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Por: Diana López.

¿Te imaginas la “vertiginosa” velocidad de ir a 35 km/h? Pues para quienes vivieron a principios de 1900 esta noticia fue algo que retumbó en los oídos incrédulos de muchas personas.

Apenas hacía unos instantes que un escritor del diario News Tribune había dado su primer paseo en la nueva maravilla mecánica cuando redactó en el medio:

“Ahora, por fin, se oye en las calles de Detroit el murmullo de la más novedosa y perfecta fuente de poder, el automóvil, que corre a la vertiginosa velocidad de 35 km/h”.

En ese entonces, éste era un invento del que sólo podían disponer los adinerados. A pesar de esto, la nación ya sufría una fiebre automovilística; apenas habían transcurrido siete años desde que el primer prototipo, de origen estadounidense, el Duryea, de un cilindro, saliera ruidosamente de un taller de bicicletas en Springfield. Más de 40 compañías fabricaban carruajes que no eran impulsados por caballos, y unas 8 mil personas ya poseían con orgullo su primer automóvil.

La emoción y el asombro llenaban la vida de aquellos afortunados que no sabían ni cómo llamarlos: autobat, víamoto, mocle, motovela, son sólo algunos de los nombres que desfilaron por la larga lista de nombres que ahorita podrían sonar sin sentido y hasta provocar risa.

Muchos de estos vehículos parecían triciclos, carrozas o coches sin caballos; su manubrio era parecido al timón de un barco y la velocidad rara vez llegaba a los 45 km/h.

Aun así (y ya en esos tiempos), la novedosa máquina comenzaba a aterrorizar a los transeúntes. Se tiene registro de que T.H Shevlin, propietario de un auto en Minneapolis, recibió una de las primeras multas por conducir a exceso de velocidad: 10 dólares por desplazarse a 16 kilómetros por hora, ya que “pudo haberse roto el cuello”. En 1902 se aprobó una ley en Vermont que obligaba a los conductores a circular precedidos por un ayudante que ondeara una bandera roja (Otro trabajo).

Poco a poco, el diseño de los motores mejoraba y los choferes poseían más control sobre el vehículo, por lo tanto, las restricciones cedieron. Pero esto no impidió que los fabricantes siguieran probando con nuevos sistemas de energía; al principio, eran impulsados por electricidad, como los Baker o los Wood: eran de encendido fácil, se manejaban con suavidad y no arrojaban humo, como los de gasolina. Eran más lentos, pero más seguros.

Ahora que si lo que el conductor deseaba era desafiar los límites de la velocidad, el indicado era un modelo que funcionaba a base de vapor, pero esos sí eran “juguetes de ricos”. Pero cualquier tipo de auto implicaba un desembolso considerable (Nada alejado de la realidad de nuestros días); los millonarios pagaban arriba de 4.000 dólares por un Pierce Arrow o un Panhard –normalmente, el apellido del fabricante- provisto de adornos en bronce y asientos forrados de cuero curtido. En 1900, el precio promedio de un auto rebasaba los 1000 dólares, una cantidad demasiado elevada para una familia estadounidense.

Muy pronto, Detroit se convirtió en la ciudad de las ventas automovilísticas y atrajo a otros fabricantes. De Ohio llegó la Packard Motor Company; David Buick, un magnate local dedicado a la plomería también se interesó por producir autos; los hermanos Dodge ya fabricaban refacciones, accesorios y partes para autos. Y W.C Durant, un fabricante de carruajes lanzó al mundo en 1908 el primer conjunto productor de autos: la General Motors Corporation.

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Con todos estos datos, seguramente pensarás que para la primera década de 1900 el automóvil ya era un invento que se daba en producción masiva, pero como te comentamos antes, muy pocos podían pagar estos lujos. El auténtico pionero que transformó el móvil de novedad pasajera y lujo a una necesidad en la vida moderna, fue Henry Ford.

Hijo de un agricultor, en 1896 creó su primer auto: un cuadriciclo con motor de gasolina y sin frenos. A este modelo siguieron muchos, cada uno nombrado con una letra del alfabeto. Para 1907, Ford ya había llegado a la letra “T” y aseguró que sería un automóvil de motor a un precio tan accesible que cualquier sujeto con buen salario podría comprarlo.

Pero el modelo “T” llegó a más que eso. Era resistente y transitaba por ásperos y sucios terrenos a velocidad de hasta 50 km/h; sus reparaciones eran sencillas y lo mejor era que el precio bajaba cada año. Sin embargo, era bastante incómodos, se cimbraban, tiraban aceite y las burlas pronto comenzaron a circular entre la población: “¿Qué amortiguadores para los golpes utiliza tu Ford?” “Los pasajeros”…

A pesar de esto, todos adoraban este modelo, que consideraban que “había levantado del lodo al género humano”. Su demanda se incrementó tanto, que Ford tuvo que maniobrar con el proceso de producción. En 1914, comenzó a funcionar la primera línea de ensamblado de automotores en el mundo. Al ser adoptada por otros fabricantes, la producción mediante línea de ensamblado revolucionó la industria estadounidense. La segunda innovación obtuvo tantos alcances revolucionarios, que Ford llegó a pagar la insólita cantidad de 5 dólares diarios a sus empleados, iniciando el plan de compartir las ganancias…

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Y de ahí pa’l real… Marcas y fabricantes hubieron muchas y revolucionaron a su manera el diseño alrededor del mundo. Mitsubishi tuvo un fabricante que lo era de barcos en un principio, Fiat, la línea italiana, creaba modelos pequeños que se adaptaran a las calles de Turín, lugar que la vio nacer… Y así nos podemos ir con el resto de marcas que fueron perfeccionando sus diseños y definiendo la esencia de cada uno de sus modelos…

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