Alejandro Hernández J.

El debate público se disfruta mejor con azúcar

El siguiente comportamiento se ha observado muchas veces. Una gansa está incubando. Uno de sus huevos cae del nido y, justo al lado, se encuentra una pelota de tenis. A su juicio, amable lector, ¿qué hará el ave?

Aunque nos sorprenda, la oca pondrá tanto el huevo como la pelota a en el nido; de hecho, algunas veces prefiere la pelota y termina olvidando el huevo (Nesse y Williams, 1994). ¿La razón? La pelota tiene más forma de huevo que el huevo mismo —o al menos así lo interpreta la gansa—.

Cuando nosotros, humanos, preferimos un pedazo de tarta de manzana que una simple rebanada de manzana, nos encontramos frente al mismo fenómeno: una tendencia biológica a favorecer los “sobreestímulos”.

Existen razones evolutivas que explican nuestra preferencia por las tartas de manzana llenas de azúcares añadidos. En la edad de piedra, el Homo sapiens pasaba horas, días y hasta semanas pescando, cazando o recolectando. Cuando por fin encontraba una buena comida, sus necesidades dietéticas de azúcar, grasa y sal eran, a menudo, satisfechas de manera incompleta. Por ello, si un buen día tenía la posibilidad de “darse un atracón”, no debía dudar en hacerlo: podrían pasar meses de gran esfuerzo físico antes de que esto volviese a suceder.

Pero los cuerpos de los humanos del 2020 son prácticamente los mismos que los de nuestros congéneres de cientos de miles de años. Hoy en día, en términos generales, el mayor esfuerzo que realizamos para obtener nuestra comida consiste en ir al supermercado —y si vamos en coche, en lugar de ir a pie o en bicicleta, el chiste se cuenta solo…—.

Sin embargo, no solo nuestro gasto de actual de energía es anormalmente bajo, sino que la industria alimentaria ha sabido aprovecharse magistralmente de nuestra debilidad por el “sobreestímulo”. Después de todo, ¿para qué comer un higo mientras que tal o cual postre se anuncia por todos lados, se ve fantástico y sus aditivos le confieren un sabor fabuloso?

Cada vez más científicos alertan sobre los riesgos del excesivo consumo de azúcares añadidos: obesidad, diabetes e incluso demencia. Idealmente, no deberíamos sobrepasar los 30 gramos de azúcar al día (alrededor de 8 cucharaditas); de hecho, la Organización Mundial de la Salud documenta grandes beneficios corporales si se reduce el consumo a 15 gramos (4 cucharaditas). Sin embargo, tres cuartas partes de la población en México consumen al menos 48 gramos (12 cucharaditas) de azúcar al día, es decir, unos 20 kilos al año (y en países como Canadá se consume el doble…).

3.7 millones de personas mueren de diabetes en el mundo al año, mientras otros 4.2 millones fallecen por enfermedades ligadas a la contaminación ambiental. Mientras estos hechos se presentan, el debate público prefiere ocuparse de “lo político” (¿no sería esto también un “sobreestímulo”?): ¿ayudará de algo denunciar a López-Gatell ante la ONU —como lo sugiere la bancada del PAN—?; ¿servirá salir a manifestarse en coche contra el gobierno actual?; ¿qué tal si intentamos predecir quién ganará la gubernatura del estado con forma de perro Schnauzer?

Estos debates se disfrutan mejor con una lata de refresco, que, dicho sea de paso, contiene alrededor de 35 gramos de azúcar (9 cucharaditas).