Astrolabio

Antonio González Vázquez

Los aguaceros que azotaron la capital y su zona metropolitana durante los últimos días, confirman su vulnerabilidad: calles y avenidas como ríos, puentes convertidos en estanques y colonias anegadas por doquier.

Imaginemos el panorama cuando los empresarios inmobiliarios destruyan la Cañada del Lobo y empiecen a construir en la Sierra de San Miguelito. 

A no dudarlo, será desolador.

Año tras año, el ciclo de lluvias deja un desastre, no por el volumen de las tormentas, sino porque no existe la infraestructura hidráulica suficiente; basta una lluvia torrencial para inundar la ciudad.

Y así, cada año, terminamos por voltear a ver a la Sierra de San Miguelito para agradecer su presencia. Su tierra absorbe millones de metros cúbicos de agua para ir a los mantos freáticos y no a las calles.

La Sierra cumple una tarea invaluable que le dio la naturaleza.

Con todo y que esa zona es un gigantesco receptáculo del agua de lluvia, cuando vienen las tormentas, los capitalinos caemos en crisis porque vemos un San Luis bajo el agua.

La secretaria del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), María Luisa Albores, tendría que saberlo para entender muchas de las razones por las cuales no uno, sino muchos potosinos están en contra del proyecto inmobiliario en La Cañada del Lobo.

El sábado por la tarde cayó la lluvia con intensidad en buena parte de la capital; atestiguamos lo mismo que en múltiples ocasiones: caos vial, drenaje público colapsado, puentes anegados y bulevares transformados en arroyos de torrentes encabritados.

Miles y miles de automovilistas varados, se requirió de horas para llegar a un destino; peatones caminando entre agua y lodo, viviendas afectadas y calles destruidas. Como años atrás, de las alcantarillas en calles y avenidas, surgían impetuosas las aguas pútridas que buscaban salida de una red de drenaje tan caduca como insuficiente.

El caos sabatino es similar al de muchos años.

Los funcionarios de la Semarnat y de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp), que el 4 de junio pasado decidieron excluir mil 805 hectáreas de la Declaratoria de Área Natural Protegida (ANP) de la Sierra de San Miguelito, deberían estar enterados de la catástrofe que dejan las lluvias en la zona metropolitana.

Y si no lo saben, sería bueno que un día de éstos en pleno torrencial, realicen un recorrido por la ciudad a ver qué piensan, igual y se ven atrapados en una fila de automovilistas que por kilómetros, ven pasar las horas antes de encontrar salida.

O bien, qué tal si se quedan varados en el bulevar Santiago y desesperados, esperan su rescate.

No estaría mal que quienes redactaron el hoy conocido “oficio de la traición” se las vean con un San Luis bajo el agua.

¿Qué más debemos ver y sufrir antes de permitir que se levante y extienda un solo metro de concreto en la Sierra?

A mitad de la semana anterior, tomé un autobús de la Ruta 3 para ir de Soledad de Graciano Sánchez a la zona universitaria. El trayecto, por lo general es de 35 a 40 minutos; el martes, el traslado fue de una hora y diez minutos.

Para empezar, en la colonia San Felipe había un caos provocado por automovilistas, que ante el cierre del Puente Naranja y del bulevar Río Santiago, buscaban salida para tomar camino hacia la colonia Guanos y la Tercera Chica y de ese modo, ingresar a la capital.

Luego, para salir de San Felipe en dirección al Acceso Norte por la antigua carretera a Soledad, había una fila de vehículos dos cuadras. El operador, desesperado, invadió carril para acercarse y después prácticamente lanzó la unidad para salir poco a poco del estanco.

Tomó Acceso Norte a toda velocidad y al llegar al Puente Naranja estaba inundado, solo podían cruzar las unidades grandes. Siguió su camino y tomó la avenida 20 de Noviembre para encontrarse con otra larguísima fila para acceder a la calle de Reforma; el conductor maniobró, dio la vuelta y regresó de donde venía y decidió desviar la ruta, así que tomó rumbo al Eje Vial y después retomó el trayecto original en Pedro Montoya.

Con la unidad atestada de pasajeros desesperados y algunos de ellos empapados, se topó con otro embotellamiento en la avenida Nereo Rodríguez Barragán, que en varias partes tiene solo un carril disponible porque el ayuntamiento realiza obras de bacheo inconclusas.

Llegué a la parada del Hospital Central, tres cuartos de hora más tarde de lo habitual, pero los pasajeros que iban hasta la Plaza San Luis, aún no terminaba el frustrado inicio de un día de trabajo.

En el trayecto, pude leer 46 páginas del libro “El asesino que hay en mí” de Jim Thompson, maestro de la literatura “Noir”

Imaginemos entonces cómo será cuando el proyecto residencial de la Cañada del Lobo sea una realidad.

No parece justo que miles y miles de ciudadanos estemos a expensas de los intereses de unos cuantos. Esto no lo ha calibrado con justicia la señora María Luisa Albores. A los empresarios depredadores, ya sabemos, les tiene sin cuidado que San Luis esté bajo las aguas.

El gobierno de Juan Manuel Carreras López, se niega a hacerse cargo del riesgo de ese proyecto, sabe de sus consecuencias a futuro, pero inexplicable y cínicamente, se deslinda.

Y si en la ciudad la lluvia deja un desastre, en Soledad y sus comunidades siempre ha sido peor, sino que lo digan los habitantes de comunidades como Rivera o La Tinaja, mismas que se transforman en auténticos pantanos de aguas turbias.

No hay duda, es deber de todos Salvar la Sierra de San Miguelito. En la plaza pública, Andrés Manuel López Obrador preguntó a la gente si aprobaban que la Sierra fuera intervenida por los empresario; la gente, a mano alzada, dijo que no. El mandatario, refrendó su postura y afirmó que la Sierra no se tocaría.

López Obrador ya debería pronunciarse.