José de Jesús Ortiz
Ha elaborado más de cuatro mil máscaras de diablos, una figura que para él representa la libertad creativa y una forma de expresión artística ligada a la Danza de los Diablos, tradicional de su pueblo, Santiago Juxtlahuaca, en la región de la Mixteca, en Oaxaca.
Su afición por las máscaras comenzó desde la infancia, cuando pedía a su padre que le comprara una para poder danzar en el festejo popular. Dice que son algo mágico, capaces de transformar a quien las porta: “Al ponerte una máscara tú sientes que ya eres otro. Cuando te pones una, hasta caminas diferente, ya no caminas así normal, te sientes más y si te pones una máscara de diablo te sientes que eres el diablo, claro en el personaje”.
Formado en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (la antigua Academia de San Carlos), es uno de los maestros mascareros más reconocidos en México. Su trabajo ha sido exhibido en diversas partes del mundo y en 2014 llegó al Vaticano, donde fue seleccionado para realizar el nacimiento navideño La Guelaguetza Oaxaqueña y estuvo con el Papa Francisco. “Esa historia del Vaticano fue muy importante para nosotros, no fue nada que hubiéramos planeado, y quién iba a pensar que yo, haciendo máscaras de diablos, iba a estar allá”, comenta.
Talladas en madera de ahuehuete, sus máscaras, esencialmente de diablos, destacan por la fuerza visual, el trazo fino, las texturas y el cuidado de los detalles. Un trabajo que él defiende por su valor artístico: “Cualquiera que haga cosas con sus manos es un artista”.
El fin de semana pasado, Alejandro Vera participó, junto con su esposa y sus hijos, en el Tercer Encuentro Internacional de Artistas Mascareros realizado en el Museo Nacional de la Máscara en la capital potosina, que reunió a artistas de 14 países. En entrevista con Astrolabio, habla de su ya larga trayectoria en la elaboración de máscaras, de la libertad creativa que encuentra en la figura del diablo y de la relación de su trabajo con las tradiciones de su pueblo.
ASTROLABIO: ¿Cómo comenzó su historia con las máscaras y qué recuerda de la primera que hizo? En algunas entrevistas ha mencionado que la hizo a los tres años.
ALEJANDRO VERA GUZMÁN: De esa no me acuerdo, el que me lo recordaba mucho era mi papá, decía que cuando yo tenía tres años hice una mascarita de hueso de aguacate. Le hice dos, tres rayas, cosas que podía hacer a los tres años. Me la ponía en la nariz y andaba yo baile y baile. A mí, desde muy chico, me empezó a gustar la danza. Todo el tiempo andaba buscando a alguien que silbara para que yo bailara. Con el tiempo yo quería tener mi propia máscara y no había posibilidades en esa época. Hice una máscara de papel de esas que nos enseñan en la escuela, pero la hice de diablo, no pensando en jugar, sino para bailar. Así es como empecé a meterme. Mi hermano tenía 14 años cuando le compraron su máscara de diablo, yo entonces tenía siete y le decía a mi papá: “Yo quiero mi máscara de madera, yo quiero mi máscara de madera”. Él decía: “No, estás muy chiquito, espérate a que crezcas y además yo voy a juntar otro poquito [de dinero], pero espérate, ya que crezcas”.
Esa intención de tener mi propia máscara de madera fue la que provocó que yo hiciera la mía.Empecé a buscar quién me enseñara, pero nadie me quería enseñar, entonces me fui pegando, iba a un taller de artes plásticas allí en Santiago Juxtlahuaca, el maestro era Abraham Espinosa y él me empezó a ayudar con las medidas y cómo cortar la madera. Él es muy bueno dibujando y pintando, sabía las medidas de la cara y más o menos me dijo cómo. Hizo una máscara él y ya después yo hice la mía, la terminamos. Estoy hablando de cuando tenía como 10 años. Hice mi propia máscara y después fue la intención de hacer otra, porque esto de las máscaras te jala tanto que se vuelve como un vicio. Empieza uno a tratar de buscarle y buscarle.
En la segunda máscara ya muy poquito me enseñó él y empecé a hacerla yo solo. Después hice la tercera y cuando hice la cuarta llegó gente, familiares y me dicen: “Oye, Alejandro, ¿por qué no me haces una para que me la vendas, para tu primo?”. Yo estaba muy emocionado, porque era vender mi primera máscara.
A: ¿Todavía tenía 10 años?
AVG: No, cuando vendí la primera ya tenía como 14 años. Te emocionas porque pues en ese momento eres un joven, casi un niño todavía y recibes dinero, muy poco. El chiste es que la máscara no le quedó a mi primo, le lastimaba y yo le quise hacer mejoras, pero la eché a perder. Le dije: “Mejor te hago otra”. Él se fue bien contento con la otra máscara. Esa máscara, la primera, la encontré apenas, ahí la tengo, así como se quedó toda sucia y así la tengo colgada porque pude recuperar la primera máscara que vendí. Tengo las primeras máscaras que hice, sé que eran unas cinco o seis. Tengo la fortuna de tener mi obra, las primeras que vendí y las primeras que hice.
A: Usted estudió en la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México. ¿Cómo influyó esa experiencia formativa en su manera de entender la escultura y el trabajo con la madera?

AVG: Lo que pasó es que yo, con la intención de superarme, no encontraba un maestro, entonces llegó un momento en que estuve estudiando el bachillerato en la Ciudad de México. Mi papá nos visitaba una vez o dos al mes y un día me dice: “Oye, me enteré de que aquí cerca está una escuela del Seguro Social donde dan cursos”. Le pregunté de qué y me dijo que de arte, de escultura. Yo estudiaba solo dos horas en la prepa y todo el día estaba sin hacer nada. Él me dijo: “Quiero que vayas”. Yo hacía mis propias máscaras en mi casa y cuando fui a inscribirme el maestro me dice que esa escuela es nada más como algo casual, para la gente de la tercera edad y gente que en la tarde no tiene muchas cosas que hacer. Le dije que no había problema y me inscribo, al taller de modelado. Yo le platiqué al maestro que hacía un poco de escultura, máscaras de madera. Antes no era como ahorita que puedes sacar tu celular y enseñas las fotos, le dije “mañana le traigo fotos”. Al otro día le llevé fotos de mis máscaras y cuando las empieza a ver me dice “tú no eres para estar aquí, vete, estás perdiendo el tiempo. Yo conozco a una persona que está en la Academia de San Carlos”. Le dije que todavía ni terminaba la prepa y me dice que no me preocupe. Al día siguiente llega esa persona y le comenta que yo quiero entrar a la Academia de San Carlos, que me presente ahí. Él le dice “sí, yo me lo llevo”. Nos pusimos de acuerdo y él me llevó a la academia, cuando llegamos hablé con la maestra y me dijo: “Tu trabajo es muy bueno, aquí es un taller, son los talleres libres de la Academia de San Carlos, no necesitas la preparatoria, esa es para que entres a la Universidad, pero aquí no, con que pagues el semestre ya puedes entrar directamente al taller de madera”. Y me aceptó.
Me quedé cinco años en la Academia de San Carlos. Estaba estudiando pura madera. Cuando tenía 18 años gané el tercer lugar a nivel nacional [del Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías] haciendo máscaras, era 1990. Luego, gané el primer lugar nacional en 1992, yo tenía 20 años. Cuando gané el primer lugar en mi cabeza rebotaba mucho que era el mejor, pues soy primer lugar. Entonces, me llevé la primera sorpresa, pues llego a Oaxaca, quiero vender mi trabajo y nadie me compra. Me dicen que no es oaxaqueño, que no se vende. Voy a los institutos de cultura y tampoco. Había una feria artesanal, quería vender y me decían: “Es que no se vende, hay que llevar el barro negro, zarapes y todo lo que se hace en Oaxaca, los alebrijes, ¿pero máscaras? eso no es de aquí”. Yo les decía: “Si no se vende ¿qué les interesa?, llévenme y si no se vende el que sale perdiendo soy yo, no ustedes”. Y se me empiezan a cerrar las puertas. En el pueblo había la gente grande, que por la edad o por lo que sea ya tenía su trayectoria. Y a ellos les compraban. Nadie compraba mi trabajo. Por esa época tuve la oportunidad de conocer a mi esposa, nos casamos y vienen los tres años más complicados. A ella le iba muy bien, tenía su estética. Mis hijos estaban chiquitos, yo no tenía nada de trabajo. Iba con mi hermano, fui a trabajar de ayudante y seguí haciendo mis máscaras.

Eso me costó de tres a cuatro años, hasta que ya me empezó a conocer la gente. Luego me llega la nominación para el Premio Nacional de Ciencias y Artes [de la SEP], pero porque empecé a salir. Eso fue como en 1998. Después ya llegaron otras nominaciones, como diez. Luego tuve la fortuna de ganar un premio en Oaxaca y es cuando me empiezo a visibilizar más en el estado.
A: Ha comentado que no le gusta trabajar con bocetos, ¿cómo se da el proceso creativo en su caso?
AVG: A mí me gusta mucho la sorpresa que te da la máscara y la madera, la sorpresa que te da hasta el día que vas a trabajar. Hemos hecho máscaras con una idea y terminamos con otra, muy diferente. Hay máscaras que son intuición de nosotros, hay una que es de madera natural y originalmente era para pintarla. Nos gustó cómo salió la madera y dijimos pues hay que meterle más detalle y ya salió otra cosa fuera de lo que habíamos planeado. Cuando estudié en la Academia de San Carlos ahí probé eso: hicimos un boceto y quedó perfecto, bien hecho, pero cuando empecé a hacerlo en la escultura ya me dio flojera porque me estaba copiando yo mismo. Toda la energía se la puse al boceto. Cuando te vuelves rígido ahí es lo que ya no me gusta, tienes una línea que seguir.
A: ¿Qué papel tienen las máscaras en la memoria de las comunidades y en particular en la región de Santiago Juxtlahuaca, donde usted nació?
AVG: Para mí, la máscara es algo mágico, no solo en Juxtlahuaca, sino en todos lados. Yo tuve una experiencia con una jovencita que bailaba en nuestro grupo, las marialencha les decimos a las mujeres que bailan la Danza de los Rubios y ocupan una máscara de mujer. Yo llego con ella, una jovencita que a lo mejor peleó con el novio o quién sabe; estaba llorando y le digo: “Vámonos, ya nos tenemos que ir a bailar”. Agarro la máscara, se la pongo y la máscara está sonriendo. ¿Te imaginas?, ella con sus lagrimitas de que está llorando, le pongo la máscara y ya está sonriendo. A lo mejor por dentro seguía llorando, pero la volteo a ver y estaba riendo. Eso es una magia que te trae la máscara, llega un momento en que te sientes oculto: cuando no tienes máscara, quieres hacer muchas cosas y te da pena, pero te pones la máscara y te ocultas detrás de algo, sientes que estás protegido y haces todo, pero sin máscara ya te da pena.
A: ¿Por eso son tan importantes en fiestas y carnavales?
AVG: Sí, porque al ponerte una máscara tú sientes que ya eres otro. Cuando te pones una, hasta caminas diferente, ya no caminas así normal, te sientes más y si te pones una máscara de diablo te sientes que eres el diablo, claro en el personaje [del baile].

A: ¿Las máscaras están relacionadas con las creencias, la historia y las tradiciones de las comunidades, sobre todo en los pueblos originarios?
AVG: Sí, lo que yo hago sí, porque la Danza de los Diablos es una danza que está muy relacionada con la evangelización, es un complemento de otra danza que se llama de Chareos o de Moros y Cristianos, que se baila en todo el país, nada más que en Juxtlahuaca se baila en honor a Santiago Apóstol, que es el personaje principal. En una de las batallas están peleando la túnica sagrada de Jesucristo y el moro capitán prefiere morir en la batalla. Hay otros moros que piden el indulto y el indulto consiste en que los pasan al cristianismo. Pero este moro, el capitán Selín, dice: “Mahoma, ¿por qué me has abandonado? Yo a tu espada no la dejé, aunque me lleven los diablos”, y en eso entran los diablos por él y lo sacan del ruedo donde están bailando, así que se los llevan al infierno. Los diablos empiezan a bailar en la tarde de gusto porque se los llevaron. Siendo un complemento de otra danza, empezó a crecer y a crecer. Ahora ya la Danza de los Diablos se baila sin necesidad de que haya Chareos, se baila libremente donde sea.
A: La figura del diablo es un elemento central en sus máscaras. ¿Qué es lo que representa para usted?
AVG: Para mí el diablo representa la libertad, no porque nosotros creamos en él ni nada de eso, es la libertad de expresión. Yo tuve una experiencia en mi primera exposición, en 2003: llega un periodista en la inauguración, yo estaba con mi esposa y mi familia. Él llega y dice: “Ese no es el diablo, así no es el diablo original”. Era mi primera exposición, me puse nervioso y empecé a sudar. Yo le decía “no, pero mira”. Y él, “no, no, ese no es el diablo original. El diablo original es el de Michoacán”. Yo le decía este es el diablo de Santiago Juxtlahuaca, porque así lo bailan. Y él seguía que no, que estos no son los diablos originales. Entonces me empecé a enojar y en un momento le dije: “¿Tú conoces al diablo? No, pues yo tampoco lo conozco”. De ahí surgió una frase que hice y la ponemos en las exposiciones, dice: “Si tú conoces al diablo, dime cómo es”.
Eso se volvió una libertad para mí desde ese entonces, porque yo lo puedo hacer al diablo como se me antoje y hasta la fecha nadie me puede corregir o decir que estoy mal. Si alguien me quiere corregir, que me diga primero cómo es. El diablo es una forma de expresión artística tomando como referencia la danza tradicional de mi pueblo, que es Santiago Juxtlahuaca.
A: Este diablo siempre tiene un componente festivo, ¿no es como la figura religiosa de la tradición cristiana?
AVG: No, porque este diablo, según la trama de la Danza de los Chareos, los diablos bailaron de gusto de que se llevaron a los moros. En Juxtlahuaca se empezaron a confundir porque los diablos empezaron a bailar en línea, formaditos. Nosotros bailamos en bola y como caiga. Decían es que para que se vea mejor que se formen, pero¿en dónde está lo formadito, lo lineal, lo educado? Pues eso está en el cielo, con el diablo se supone que están los más cabrones, es el desorden, el desmadre. Entonces, ¿cómo vas a representar un diablo formal?
A: Usted ha defendido el valor artístico de las máscaras de diablos, ¿considera que los maestros mascareros reciben el reconocimiento que merecen como artistas?

AVG: Dicen que cada quien tiene lo que quiere. A mí no me molesta que me digan artesano, porque esa es la apreciación que tienen de nosotros. Yo siempre he dicho que no somos artesanos, somos artistas, porque todos estamos haciendo obras, arte. Ser artesano, yo por lo que sé, es el que hace cosas en serie. Nosotros todo el tiempo estamos creando. Cualquiera que haga cosas con sus manos es un artista.
A: En alguna entrevista comentaba que cada máscara rinde un homenaje a un árbol que nació y murió en la comunidad, pero que vuelve a vivir convertido en un personaje a partir de la máscara. ¿Qué piensa de esa transformación?
AVG: Es algo muy interesante. Yo le tengo mucho respeto a la madera. Ahí en mi casa se guardan todos los pedacitos, hasta los más chiquitos, porque para algo van a servir. Ya cuando de veras el pedazo no sirve, se va para la leña. Pero todo lo vamos guardando, porque si no es para esto, pues sirve para lo otro. Alguna vez fue parte de la vida todo lo que es la madera. Si nosotros no respetamos, ¿cómo vamos a obtener después más material?
A: Además de tallar máscaras, usted también es músico tradicional y ha participado en la Danza de los Diablos. ¿Cómo se relacionan la música y la danza con las máscaras?
AVG: Una de mis grandes pasiones es la música. Todo el tiempo estoy escuchando música, llegan a hacerme entrevistas o algo y se asombran de que todavía tengo mis casetes de cuando iba yo a la escuela y está mi aparato donde los reproduzco. Para empezar, la primera gira que hice por Estados Unidos la hice con la música, no la hice con las máscaras.
Yo bailé 22 años la Danza de los Rubios, por eso me metí mucho en la música tradicional del violín. Estudié en la Escuela Nacional de Música Mexicana un año y medio. Ya no le pude seguir porque me dio una parálisis facial, era mucho el estrés, estaba yo en tres carreras al mismo tiempo: escultura, electrónica y la escuela de música. Todo el tiempo estaba así hasta que me dio una parálisis. Entonces dejé de tocar trompeta, porque yo era trompetista, y empecé a buscar el violín.
Ahora hicimos una orquesta y yo hago los arreglos para motivar a los jóvenes para que no se perdiera la música tradicional. Hicimos la banda de Santiago Apóstol en 2005 y por medio de la banda hemos tratado de que se recupere la música que se andaba perdiendo.
A: En 2014 fue invitado al Vaticano, a dónde llevó su trabajo para un nacimiento navideño, ¿cómo se dio invitación?
AVG: Esa historia del Vaticano fue muy importante para nosotros, no fue nada que hubiéramos planeado, pues quién iba a pensar que yo haciendo máscaras de diablo iba a estar allá. Un día me hablan del gobierno de Oaxaca, yo estoy en el libro de los 80 grandes maestros de Oaxaca, me hablan y me dicen: ‘¿sabe qué, maestro? a los que están en el libro les pedimos una muestra de un nacimiento, usted lo que quiera’, dijo. Entonces, estuvo el que lo hizo de lata, el que lo hizo de barro negro y todos llevaron su muestra. Yo llevé la cabeza de San José. Después me dijeron: “Maestro, pues usted quedó seleccionado, va a haber un evento, queremos que haga un santo completo”. Después, me dicen: “A Oaxaca le toca llevar el nacimiento de este año al Vaticano. Oaxaca tiene que hacer una obra, la vamos a proponer nosotros, pero ya no entramos a decidir, gente del Vaticano es la que va a decidir”. Nosotros le pusimos el esmero y lo mejor que pudimos. Luego de eso nos avisan y dicen: “Maestro, usted quedó seleccionado para hacer nacimientos”. Me puse bien contento. Pidieron otro nacimiento para el Vaticano, pero el mío iba a estar en la sala de audiencias del Papa y el otro lo querían para la entrada del Museo del Vaticano. A mí me dijeron: “Usted encárguese de este que es el principal”.
Pude saludar al Papa Francisco, nos dieron tres minutos para estar con él, platicamos y le dio la bendición a las figuritas que llevé y todo muy bien. Le dio la bendición a todos los artesanos de mi pueblo.
A: Ha elaborado más de cuatro mil máscaras desde que comenzó con su trabajo, ¿qué diferencias hay entre las máscaras que hacía al comienzo y las que crea actualmente?
AVG: Más que nada es el estilo. Mi esposa se da cuenta de eso, me dice: “Ya estás cambiando tu estilo, te están saliendo más grandes, más gorditas”. Todo tiene una época.
Fíjate que ahorita lo que hacemos nosotros es como una pelotita que la pones de bajada y se va ta-ta-ta-ta y llega a donde ya está planito. Así lo siento ahora y antes no era así, porque era una pelotita que iba al revés, empezaba en lo más fácil y para llegar al final costaba mucho porque en mis inicios me tardaba yo seis o siete meses haciendo una máscara. ¿Y por qué? Pues porque no sabía qué se le tenía que echar, dónde, cómo, la empezaba diferente.
Ahorita ya fijamos una técnica e hicimos nuestros propios trazos. Ya no sufrimos de eso, porque ahora lo que hacemos es crear y entre más cómodo sea lo que creas, pues te sientes mejor. Yo valoro mucho las máscaras que hice al principio porque sé lo que sufrí para hacerlas.






