Sebastián para principiantes

Mtro. Pedro Mendiola

Existe una estrecha relación entre el espacio público en las ciudades, las personas y el arte, para la escultura urbana ha significado una transformación que la lleva de ser únicamente una práctica conmemorativa u ornamental a convertirse en parte del tejido social, desdibujando los límites entre el arte, el urbanismo y la acción colectiva. Un ejemplo tangible es “El Caballito” en la Ciudad de México, escultura metálica que se ubica en la avenida Reforma, la cual representa la cabeza de un corcel que se alza 28 metros con un imponente color amarillo. El monumento abstracto se ha vuelto un punto de referencia y un elemento significativo del paisaje urbano. Sin embargo, esconde otro objetivo y es que funciona como respiradero del drenaje profundo, mejorando la experiencia cotidiana de quienes transitan por la zona. Su autor, el escultor Sebastián, revistió la funcionalidad urbana con un diseño audaz, que ha resistido el paso del tiempo hasta volverse un icono de la capital.

La historia de este extraordinario artista comenzó al norte de México. Enrique Carbajal nació en la ciudad de Camargo, Chihuahua, el 16 de noviembre de 1947. El nombre artístico de Sebastián, lo adoptaría después, cuando el poeta Carlos Pellicer hiciera hincapié en el sorprendente parecido que tiene el creador con el Sebastián de Botticelli. Además de encontrarle otros atributos al seudónimo, en palabras del propio artista: “se puede pronunciar casi de la misma manera en diferentes idiomas, no necesita apellidos y se recuerda fácilmente.”

Un momento crucial marcó su infancia, mientras jugaba al “bebeleche” también conocido como “el avión”, el pequeño Enrique quedó cautivado por la cuadrícula trazada en el suelo con gis que, mediante figuras geométricas, representa una aeronave. Años después recuerda que esa fue su primera experiencia para entender la abstracción. Asimismo, otro pasaje que determinaría el curso de su vocación sucedió cuando creó su primera obra pictórica en la piecera de su cama. El “lepe” intentaba capturar con sus pinturas lo que observaba desde la calle de su pueblo, mientras se preguntaba ¿cómo puedo pintarla rápido, sin que se me escape la imagen de la cabeza? Entonces salía de la habitación para pararse en medio del camino, veía el paisaje, medía la distancia y tamaño de los objetos y regresaba rapidísimo a mojar sus pinceles y hacer dos o tres trazos. Cuando se le olvidaba algún detalle dejaba todo y nuevamente salía corriendo, entraba, pintaba y volvía a salir, sin percatarse que su abuela observaba toda la escena. Al final, pintó la sierra de Camargo cuidando la perspectiva y el primer plano por lo que los postes de luz se fueron haciendo pequeñitos conforme el punto de fuga en la composición.

Transcurrieron los años, y en 1965 el joven Enrique viajó a la Ciudad de México para matricularse en la Academia de San Carlos, donde tomó clases de pintura, pero pronto se dio cuenta que lo suyo era la escultura. Posteriormente realizó estudios en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Inspirado en la tradición prehispánica de nuestro país buscó conectar la grandeza del mundo antiguo y de su cosmogonía para proyectarlos en el presente, por lo que comenzó a explorar una expresión estética que sin duda se basa en las matemáticas. Hoy en día su obra se distingue por una monumentalidad dinámica, el manejo sólido del color y una ejecución geométrica casi poética que encierra siempre una historia o relato. Sebastián aplica la máxima del pintor francés Paul Cézanne quien afirmó que: “La naturaleza puede representarse a través del cubo, el cono y el cilindro”.  

El espectador de la obra de Sebastián debe tomar en cuenta que, para su creación, fue necesario el estudio de al menos dos campos científicos. El primero sería la topología, “estudio de aquellas propiedades de los cuerpos geométricos que permanecen inalteradas por transformaciones continuas”. Y el segundo es la cristalografía, “ciencia que investiga las propiedades y estructuras de los cuerpos cristalinos, las cuales se forman por unidades regulares, conocidas como mallas, que se repiten hasta hacer redes espaciales”. Es así, como la obra de arte puede parecer tan abstracta que resulta ajena a las leyes de la naturaleza, no obstante, encierra en sí misma la esencia del universo que nos rodea. 

Hace un par de meses “Chac Mool” exposición del reconocido artista Sebastián, convirtió la Plaza de Armas del Centro Histórico de San Luis Potosí, en una galería al aire libre donde distintas variaciones de la mítica escultura prehispánica, que representa la efigie de hombre semiacostado con las piernas flexionadas, se reinterpretan bajo la visión abstracta del escultor chihuahuense.

La primera escultura del tipo Chac Mool, que en maya significa “Tigre Rojo“, se encontró en Chichén Itzá, Yucatán en 1875. Desde entonces se han realizado hallazgos de estas figuras en diversos lugares de Mesoamérica, región cultural donde florecieron grandes civilizaciones que abarca desde el norte y centro de México hasta varios países de Centroamérica. Su origen, su función y lo que representa ha sido debate durante varias décadas, algunas teorías señalan que sirvieron como mesa ceremonial para colocar ofrendas, y aún no se ha llegado a un consenso si se trata de un militar, sacerdote, personaje histórico o divinidad.

La figura de piedra recostada es fácilmente reconocible por lo que se ha convertido en una imagen emblemática del México prehispánico. Sin embargo, se pueden observar distintas variaciones entre ellas, ya sea en el giro de la cabeza, la postura de las extremidades, sus rasgos o atributos. Estos detalles no pasaron desapercibidos para Sebastián, tanto así que en su exposición, podemos comprobar que no presenta un Chac Mool igual al otro. Cada una de las piezas que conforman la muestra fue sometida a una rigurosa síntesis de sus formas hasta llegar a descubrir el alma del objeto en el que se inspira. Al respecto de este proceso, la historiadora Lilly Kasner señalaba que: “si un punto que se desplaza crea una línea, una línea que se desplaza un plano, y un plano que se desplaza un volumen. Entonces un volumen que se desplaza crea una obra de Sebastián.”

No es de extrañarse que la obra del escultor chihuahuense nos resulte familiar, pues encuentra un lenguaje común con los espectadores que la contemplan pues la combinación de geometría y monumentalidad se encuentra intrínseca en nuestras raíces más profundas.

Por otra parte, los potosinos que circulan por el Pasaje Zaragoza o la calle Manuel José Othón descubren que el paisaje urbano se ve irrumpido por una estructura de casi 11 metros de impactante color rojo, escultura que se denomina “El Pasito”. El espacio público se convierte en territorio simbólico donde el arte dialoga con la memoria colectiva. La monumentalidad de la obra no es ajena al transeúnte, por el contrario, forma parte de un pasado común que tiene sentido en el presente, se encuentra en la majestuosidad de los templos y pirámides prehispánicas adornados por figuras geométricas cargadas de movimiento y ritmo. El tamaño de las obras característico en la producción artística de Sebastián nos recuerda que él nació en “el estado grande”, creció en un territorio rodeado de un amplio paisaje, por lo que no es de extrañarse que afirme que, “la cultura urbana necesita dimensión para valorar el entorno”.

La exposición “Chac Mool” de Sebastián consta de casi 40 piezas entre esculturas emplazadas en la Plaza de Armas, maquetas y dibujos que se exhiben al interior del Palacio Municipal y concluye su vigencia la primera semana de septiembre.