María Ruiz
Minutos antes de que comenzara la marcha con motivo del Día del Bastón Blanco este miércoles 14 de octubre, en el Centro Histórico de San Luis Potosí, Francisco Canela Hernández, a quien le gusta que le digan Paco, compartió un mensaje para las personas que viven con discapacidad visual o ceguera y sus familias: aceptar la pérdida de la visión, buscar apoyo y aprender a enfrentar los cambios sin dejar de formar parte de la sociedad.
La movilización, encabezada por niñas y niños del Instituto para Ciegos y Débiles Visuales Ezequiel Hernández Romo, buscaba sensibilizar sobre la inclusión, la autonomía y las barreras que todavía dificultan su vida cotidiana.
“Yo creo que lo más importante primero es aceptar que en un momento dado puedas dejar de ver. Lo más importante también es que la familia debe de apoyar mucho, mucho a la persona”.
Paco habla desde un lugar al que no llegó por elección. La diabetes le ha acompañado durante unos 30 años y, según cuenta, le provocó glaucoma. Desde hace cinco años su visión comenzó a disminuir. Hoy calcula que conserva alrededor de cinco por ciento y se prepara para el momento en que ya no pueda ver.
Antes de que comenzara la marcha, su mensaje no iba dirigido solamente a quienes atraviesan una pérdida de visión. También hablaba a las familias que acompañan ese proceso, a quienes no saben cómo reaccionar frente a él y a una sociedad que suele mirar la discapacidad desde afuera, sin preguntarse qué necesita una persona para continuar con su vida.
Paco encontró en el instituto un lugar para aprender a utilizar el bastón blanco y prepararse para desplazarse con mayor autonomía. Llegó con el ánimo golpeado por la noticia de que su vista seguiría disminuyendo; en la escuela, cuenta, comenzó a recuperar fuerzas y a aceptar una realidad que no se resuelve de un día para otro.
Su presencia en la movilización tenía también ese sentido, el de recordar que las personas ciegas y con baja visión no desaparecen de la vida pública cuando dejan de ver. Siguen teniendo planes, decisiones que tomar, lugares a los que ir y derecho a recorrerlos sin que cada salida dependa de la ayuda de alguien más.
Con esa idea comenzó a tomar forma la caminata. No era únicamente un recorrido para conmemorar una fecha, sino una manera de ocupar las calles y pedir que la ciudad reconociera a quienes transitan por ella de otra manera.
La ciudad se convirtió en escenario de esa exigencia. Las niñas y los niños del instituto encabezaron el contingente, acompañados por sus madres y maestras. En sus carteles podía leerse: “El bastón guía, a que la sociedad incluya” y “Camino por una ciudad inclusiva”. Después llegaron los gritos: “¡Queremos respeto, queremos inclusión!”.
La ruta partió de Plaza de Armas, siguió por el pasaje Hidalgo hacia Julián de los Reyes, regresó a la plaza y continuó hasta Plaza de los Fundadores. Los participantes llevaron consigo una exigencia concreta y es que existan espacios públicos que permitan desplazarse con seguridad y que la infraestructura creada para facilitarlo no termine convertida en otro obstáculo.






Alejandrina García, exalumna del instituto y una de las impulsoras de la actividad, reconoce que San Luis Potosí ha avanzado en la instalación de guías podotáctiles, esas franjas con relieves que sirven para orientar el desplazamiento de personas ciegas y con baja visión. Sin embargo, el avance todavía tiene interrupciones: hay calles sin estas referencias y tramos donde las rutas no alcanzan para construir recorridos continuos.
“Nosotros nos encargamos de dar estas enseñanzas en las escuelas, en las universidades, para que sepan para qué sirve”, explicó García.
Las líneas longitudinales ayudan a reconocer una dirección; los relieves de puntos advierten sobre cambios o zonas que requieren atención. Su utilidad depende tanto de que existan como de que permanezcan libres. Una bicicleta, un puesto, una mesa o una persona detenida sobre la guía pueden interrumpir el trayecto de quien la necesita para orientarse.
La accesibilidad, por eso, no se resuelve con instalar una franja sobre el pavimento y dar por terminado el trabajo. Hace falta que la población comprenda su función y que las autoridades amplíen las rutas para que caminar por la ciudad no se convierta en una sucesión de tramos accesibles y obstáculos inesperados.
García reconoce que ha habido avances durante la actual administración, aunque insiste en que todavía queda camino por recorrer. Las guías podotáctiles y los semáforos sonoros forman parte de las herramientas que permiten ganar autonomía, pero requieren continuidad, mantenimiento y respeto.
La ciudad también se vuelve difícil de recorrer cuando el obstáculo no es físico. García señaló que las personas con discapacidad visual enfrentan situaciones de discriminación en filas, instituciones y servicios de salud, donde todavía pueden encontrarse con quienes desconocen sus necesidades o consideran que deben esperar sin tomar en cuenta las condiciones en las que se desplazan.
La exclusión aparece también cuando una persona tiene que explicar por qué necesita una orientación distinta o cuando el resto de la gente confunde ayudar con decidir por ella. La autonomía no significa prescindir de cualquier apoyo, sino tener la posibilidad de pedirlo, recibirlo con respeto y continuar el camino sin que otra persona asuma el control de sus decisiones.
Por eso, para García, la educación de la sociedad es una parte indispensable de la inclusión. No basta con que las personas con discapacidad visual aprendan a utilizar el bastón o a reconocer los relieves de una ruta; quienes comparten las calles con ellas también deben aprender a no bloquear esos caminos y a entender los dispositivos que favorecen su movilidad.
Los semáforos sonoros, por ejemplo, pueden resultar molestos para quienes desconocen su propósito. Para una persona ciega, en cambio, la señal auditiva puede ofrecer información decisiva al momento de cruzar una calle.
Fuera de las calles, una barrera más reduce las posibilidades de participar en igualdad de condiciones: la del trabajo.
García advirtió que las mujeres con discapacidad visual enfrentan dificultades particulares para incorporarse al ámbito empresarial. A su juicio, una parte del problema está en que los centros de trabajo no siempre conocen las adaptaciones que pueden facilitar su integración y siguen sin abrir suficientes oportunidades.
La inclusión laboral requiere revisar los prejuicios sobre lo que una persona puede hacer, además de las condiciones materiales de los espacios. La discapacidad visual no elimina los conocimientos, las capacidades ni la experiencia de quien busca empleo; sin embargo, las oportunidades se estrechan cuando una empresa descarta de antemano a una persona o no considera ajustes que podrían permitirle desempeñar sus funciones.
La marcha no podía resolver por sí sola esa desigualdad. Sí podía hacer visible que la accesibilidad no se limita a desplazarse por una banqueta, sino también significa llegar a una entrevista, incorporarse a un equipo de trabajo, realizar trámites y participar en la vida social sin encontrar puertas cerradas por prejuicio o desconocimiento.
Aprender a seguir adelante
Para Paco, el aprendizaje del bastón blanco tiene una dimensión íntima. La pérdida progresiva de la vista lo obligó a prepararse para una vida distinta de la que conocía. Acercarse al instituto fue parte de esa preparación, pero también le ayudó a salir del desánimo con el que comenzó a enfrentar su situación.
Su consejo para quienes reciben un diagnóstico similar es buscar apoyo, acercarse a instituciones especializadas y permitir que la familia acompañe el proceso. La aceptación no significa resignarse a las barreras, sino reconocer la situación para adquirir herramientas y continuar con la vida.
En su caso, la marcha fue una oportunidad para hablar de esa experiencia sin reducirla a una historia de enfermedad. Paco no estaba allí solamente para contar que pierde la vista, sino para recordar que sigue siendo parte de la sociedad y que sus derechos no disminuyen con ella.
Mientras las niñas y los niños avanzaban con sus carteles, el mensaje se extendía más allá de la conmemoración del Día del Bastón Blanco. El respeto se expresa en gestos concretos, como dejar libre una guía podotáctil, comprender para qué sirve un semáforo sonoro, ofrecer ayuda sin imponerla, garantizar oportunidades laborales y construir calles que permitan desplazarse sin depender de la suerte.
La marcha regresó a las plazas del Centro Histórico, pero la ciudad que reclamaban sus participantes no termina en ese recorrido. Es en la que todavía, para Paco, hace falta construir para que las personas ciegas y con baja visión puedan elegir su destino, caminar hacia él y llegar por sus propios medios.





