. Es precisamente esta dinámica la que impulsa el cambio social.

Podemos considerar que las personas somos y nos comportamos como sociedades ambulantes, algo semejante a lo que les sucede a las células y el cuerpo. Las personas (como las células) pueden enfermar o sanar la sociedad (el cuerpo) y recíprocamente la sociedad (el cuerpo) puede enfermar o sanar a las personas (las células), pero ¿Qué sucede cuando las personas y la sociedad se separan o desconectan? La metáfora relativa del padecimiento en las células y el cuerpo es una especie de cáncer en donde primero mueren las personas (células) y después la sociedad (cuerpo). La ruptura o desconexión es un padecimiento que crece sin control debido a que hubo una ruptura entre ambas partes: la persona y la sociedad. Ese cáncer se manifiesta en decadencia social.

La decadencia social se caracteriza por el dominio del paradigma del poder en todas las esferas de la vida. Donde prevalece el poder centralizado en una minoría, lo inmoral del poder se vuelve más fuerte que el poder de la moral y la justicia, las personas reproduciendo esa inmoralidad del poder se vuelven cada vez más incapaces de tolerarse unas a otras.

Es necesario aclarar lo que entendemos y consideramos por sociedad y diferenciarla de aquello que no es sociedad (y más bien es anti-sociedad como lo señalaremos más adelante), aunque se le defina con la misma denominación. No es lo mismo la sociedad-comunidad donde podemos participar, intervenir y hacernos corresponsables en las decisiones y acciones para su democratización y transformaciones, respecto de aquella otra (anti-sociedad) establecida y conducida por políticos “expertos” profesionales y mediáticamente públicos a nivel del Estado-Nación que llegan a ser designados mediante elecciones representativas por votación anónima y cuantitativa. Esos políticos que compiten en propaganda, mercadotecnica, son quienes concentran el poder, deliberan y actuan al margen y muchas veces en contra de las sociedades-comunitarias como lo hemos referido para Medio Oriente y como también sucede en México y Latinoamérica. 

Cuando la sociedad-comunidad pierde cohesión, se atomiza, se invisibiliza y es suplantada por un mini-Estado anti-sociedad conducido por un político mercadotécnico, imitador y subordinado a las instancias centralizadas de poder del gobierno en el Estado-Nación. En esa forma de gobierno imitador mercadotécnico ajeno y distante de los gobernados, la relación sinérgica de las personas con la sociedad-comunidad se rompe, se altera y amenaza el proceso vital de ambas. Produce sinsentido con decadencia social y personal que Öcalan descriptivamente llega a denominar “sociedicidio”.

Salvo las sociedades que han permanecido comunitarias, sin darnos cuenta los demás habitantes de Abya Yala hemos permitido históricamente el proceso de sociedicidio, en tanto que hemos abandonado nuestra propia corresponsabilidad comunitaria. Por comodidad y confort hemos negado nuestra participación corresponsable comunitaria y la hemos reemplazado por el voto en las urnas, mediante el cual transferimos y entregamos las decisiones a los que “mandan mandando” desde el poder como empresarios, Estado y gobierno de los elegidos mercadotécnicos. Los demás, pasivamente como ganado de ovejas, sólo esperamos los favores de quienes están temporalmente en el poder del Estado. Esos favores de privilegios y dinero consumistas generan desigualdad, división y conflicto entre los que de manera conformista, cómoda y pasiva nos negamos a colaborar entre nosotros y comprometernos como compañeros.

En ese social-conformismo, los cimientos morales que permiten a la sociedad permanecer unida, que hacen posibles el compartir y nutren las relaciones humanas, comenzaron a debilitarse y desaparecer. Bajo ese cultivo, los individuos y las sociedades desvinculados entre sí y del significado, los valores y las normas sociales-comunitarias, germina la legitimidad de una cosmovisión egocéntrica, maquiavélica, basada en el poder y la oportunidad para el despojo, donde la violencia como crecimiento canceroso se convierte en su expresión más cristalizada.

Preguntémonos si en nuestra historia personal y comunitaria o vecinal nos hemos convertido en poco más que una colección de individuos atomizados que forman una multitud en lugar de una comunidad genuina.

Personajes importantes reconocidos y adinerados sean como patrones, gobernantes o jefes e incluso burócratas, policías o militares, quienes detentan y ejercen el poder sobre individuos o grupos en posiciones más débiles demuestra un claro alejamiento de los valores comunales y constituyen el germen de esa atomización individual y concentración del poder que conforma el Estado-Nación. Esa necesidad de considerarse y querer ser considerado importante crea un círulo vicioso que consiste en la experiencia de no sentirse valorado y la incapacidad de valorar a los demás.

Debido a que las relaciones contemporáneas están centradas en gran medida en el poder y la autoridad, el valor de una persona se reduce cada vez más a relaciones de interés en las que predominan las consideraciones materiales y aparentes. Históricamente con los medios y la propaganda de mercancías, del gobierno, la banca, centros financieros y de apuesta por dinero, ha aumentado la preferencia por personas que abandonan los valores morales y los principios sociales. En su lugar adaptan y adoptan su comportamiento según las circunstancias o los intereses personales sin considerar la moral. Esa actitud egocéntrica se ha convertido en una característica común de la vida pública del estado, del país, de las ciudades que también se refleja incluso en las familias. Nos aislamos unos de otros y con ello constantemente debilitamos el pegamento que posibilita reconstruir la comunidad.

En las sociedades tribales y clánicas del pasado, solo había una razón por la que una persona pudiera ser excluida de la esfera política —que abarcaba la totalidad de la vida—: la expulsión de la comunidad. La política era la esfera en la que se generaban las soluciones a los problemas fundamentales de la sociedad, de la vida, del común y constituía un deber esencial para la continuidad de la existencia personal y colectiva.

En cambio, el engaño en que vivimos actualmente sobre lo que hoy consideramos casi sinónimos de política —la opresión, la coacción, la apropiación de valores materiales y morales, y la alienación de la sociedad— que antes sólo se atribuían al sistema estatal y a sus representantes que vienen siendo los políticos profesionales que ahí participan. En cambio, las sociedades tradicionales abrazaban la política como una cuestión de honor (y lo siguen haciéndo), al tiempo que daban prioridad a la protección de su existencia, sus normas y sus valores comunitarios frente al estado.

La propagación descontrolada de la violencia en la anti-sociedad o los mini-Estados y en las relaciones interpersonales, junto con el terror de estado, debe entenderse en relación con el distanciamiento, debilitamiento y colapso de la política social-comunal. La erosión de la conciencia comunitaria ante el individualismo es tanto una causa como una consecuencia de esta realidad. La principal fuente de violencia es la ruptura del equilibrio entre la comunidad y el individuo en una dirección anticomunitaria y de sometimiento servil al gobierno del estado-nación.

El debilitamiento del sentido personal propio aunado con una forma de parálisis intelectual que se manifiesta como incapacidad para comprender, están vinculados a la ruptura con la mentalidad comunitarista. El individualismo condena a las personas a una forma miserable de egoísmo que se somete al estado al tiempo que se aleja de la sociedad-comunal.

La mentalidad apolítica (y anti-política) de ese individualismo atomizante espera que la solución venga de otra parte, de un salvador, de arriba, de los poderosos. Esa conciencia es generalmente incapaz de reconocer que la solución depende de si mismos con la participación en el comunalismo que viene a ser la superación de las actitudes individualistas.

En el próximo escrito abordaré el desafío que tenemos para con los municipios a los que pertenecemos y en los subsiguientes abordaré las cuatro obediencias en las que hemos sido socializados por el estado: guerra/militar; religiosa/iglesias; escolar/académica Poder/burocracias. Asimismo, espero poder irme acercando a la realidad de nuestro entorno de San Luis Potosí, México e intentaré relacionarlo con el Conferderalismo Democrático Comunitario, enfatizándo la relevancia del nivel social comunitario para la conformación de la Modernidad Democrática que sustenta el Confederalismo Democrático Comunitario que seguiremos abordando en esta columna “Defender Democracias y Esperanzas”.

Para posibilitar el diálogo con los lectores, comparto mi correo electrónico javier.maisterrena@colsan.edu.mx  

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

Es doctor en Antropología por el Instituto de Antropología Social Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente es profesor investigador de El Colegio de San Luis.