Somalia Military Strike

España.- Primero destruyeron la fábrica de Coca-Cola y censuraron las bebidas ‘americanas’. Luego derrumbaron las mezquitas sufíes, arrasaron la catedral católica, profanaron el cadáver del obispo y le sacaron los dientes de oro, prohibieron el deporte, asesinaron a los periodistas y silenciaron la radio.

Era Mogadiscio en 2007, el ‘año cero’ de Al Shabab. Y a pesar de todo eso muchos jóvenes en Somalia se unieron a ellos. “Esta es una ciudad sin ley. Preferimos la Sharia de Al Shabab a la ausencia de autoridad“, decían. Aún entonces se podía entrevistar a sus líderes, que odiaban ya todo lo occidental aunque ellos mismos vistieran vaqueros Levi’s y calzaran unas Nike.

Después llegaron las lapidaciones en el estadio nacional a mujeres por mirar a otros hombres, las grandes ejecuciones sumarias a hombres por ver el fútbol o escuchar música, los ‘nanoburkas’ de colores como condena de por vida para las niñas, la prohibición total de que la piel de un hombre pudiera rozar la de una mujer, a no ser que fuera su marido. Pero el veneno ya estaba sembrado y Al Shabab reclutaba en sus mezquitas cada vez más adolescentes para hacer su yihad.

Hoy, esa recluta se hace también en Kenia, donde la organización, con más de 5.000 miembros, ya está enraizada.

Puede que hayan perdido sus grandes ingresos por secuestros, por el final de la piratería o por la pérdida del mercado de Bakara en Mogadiscio, donde cobraban impuestos a los vendedores, pero siguen llegando fondos. ¿De dónde? Según una investigación realizada por el foro ‘Elephant Action League’ (EAL) bajo el título ‘El oro blanco de la yihad’, el 40% de los fondos de Al Shabab provienen de la caza furtiva y el tráfico de marfil desde el noroeste de Kenia hasta los puertos que aún controla en la costa del Índico. Desde allí, los cuernos de elefante viajan, hacia China, Corea y Japón, sus mercados preferentes.

Después de la masacre de la Universidad de Garissa, el pasado mes de abril, sus habitantes observaban los cuerpos de los cuatro terroristas que yacían desnudos y ensangrentados, unos encima de otros, en la parte trasera de una pickup que avanzó por la calle principal. La exhibición de los cuerpos se convirtió en una advertencia que venía a decir: “Mirad lo que les sucede a los terroristas”.

Uno de esos cuerpos pertenecía a Abdirahman Mohammed Abdullahi, un chaval que había estudiado derecho en la Universidad de Nairobi. “Era una buena persona”, asegura Hassan, un amigo del yihadista fallecido. Era una buena persona que tuvo la sangre fría de torturar a sus víctimas antes de asesinarlas en un ataque en el que murieron 148 estudiantes. Hassan no se explica cómo su amigo pudo cometer esa barbaridad. “Es inexplicable”, repite una y otra vez.

El caso de Hassan no es el único. Jóvenes sociables y con futuro que acaban seducidos por Al Shabab y su versión retorcida del Islám. ¿Cómo es posible? “Abdirahman aspiraba a la excelencia”, dice Hassan. “Los líderes de Al Shabab le prometieron que la alcanzaría luchando por su pueblo, por su religión, por sus raíces. En Al Shabab saben bien quién es vulnerable y se fijan en personas como Abdirahman, gente que sigue las reglas, que acude a la mezquita regularmente, que están preocupadas por las injusticias del mundo”, explica Hassan. “Muchos de nosotros hemos pasado por momentos de debilidad donde sólo encuentras apoyo en la religión. Si ellos te ofrecen la oportunidad de luchar por una causa que consideras justa, entonces estás dentro. Es así de fácil”.

Una de las fórmulas más utilizadas para radicalizar a los jóvenes es crear un enemigo, “el otro” contra el que luchar, la amenaza de su identidad. “A los somalíes nos suelen decir que se nos trata de forma injusta, que la policía viola a nuestras mujeres, que tenemos la obligación de defender a Alá“, dice Hassan.

Abdirahman desapareció en Somalia hace 11 meses, y no se supo nada de él hasta que volvió convertido en un terrorista en Garissa. Esos meses de aislamiento son imprescindibles para entender el lavado de cerebro en compañía de imames radicales.

Más allá de la ideología yihadista, también existen las razones económicas. Con atentados como el de Westgate (Nairobi), Mandera o el de Garissa, Al Shabab crea un círculo vicioso que les beneficia: cuántos más ataques, menos turistas. Cuántos menos turistas, más paro y desesperación en los jóvenes. Cuanta más desesperación, más gente dispuesta a hacerse terrorista. Llegados a este punto, sólo hace falta mejorar el sueldo: un miembro de Al Shabab cobra 300 dólares al mes más manutención y una ración diaria de khat, la droga somalí, similar a la hoja de coca. Un soldado de las fuerzas armadas de Kenia apenas alcanza los 200.

Hussein, un abogado experto en terrorismo que se encontraba en Garissa durante el ataque, asegura que “cuando se habla de un fundamentalismo religioso también hay que hacerlo de un fundamentalismo económico y político. El terrorismo que se apoya en la religión, en este caso en el Islám, ofrece a sus miembros una categoría privilegiada”, apunta Hussein. Para los jóvenes miembros de Al Shabab, los cuatro asesinos que mataron a 148 personas no son sólo mártires, sino un ejemplo a seguir.

Garissa es una ciudad de mayoría somalí, como lo son también Mandera y Wajir, donde la diáspora de los que huyen de la guerra y la hambruna se mezcla con los que se infiltran. Al Shabab tiene el control sobre estas ciudades. El gobierno trata de recuperarlo con redadas masivas e indiscriminadas, lo que tampoco contribuye a pacificar el ambiente. “Lo que persigue Al Shabab es una colonización completa, una imposición de la verdad, de su yihad“, dice Hussein.

En Somalia, un estado fallido desde el inicio de su guerra civil en los años 90, hay desplegadas cientos de organizaciones humanitarias cuya base se encuentra en Kenia por motivos de seguridad. “Algunas de ellas pagan su tributo mensual a Al Shabab para dejarlas trabajar en sus campos de refugiados“, reconoce a ELMUNDO una fuente humanitaria británica desde Somalia. Lo mismo hacen los grandes comercios de la capital y los bancos. Nairobi es hoy uno de los puntos calientes de su economía. Hasta 13 oficinas de cambio y envío de dinero en Nairobi, de dueños somalíes, formaban parte de su fuente de ingresos.

“Hay miembros del gobierno de Nairobi colaborando con Al Shabab. Y Kenia está beneficiándose de ello”, explica Faruk, un conocido hombre de negocios somalí. “No hay que olvidar que también Al Shabab paga a la policía de Kenia, por ejemplo, para que no haga redadas en ciertas mezquitas. Estamos hablando de mucho dinero, de muchos intereses que hacen que la pérdida de 148 vidas merezcan la pena”. El gobierno ha cancelado hasta la fecha 86 cuentas que, supuestamente, financiaban a la organización.

Los medios de comunicación juegan también un papel importante como medio propagandístico del acto terrorista. El nombre de Al Shabab ha estado estos días presente en cada casa del país, la inseguridad reina en ciertas zonas de Nairobi, donde la comunidad somalí es mayoría. “Tenemos miedo a las represalias”, cuenta Maimuna. “Hay un fuerte rechazo hacia nosotros”. Es este sentimiento de injusticia contra los musulmanes lo que Al Shabab utilizará para reclutar a nuevos jóvenes, su nuevo círculo vicioso para conseguir carne para la picadora.

El Mundo

 

 

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