Dr. Mauro Enrique Monasterio Morales
En San Luis Potosí vivimos una paradoja que todos conocemos, aunque pocas veces la llamemos por su nombre. Cada verano, un aguacero de media hora convierte el Boulevard Río Santiago, la Calzada de Guadalupe o la avenida Himno Nacional en ríos que arrastran autos y paralizan la ciudad. Meses después, en plena temporada seca, miles de familias esperan la pipa o abren la llave sin que salga una gota. Escasez crónica y escurrimientos destructivos no son dos problemas distintos: son las dos caras de una misma mala gestión del agua urbana. El problema no es que llueva mucho; es que no sabemos guardar el agua.
Un acuífero que se vacía
La capital y su zona metropolitana dependen en gran medida del acuífero San Luis Potosí (clave 2411 de la CONAGUA). Cada año extraemos de él más de 120 millones de metros cúbicos, mientras que la naturaleza le devuelve menos de 80. Ese déficit explica por qué el nivel del agua subterránea desciende entre metro y medio y dos metros por año, por qué aparecen hundimientos del terreno y por qué el agua que bombeamos desde cada vez más hondo contiene más flúor y arsénico. El Instituto de Recursos Mundiales (WRI) clasifica nuestro estrés hídrico como “extremadamente alto”.
Una ciudad que no deja pasar la lluvia
Al mismo tiempo, recibimos entre 350 y 450 milímetros de lluvia al año, concentrados de mayo a octubre y en tormentas cortas e intensas. En un terreno natural, apenas entre 10 y 25 % de esa lluvia escurre por la superficie; el resto se infiltra al subsuelo o lo aprovechan las plantas. En nuestra mancha urbana, cubierta de concreto y asfalto, escurre 85 % o más. Toda esa agua llega casi al mismo tiempo a un drenaje que no fue diseñado para recibirla, y el resultado lo vemos cada temporada de lluvias. El cambio climático, además, tiende a volver más frecuentes tanto las sequías prolongadas como los aguaceros repentinos.
¿Qué es un techo cuenca?
La idea es sencilla: tratar cada azotea como una pequeña cuenca. En lugar de que el agua caiga sobre el techo y de ahí a la calle, la conducimos a una cisterna. Técnicamente se le llama Sistema de Captación de Agua de Lluvia (SCALL) y tiene cinco componentes:

Primero, la superficie de captación: una losa con impermeabilizante, lámina o teja, que aprovecha entre 80 y 90 % del agua que recibe. Segundo, canaletas con una ligera pendiente que llevan el agua a una trampa de hojas y sedimentos. Tercero, un separador de primeras lluvias, que desecha el primer litro por metro cuadrado, el que lava el polvo y el hollín acumulados. Cuarto, un filtro. Y quinto, una cisterna cerrada que abastece el inodoro, la lavadora, el riego y la limpieza de la casa.
No es tecnología extranjera ni costosa: funciona por gravedad o con una bomba pequeña. Es sentido común potosino: captar, filtrar, guardar y reutilizar.
Las cuentas
Una vivienda típica, con un techo de 80 metros cuadrados y la lluvia promedio de la ciudad (400 milímetros), puede captar alrededor de 24,500 litros al año, ya descontadas las pérdidas por escurrimiento y filtrado. Si 150,000 viviendas de la zona metropolitana adoptaran el sistema, se captarían cerca de 3.7 millones de metros cúbicos anuales: agua suficiente para abastecer a más de 30,000 habitantes durante un año, o el equivalente a dejar de bombear al menos tres pozos profundos de alta capacidad.
Seamos claros: esto no resuelve por sí solo el déficit del acuífero. Pero es agua que hoy tiramos a la calle y que, aprovechada en casa, reduce la presión sobre el subsuelo y nos da autonomía parcial en las colonias que padecen desabasto periódico.
Menos agua en la calle, y más despacio
El beneficio más inmediato se percibe durante la tormenta. Al retener el agua donde cae, los techos cuenca reducen el caudal máximo que llega a calles y colectores, y retrasan el momento en que se acumula en ellos. Así, la red pluvial no se satura de golpe.

Para que este efecto funcione, la cisterna debe tener espacio disponible cuando llega el aguacero; de ahí la importancia de usar el agua captada de manera regular y no dejarla almacenada sin aprovechar.
Lo que toca a las autoridades, y lo que nos toca a nosotros
Dejemos de lado la politiquería y hablemos de políticas hídricas reales. Propongo tres medidas concretas:
- Modificar el reglamento de construcción para que todo nuevo desarrollo habitacional e industrial en San Luis Potosí y Soledad de Graciano Sánchez incluya obligatoriamente un sistema de captación con separador de primeras lluvias.
- Otorgar descuentos en el impuesto predial o en la tarifa de INTERAPAS a quienes instalen un techo cuenca y certifiquen la retención de lluvia en su predio.
- Capacitar a la población en el mantenimiento básico: limpiar techos y canaletas dos veces al año, antes de la temporada de lluvias, para conservar la calidad del agua captada.
Mitigar las inundaciones no es solo obra del gobierno; empieza en nuestra azotea. Cada techo que tira el agua a la calle es una oportunidad perdida. Potosinos: la lluvia no es el problema, es la solución.
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.





