Octavio César Mendoza

Cuando Marcelo de los Santos Fraga aceptó la derrota electoral ante Fernando Silva Nieto en su primer intento por alcanzar la Gubernatura, en 1997, lo hizo en medio de una burbuja efervescente de apasionados panistas cuya frustración estaba a punto de colmar el vaso de la endeble estabilidad política. Sin embargo, el ex Presidente del Instituto Mexicano de Contadores Públicos determinó, por consejo de su propia prudencia, no impugnar los resultados. Así concluía una etapa de conflictos electorales y poselectorales en San Luis Potosí, con un Horacio Sánchez Unzueta que había gobernado durante cuatro años y entregaba la estafeta a su ex Secretario de Educación, luego de negociar con el Navismo su propio arribo al poder.

Muchos panistas juraron impedir que Marcelo volviese a ser Candidato a la Gubernatura del Estado; pero tomado de la mano de la ola foxista que inauguró una nueva era de la democracia mexicana, Marcelo se fortaleció, precisamente, por sus virtudes diplomáticas, y se convirtió en “Candidato de Unidad” del PAN a la Presidencia Municipal de San Luis Potosí, sumando a cuadros procedentes de todas las corrientes de dicho Partido. Luego de dos elecciones, logró superar a Juan Ramiro Robledo en la elección constitucional. Enemigos siendo Alcalde no le faltaron: desde aguerridos comerciantes ambulantes que enfrentaba cara a cara, hasta poderosos intereses involucrados en el juego de las acusaciones judiciales; pero, también, panistas que sabían que Marcelo tenía un plan, el cual revelaba con una frase típica del mismo: “El que no asegunda no es buen labrador”.

Así, al llegar al Ayuntamiento de la Capital potosina, no dudó en hacer de la Obra Pública su bandera. Terminó de construir el complejo de puentes que constituyen lo que hoy es la Avenida Salvador Nava Martínez, gestionó la construcción del Acceso Norte, y pavimentó y alumbró cientos de calles, además de reactivar el “Festival de San Luis” y organizar un estilo de trabajo con el que extendió su buena reputación a lo largo y ancho de la Entidad Potosina. Es decir: se hizo notar a lo grande, lo que empequeñeció a sus posibles adversarios rumbo al 2003. Pero, ante todo, hizo uso de la diplomacia, y tan eficiente fue su labor diplomática, que Fernando Silva Nieto no se opuso a que fuese su relevo, y colocó a un adversario priísta con muy escasas posibilidades de derrotar a Marcelo: Luis García Julián; pero nuevamente, fueron los panistas los que más se resistieron a la fuerza del naciente “Marcelismo”, y en el propio Cabildo de la Capital, cuando solicitó su licencia y cedió el asiento a un tal Homero González, muchos panistas anticipaban un futuro revés. Este “triunfo pírrico” de sus adversarios impidió que Ernesto Piña fuese el encargado de dar seguimiento al proyecto “Marcelista”, pero aseguró el pase a la elección interna, en la cual Marcelo enfrentaría a un rival muy fuerte: Alejandro Zapata Perogordo.

Otra vez, Marcelo hizo de la diplomacia su forma de evitar la fractura panista, cuando derrotó a Alejandro Zapata y el panismo rijoso amenazaba con “hacer mal de ojo” a la segunda intentona del Contador. Para evitarlo, este tomó el teléfono, insistió varias ocasiones en hablar con su adversario, y cuando este respondió iniciaron las negociaciones. Zapata sería parte del juego, acomodaría sus piezas en el tablero, y tendría la posibilidad de mantener su liderazgo dentro del PAN, para esperar el 2009. A mitad del mandato gubernamental, y luego de hacer de la Obra Pública su estandarte, Marcelo (que no el PAN) arrasó en la elección intermedia del 2006. Todos ganaron: Navistas, Zapatistas, Salazaristas, pero, sobre todo, Marcelo. Él se aseguró un lugar en la historia como uno de los gobernadores mejor valorados por los potosinos, junto a Carlos Jonguitud Barrios, por la magnitud de su impulso al desarrollo de San Luis Potosí. A la fecha, cuando se habla de carreteras, de hospitales, de centros culturales, de universidades, de armadoras automotrices, se refiere el nombre de Marcelo de los Santos Fraga; tal y como se repite el nombre de Jonguitud cuando se cita al Parque Tangamanga, al Aeropuerto o al Bulevar del Río Santiago. Y ahí va Juan Manuel Carreras, en ese mismo afán. Ahora sí que “por sus obras los reconoceréis”.

No obstante que se hubiera llevado a cabo un buen gobierno, y con la mesa puesta para que Alejandro Zapata se convirtiera en su sucesor, el PAN perdió la Gubernatura del Estado de San Luis Potosí en el 2009. Los enardecidos panistas, de nuevo, llevaron sus naves al naufragio, y las quemaron en altamar. Veinticinco puntos de ventaja de Alejandro Zapata sobre Fernando Toranzo al iniciar la ruta hacia la elección constitucional se hicieron polvo cuando Zapata emitió amenazas no tan veladas contra Marcelo, mostrando la herida no suturada de su derrota en el 2003. Luego, Eugenio Govea rompió con el PAN y se sumó a Toranzo, e incluso Jorge Lozano se pasó al bando priísta al quemar su credencial del PAN. Las traiciones y las pasiones desbordaron el vaso del triunfo zapatista siempre nahelado pero nunca alcanzado. Toranzo no supo ni cómo, pero rebasó a Zapata en la recta final, y trató de hacer como que gobernaba, dada la imposibilidad de compararse con el trabajo desarrollado por su (inexplicablemente) odiado predecesor, a quien a toda costa trató de dañar. Hoy, Toranzo está cerca del olvido, y Marcelo sigue siendo un referente del desarrollo de San Luis Potosí. Y no lo digo yo, sino la gente cuando se lo pregunto. Pero ese es otro tema.

Se supone que las lecciones aprendidas impiden la repetición de los yerros cometidos. Pero eso no sucede en el PAN. En el 2015, Sonia Mendoza derrotó a Alejandro Zapata en la elección interna, y Zapata y muchos de sus seguidores rompieron lanzas, se volvieron a emberrinchar, y se pasaron al bando contrario velada o abiertamente. Juan Manuel Carreras necesitaba, de cualquier forma, aliarse con más adversarios a la Senadora, y los movimientos de dos inteligentes estrategas como Cándido Ochoa y Elías Pesina llevaron al naciente “gallardismo” a disminuir la fuerza del PAN en la Capital del Estado, y a minar las altas posibilidades de que el PAN recuperase la Gubernatura. Aún así, Sonia se quedó a escasos puntos de su adversario y sus aliados, pero siguió el ejemplo de Marcelo y decidió no impugnar para esperar el 2021. Se dice que, antes de ese desenlace, Octavio Pedroza había sido respaldado por el CEN panista para que él fuese “Candidato de Unidad”. Se dice, también, que Sonia Mendoza exigió elecciones internas, y fue cuando Octavio Pedroza decidió bajarse del barco para que se subiera Zapata de último momento. Y entre dimes y diretes, se dice que Octavio Pedroza sabía que hubiese corrido la misma suerte que Zapata en el 2009, de haber sido ungido como “Candidato de Unidad”: Sonia se llevaría a toda su gente con Movimiento Ciudadano y Eugenio Govea, y el PAN se hundiría de nuevo en su intento por arribar a tierra firme, y los restos del naufragio arderían seis años más.

Las generaciones se renuevan, y la vida da vueltas. En este pasado 2020, surgió la figura de Xavier Nava, la de Marco Gama, y resurgió la de Octavio Pedroza junto a la de Sonia Mendoza, para volver a las legítimas andadas. Sonia Mendoza tenía un pacto con Marco Gama, pero terminó aliándose a Xavier Nava, por desconocida razón. Los números, de cualquier modo, no alcanzaban y lo sabían, pero no se lo advirtieron a este último. Muchos panistas que adoraban a Sonia fueron excluidos del grupo que llegó a la casa de campaña de Xavier Nava, y fueron acogidos por Marco Gama y Octavio Pedroza. Eso también lo sabían, pero tampoco se lo dijeron a Xavier Nava. El yerro se agravó al dar por cantada la victoria, minimizar a Marco Gama y empezar a culpar al Comité Directivo Estatal de cargar sus dados en favor de Octavio Pedroza. La verdad es que quienes entienden la política como un arrebato de pasiones, y no como un ejercicio de diplomacia y un fino tejido de intereses y negociaciones, suelen actuar sin estrategia definida; “se van a la cargada”, como dicen por ahí, y terminan echando culpas. Si fuesen a la guerra siendo todos generales, los habrían emboscado por los costados a pesar de su entusiasmo y su autodefinición jerárquica de superioridad. Y también, de haber sumado a Marco Gama al proyecto de Xavier Nava, o viceversa, Xavier, Sonia y Marco habrían ganado por un margen ligero, y seguramente Octavio Pedroza habría reconocido sin dudar su derrota. Pero siempre hay un pero que lo explica todo: si, por el contrario, Marco Gama se hubiese sumado al proyecto de Octavio Pedroza, este habría aplastado en la elección interna a Xavier Nava, y habría podido apagar los fuegos en la borda antes de que empezaran a pintar bardas con resabios simbólicos que la sociedad ve muy lejanos, y hasta se antojan “vintage”. Quién sabe de quién fue la idea, pero parecen anuncios fúnebres.

El “hubiera” nunca existió. Octavio Pedroza hizo lo suyo mientras los “Xavieristas” seguían haciendo cuentas alegres: trabajar con la militancia y negociar con los principales actores del panismo nacional y potosino. Es decir: construir confianza en base a la diplomacia. Por su parte, Marco Gama no desistió en su intento, fue congruente, y se arriesgó a ser derrotado, pero sabiendo que quien ganara necesitaría de la legitimidad que da un adversario de ley; pero también pensando en un eventual triunfo con el cual uniera a todos los bandos en torno a su proyecto. Desde luego, un Xavier Nava sin ideología panista, derrotado en su intento de saltar de la Presidencia Municipal a la Gubernatura del Estado, no iba a aceptar los resultados; y como la nueva generación de políticos piensan que la vida es breve, olvidan que siempre hay un mañana. Con la furia de quienes ven en sus aliados de ayer a sus enemigos de hoy, los efervescentes porristas del liderazgo de Xavier Nava le susurran al oído que rompa lanzas, que la derrota no se negocia porque se vuelve eterna, que no hay futuro, que el mundo se va a acabar y que, si no es ahora, ningún Nava será Gobernador de San Luis Potosí mañana. Están muy equivocados. Si Xavier Nava se serena y deja de escuchar esos reclamos de ir a la guerra sin fusiles y con puro entusiasmo, podría construir una Candidatura sólida, incluso apartidista, en el 2027. Depende de él.

Por cierto: adivinen quiénes decidieron no entrar al juego de la elección interna del PAN en esta ocasión, a pesar de haber sido invitados por altos jerarcas del CEN panista, incluyendo un ahora Candidato Ciudadano, y otro ilustre personaje que apoyó a Xavier Nava para que llegara a la Alcaldía de la Capital. Por ello, si sus fanáticos insisten en llevar a Xavier Nava a la altamar para quemar sus naves en el ardor de una derrota jamás de los jamases aceptada, a pesar de todo, quien logre conciliar los intereses del “stablishment” del poder en San Luis Potosí y alcanzar la gubernatura, tendrá como sucesor a otro Xavier, hechura de Marcelo de los Santos Fraga, incluso a otro Marcelo, o a un Marco Gama que seguirá labrando la tierra seis años más. Por lo pronto, los enroques de derrotados y decepcionados ya empiezan a darse, y hay filas en el Partido Verde, lo mismo que en Morena, y hasta en Fuerza por México. Tienen sed de sangre. No quieren ganar, sino hacer perder. Lo malo de las migraciones partidistas es que dejan huella de un pasado de incongruencia, aunque sumen votos fugaces que luego restarán en las elecciones intermedias, como le sucederá a Morena en este 2021, y como les ha sucedido al PRI y al PAN en su momento.

PS: Hablando de incongruencias, la de no usar cubrebocas por tener “fuerza moral” y contar con la superstición de los “detentes” para, coincidentemente, enfermar y no tener que dar explicaciones en torno a la pandemia, las vacunas y el desastre generalizado. Y mientras el río esté revuelto, los ganones son los que colocan a sus parientes en las nóminas del Gobierno Federal, asignan contratos directos a sus cuates, y hacen como que revuelcan a la gata. ¡No te acabes, México!, aunque se acabe el mundo.

Ya sé: hay quienes dicen tener otros datos, porque tienen la esperanza de salir bien librados en las elecciones venideras.