Carlos Mendoza, Canal 6 de Julio y SLP

José de Jesús Ortiz

Ante un público diverso, crítico y conocedor de su trabajo, el maestro Carlos Mendoza, director de Canal 6 de Julio, presentó el pasado fin de semana, en la capital potosina, su más reciente libro titulado Gobierno de izquierda, documental de derecha, así como el documental CDMX, capital de la limpieza social, en el que se cuestionan muchas de las acciones del gobierno de la Ciudad de México, particularmente en contra de los sectores más vulnerables.

Desde el título del libro, escrito en coautoría con Alejandro Ponce Díaz, se plantea una contradicción, pues uno esperaría que un gobierno que llegó al poder, en buena medida, gracias al impulso de los movimientos y luchas sociales de las últimas décadas en México, se hubiera preocupado también por el cine que registró esos movimientos. Carlos sostiene justo lo contrario: que quienes hoy administran la cultura en nombre de la izquierda, promueven y legitiman un tipo de documental que responde a otros valores y agendas políticas.

En la parte inicial del libro, en un largo capítulo, se documenta la intervención de la CIA en el campo cultural durante la Guerra Fría a través de diversas iniciativas y programas como el Congreso para la Libertad Cultural y después con organismos como la USAID (la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) y la NED (Fundación Nacional para la Democracia), además de la Fundación Ford.

En ese contexto, a partir de la concepción de hegemonía del italiano Antonio Gramsci, plantean que la dominación no se sostiene solo con la coerción, sino con consenso y este se fabrica en la cultura, con la construcción de un “sentido común” impuesto por las élites dominantes. De ello, la comunicación masiva y el cine documental en particular juegan un papel central.

Hay una escena que se narra en el libro, cuando un crítico cubano al frente de la Sección de Artes Visuales de la Unión Panamericana, antecedente de la OEA, allá por los años cincuenta del siglo pasado, apoyó a un joven pintor mexicano, José Luis Cuevas, que publicó un manifiesto contra la Escuela Mexicana de Pintura. Se llamaba La cortina de nopal, y acusaba al muralismo mexicano de folclórico y ramplón. El resultado fue el movimiento llamado de “la ruptura” y un discurso de modernidad que dejó al arte comprometido y social, como cosa del pasado.

Carlos Mendoza propone que un proceso similar ocurre medio siglo después, con el cine documental: otra vez un discurso y una etiqueta que separa lo “artístico” de lo “político”, otra vez lo social relegado a una categoría menor. Esta vez el nombre es el de “documental de creación”. Un modelo que se consolida en el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) durante el gobierno de Vicente Fox, pasa por los sexenios de Calderón y Peña Nieto y se mantiene intacto en estos años de la llamada 4T.

Parte esencial de este modelo es un aparato de festivales, vinculado al Imcine y a los gobiernos de la Ciudad de México, lo cual ha producido lo que los autores llaman una “privatización virtual” del documental, delegando en entidades particulares lo que tendría que hacer el Imcine.  Además, señalan, se trata de entidades (en especial Ambulante y DocsMX, que se asumen como empresas sin fines de lucro) que hacen eco de posturas de organizaciones financiadas por agencias estadounidenses como es el caso de Mexicanos Contra la Corrupción, Causa Común y México Unido Contra la Delincuencia, que florecieron en los sexenios de Fox y Calderón.

Esos criterios o ese modelo que privilegia el llamado documental de “creación” no se corrigieron cuando llegó al poder un proyecto de izquierda, por el contrario: las instituciones culturales de la 4T mantuvieron colaboraciones con fundaciones que la propia izquierda había denunciado durante décadas.

Para entender por qué viene este cuestionamiento, hay que revisar la trayectoria de Carlos Mendoza: su primer documental, Amnistía, es de 1978; al año siguiente codirigió Chapopote, que, según cuenta en el libro, aparece mencionado en un reporte de la Dirección Federal de Seguridad, el aparato de espionaje del viejo régimen. En 1989, junto con otros compañeros, fundó Canal 6 de Julio a raíz del fraude del 88, una productora independiente con la que ha realizado más de setenta documentales, entre ellos Crónica de un fraude a propósito de esa elección, así como documentales sobre la insurrección del zapatismo chiapaneco, sobre la brutalidad de la represión en 1968 o el movimiento encabezado por López Obrador, entre muchos otros.

Una obra documental que registró procesos de lucha que los grandes medios corporativos ignoraban, estigmatizaban y, acaso también criminalizaban, en esos años de la larga noche del neoliberalismo.

Por otra parte, hay también una relación particular de Carlos Mendoza con San Luis Potosí mantenida durante más de tres décadas: en la elección por la gubernatura de 1991, cuando se da el fraude electoral contra el doctor Salvador Nava, Carlos y sus compañeros de Canal 6 de Julio estuvieron aquí para registrar el conflicto postelectoral que terminó con la renuncia del priista Fausto Zapata Loredo.  De ahí surgió el documental San Luis, lección de dignidad, visto por miles de personas en las plazas públicas,que fue muy importante para romper el cerco informativo y la narrativa oficial sobre esa elección.

Un año después realizó también el documental Nava, tras la muerte del dirigente civilista ocurrida en mayo de 1992. Documentales que se hicieron, como contó en una entrevista publicada el año anterior en Astrolabio, con muchas dificultades económicas, y con el apoyo del maestro Fernando Betancourt, del Grupo Zopilote, que les ayudó a producir, a alojarse en lugares modestos y recibir apoyos para poder mantenerse. Un cine documental, autogestivo, realizado con la solidaridad de la gente de a pie.

Treinta y tres años después de la muerte de Nava Martínez, Carlos regresó con el documental El médico de pueblo, presentado el año anterior. Lo hizo porque esa figura, a la que considera mucho más cercana al pensamiento de izquierda, está mal entendida, en riesgo de olvidarse y que la izquierda que hoy gobierna este país tiene mucho que aprender de ella.

En aquella entrevista publicada en Astrolabio, el director de Canal 6 de Julio expresó una idea que puede servir también para leer su reciente libro: advirtió que el rigor investigativo es central en la ética del trabajo documental, pues un descuido en la investigación puede producir errores que afecten a otros. Una idea en la misma línea de lo que planteaba Ryszard Kapuscinski sobre la importancia de los otros en el trabajo periodístico. Al final, el cine documental exige un método en la investigación similar al que demanda el periodismo.

En todos estos años, Canal 6 de Julio y Carlos Mendoza en lo particular han sido una crítica necesaria mantenida durante más de cuatro décadas, lo cual no es tarea sencilla, más aún en el contexto de un régimen con muchos resabios autoritarios como al que se enfrentaron en sus inicios y en las décadas siguientes.

A propósito de un debate válido que se dio el fin de semana en San Luis luego de la presentación del documental CDMX, capital de la limpieza social, desde algunos segmentos se puede cuestionar el trabajo documental de Canal 6 de Julio, por la supuesta falta de imparcialidad y equilibrio de sus críticas o que solo exhibe los yerros de los gobernantes, como si fuera posible la objetividad y la neutralidad. Creo que la objeción de que un documental —o un texto periodístico—, es “sesgado” supone que existe un punto de vista neutral desde el cual contar la realidad. Esa posición no existe, ni en el documental ni en el periodismo: cada decisión, desde el tema que se investiga hasta a quién se entrevista, qué fragmentos de una entrevista se utilizan, qué imágenes se seleccionan, en qué orden se cuenta y el enfoque en general, implica una elección. También, creo que en violaciones a derechos humanos (como lo son la mayoría de los temas que ha documentado Canal 6 de Julio), es absolutamente válido y necesario asumir un compromiso frente a esos hechos y no tratar de mantener una inexistente imparcialidad.  

Finalmente, hay una idea en el libro que Carlos Mendoza suele comentar en sus conversaciones: recuerda que cada gran conflicto social o político ha producido imágenes y documentales que buscan dejar constancia de lo ocurrido. Lo vivimos en San Luis en conflictos como el de Cerro de San Pedro, documentado, entre otros, por trabajos como el de la maestra Olivia Portillo;  el de Wirikuta con el asedio de las mineras; o en el propio caso del navismo.

Para Carlos, ese es también el valor del documental social, su poder como una herramienta de contrainformación para disputar y contribuir a romper las narrativas dominantes, como ocurrió con El Grito, de Leobardo López Arretche, y con muchos otros trabajos, como los de Canal 6 de Julio, que surgieron al margen de los grandes emporios de la comunicación. 

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Fue reportero fundador de los periódicos El Ciudadano Potosino y La Jornada San Luis. Es autor del libro La batalla por Cerro de San Pedro, sobre la lucha social contra la Minera San Xavier. Correo: eltiempocontado@gmail.com