Astrolabio

Esto está completamente mal,
yo no debería estar aquí.
-Greta Thunberg

Alejandro Hernández J.

Nuestro país, nuestro mundo, van mal. Muy mal. Por doquier, las disputas crecen. Ir en contra a toda costa es lo de hoy. Es la guerra campal entre varios expresidentes, funcionarios en el poder y periodistas. Nuestro presidente constitucional es, según quien opine, un gran demócrata o un dictador. Durante los festejos patrios se afirma a la vez que la patria no existe y que la patria vive como nunca. De hecho, ya ni siquiera la tierra sería redonda y se ha creado una “sociedad internacional de la tierra plana”. Para colmo, los insultos suben de tono: ciertos grupos provida, por dar un ejemplo, llaman asesinas a quienes denominan “aborteras” (sic.)—mujeres activistas por la interrupción legal del embarazo—, y algunos grupos defensores de la despenalización del aborto llaman a su vez asesinos a los “mochos” del movimiento provida. ¿Qué hay detrás de tantos conflictos? ¿Acaso no hay cosas más urgentes que seguir intercambiando insultos para defender ideas? ¿Debemos tolerar cualquier idea? Es posible que encontremos algunas pistas de respuesta para nuestras interrogantes si observamos de cerca el fascinante mundo de las ideologías.

En un ensayo del año 1952, el matemático y filósofo británico Bertrand Russel creó una peculiar analogía para criticar los dogmatismos: se afirma que entre la tierra y marte orbita una tetera de cerámica tan pequeña que nunca podría ser vista, aún con la ayuda del telescopio más potente. Pronto aparecen los “teístas”, quienes creen en la existencia de la tetera debido a que nadie puede demostrar que el predicado es falso; los “ateístas”, quienes creen en la inexistencia de la tetera debido a que nadie puede demostrar que el predicado es verdadero, y los escépticos, quienes creen que ambas posturas precedentes son inestables.

Desde luego, la analogía de Russel tiene un aire sensacionalista y ha sido criticada duramente, entre otras cosas, por haber tomado un objeto improbable como ejemplo.  Sin embargo, esta pequeña historia nos permite realizar algunas observaciones útiles. De los “teístas”, los “ateístas” o los escépticos, ¿quiénes tienen la razón? Si cualquier población hipotética se dividiera entre estos tres grupos de creyentes, la respuesta dependería en gran medida del grupo al que se pertenece. Según Russel, en general estamos convencidos de que las creencias irracionales son aquellas que no son las nuestras. Esto es fácilmente comprobable en lo que a religión se refiere. Por ejemplo, mientras un católico convencido no dudaría en sostener que la evolución es “un cuento chino para gente mundana”, un empirista radical igual de convencido de su postura podría llegar a afirmar que “la Biblia es un libro de cuentos para gente crédula”. En realidad, el gran peligro de llevar una ideología al extremo, cualquiera que sea, es el surgimiento de guerras intestinas entre los grupos de creyentes. Cuando esto sucede, las ideologías pierden su propósito antropológico de ser.

¿Desde cuándo y para qué existen las creencias? El humano comenzó una carrera sin marcha atrás en su evolución cuando, hace alrededor de 70,000 años, su lenguaje se desarrolló de una manera sin precedentes. Por primera vez en nuestro universo conocido apareció un sistema semiótico que, a partir de un número limitado de sonidos, permite la producción de un número ilimitado de enunciados. Tal es la capacidad creativa de nuestro lenguaje que no solo sirve para recoger y transmitir información del mundo real, sino que permite crear narraciones complejísimas sobre cosas que no necesariamente existen en el mundo físico. En pocas palabras, las leyendas, los mitos y los dioses aparecen con la “revolución cognitiva” que representa el surgimiento del lenguaje humano tal y como lo conocemos.

En su libro “De humanos a dioses: una breve historia de la humanidad”, el historiador israelita Yuval Harari hace una ilustración muy acertada de la capacidad del lenguaje humano para generar ficciones. Mientras que muchos animales son capaces de comunicarse entre ellos para exclamar algo que podríamos traducir como: “Cuidado, hay leones”, solo el hombre puede decir a sus congéneres: “El león es el espíritu protector de nuestra tribu”. -“¿Qué no sería una pérdida de tiempo para el Homo sapiens crear leyendas sobre unicornios en lugar de ocupar su tiempo en cazar, luchar o reproducirse?, ¿qué no se pondría en peligro nuestra existencia al llenarnos la cabeza con cuentos?” -se pregunta Harari.

De hecho, prosigue nuestro autor, con el lenguaje ficticio no solo podemos representarnos cosas que no existen en el mundo físico, sino que podemos, ante todo, representárnoslas conjuntamente. Todas las especies en la tierra pierden la capacidad de trabajar de manera conjunta cuando los grupos son demasiado grandes. ¿Cómo logramos los Homo sapiens conformar países y Estados con decenas o cientos de millones de personas?  Gracias a los mitos. Un gran número de personas completamente desconocidas pueden trabajar de manera efectiva cuando creen en un mito compartido. Sin embargo, nunca está de más no perder de vista que los mitos son realidades construidas. “Los dioses, las naciones, el dinero, los derechos humanos y las leyes no existen por sí mismos, sino que existen únicamente en nuestro mundo de representaciones colectivas”-afirma tajantemente Harari.

Aterricemos nuestras reflexiones hasta aquí expuestas para intentar realizar, entre otras cosas, un análisis de la polarización que se vive actualmente en nuestro país. Tomemos tres ejemplos próximos. En primer lugar, ¿son los festejos del 16 de septiembre una narración? Desde luego que sí. ¿Es por lo tanto legítimo afirmar a toda costa que “la Patria no existe”? Reconocer la maquinaria cognitiva y el funcionamiento detrás de los mitos es una cosa; hacer de la deconstrucción una ideología, creer en la no-existencia de la Patria, es otra. Al final del día, creer en la existencia o en la no-existencia de la patria son manifestaciones del mismo mecanismo. La pregunta decisiva no sería cuál de las creencias es correcta, sino cuál aporta más al trabajo en conjunto, y, desde luego, al bien común.

En segundo lugar, una pregunta parece dividir al país actualmente. ¿Es el mandato de Andrés Manuel López Obrador la solución que nuestro país necesita o es el primer mandatario un peligro para México? De nuevo, criticar a capa y espada a quienes no comparten nuestras convicciones sería una manifestación de la pérdida de nuestra capacidad para trabajar en conjunto. En estos casos, lo saludable sería reconocer la función de las narrativas para encontrar nuevas áreas de diálogo. Ahora bien, creer que es posible establecer puentes de diálogo por el solo uso de Twitter o Facebook es, como pronto veremos, peligroso. Además, ¿quién puede creer que lanzar insultos es la mejor manera de hacer cambiar la postura ideológica de alguien más? 

Finalmente, retomemos el caso de la piloto Ximena García. Hay quienes creen que su mensaje no fue una amenaza y otros quienes creen que sí lo fue.  En la marea del debate estéril nos cegamos ante la oportunidad de poder trabajar en conjunto por reconocer los profundos desafíos éticos que acompañan el uso de las redes sociales (aunque cabe preguntarse si alguna vez nos han enseñado a dialogar…). Desde luego, utilizar nuestras cuentas de Twitter o Facebook como trincheras es muy cómodo, pero semejante a comprar café biológico pensado que nuestra acción tendrá una verdadera repercusión positiva en el cuidado del medio ambiente. En efecto, en la opinión del filósofo eslovaco Slavoj Žižek, al comprar este tipo de productos creemos que podemos tener la consciencia tranquila por el simple hecho de estar a favor de la protección ecológica y en contra del cambio climático. En pocas palabras, lo decisivo en este tipo de acto es justamente aquello que la compra nos ayuda a no tener que hacer: salir de casa y comprometernos, de verdad, con la verdad.  

Más allá de las ideologías, hay una certeza: nuestras civilizaciones están en grave riesgo (por más que Donald Trump y la actriz Paty Navidad crean en la no-existencia del cambio climático). Es necesario que una joven sueca de 16 años, Greta Thunberg, nos recuerde la esterilidad de nuestras palabras vacías, particularmente las de los dirigentes mundiales:

La gente está sufriendo, la gente está muriendo y ecosistemas enteros están colapsando. Estamos al inicio de una extinción masiva, y ustedes solo saben hablar de dinero y de cuentos de hadas sobre crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?

Mientras todos y cada uno de nosotros seguimos atreviéndonos a creer en quién sabe qué cosas, López Obrador es un héroe para unos y es un monstruo para otros; Vicente Fox afirma que ha llegado el momento de “darle en la madre a la 4T”, por lo que miles le mientan la madre por Twitter y luego el expresidente responde llamándoles “perrada”, “burros” y “chairos”; el presidente López Obrador llama “comandante Borolas” a Felipe Calderón, quien a su vez no desaprovecha ninguna ocasión para hacer provocaciones, por lo que recibe su dosis proporcional de ataques. De hecho, ya comenzaron las disputas llenas de insultos sobre si Greta Thunberg tiene razón en manifestarse o no; como ya ni la tierra es redonda, ¡ya podemos dudar de todo!

Puede ser que lo mejor consista en alejarse de todo ese apabullante ruido, olvidar tanto los debates estériles como la verdadera crítica; dedicarse al amor y a la colección de aquellos bonitos instantes que nos brinda la vida. Esto lo han entendido perfectamente Enrique Peña Nieto y su novia potosina, quienes han optado por disfrazarse e ir a comer en un apacible restaurante asiático. Después de todo, ¿no se dice incluso que comer con palillos ayudaría a desarrollar la plena consciencia? Tal vez la pareja también pidió un café biológico para acompañar el postre.

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