Astrolabio

  • Es uno de los principales referentes de la música de autor en SLP, con una trayectoria de más de cuatro décadas.
  • Ha musicalizado la obra de diversos poetas potosinos como Félix Dauajare y Mario Alonso.
  • “Durante el covid aprendí a tener miedo a las enfermedades y que el ser humano está propenso a la locura”, afirma.

José de Jesús Ortiz

Tiene una curiosidad musical que lo ha llevado a cruzar por muy diversos ritmos, estructuras y formas melódicas, en un inicio el bolero, la balada, después la trova, la canción de autor, el rap, hasta el flamenco y la música regional potosina, sobre todo el huapango y la versificación. Son muchas las afluentes en las que se reconoce y que nutren su trabajo creativo, así como los territorios y campos que abarca, que le exigen investigar y documentarse a partir de lo que llama una antropología musical.

Con más de cuatro décadas de trabajo, José Antonio Parga Martínez (1965) es quizá el referente principal de la trova y la canción de autor en San Luis Potosí, aunque sus preocupaciones musicales trascienden un género. Para él, la música es “el leitmotiv del sosiego espiritual del hombre” y la etapa de confinamiento de los últimos dos años mostraron de manera rotunda la necesidad que tenemos de ella, como sujetos gregarios.

Del papel del trovador, dice que se trata del “único sobreviviente de una tradición oral de nuestras costumbres” y su responsabilidad, más allá de banderas, está en seguir narrando, hablando “de nuestra familia, de nuestros pueblos, de nuestros barrios, de nuestra tierra, como una memoria ante lo superfluo”.

Compositor, músico, arreglista, productor de cerca de 70 discos, su obra la ha realizado esencialmente en San Luis Potosí, una ciudad a la que considera su bastión y su territorio, desde donde observa el mundo.

Entrevistado en su estudio de grabación, ubicado en una vieja casona del barrio de San Miguelito, Toño Parga como le llaman sus amigos y cercanos, es sobre todo un conversador, un sobreviviente de esta dura etapa del confinamiento en la que aprendió a “tener miedo a las enfermedades” y entendió además que el ser humano en el encierro “está propenso a la locura, al suicidio”, pues no sabe estar demasiado tiempo consigo mismo.

La influencia del folk y los inicios

Su vocación como artista en buena medida proviene de la familia materna, se remonta a su bisabuela Altagracia y a sus hijas (Dolores, Cruz y Natalia, su abuela) que en las reuniones y tertulias familiares imitaban al trío Las tres conchitas, mientras que algunos de sus tíos las acompañaban con la guitarra. Un antecedente más próximo y en un ámbito profesional es el de su tío Carlos Jiménez, quien formó parte del grupo Mazzurca a finales de los años 70´s.

La suya es una familia de músicos, fue el tercero de seis hermanos (cinco hombres y una mujer), tres de ellos dedicados también a la música: Julio y Darío de manera profesional, con trayectorias propias en el campo de la trova y la canción de autor, además de Jorge. A Darío, en particular, lo considera uno de los cantautores más destacados de su generación, la de los nacidos en los primeros años 70´s.

En ese ambiente familiar de música y tertulias, tan naturales en su entorno como el día y la noche, se recuerda de niño escuchando sobre todo música del folk estadounidense y del rock, a autores como Cat Stevens, Joan Baez, Carole King o The Eagles, a quienes trataba de imitar. “Mis referentes musicales estaban ahí, en el folk, jamás supimos qué representaban, ni qué simbolizaba ni mucho menos, pero fue esa la música que nos empapaba, la música que escuchábamos de forma recurrente”.

A su ingreso a la escuela secundaria es cuando comienza un aprendizaje musical más en forma y empieza a cantar de manera incipiente, aunque reconoce que en aquellos años era muy desafinado. A inicios de los 80´s forma parte de una primera agrupación musical denominada Romántico Amor, con la que tiene una experiencia que se extiende durante varios años. Con este grupo (en el que también se encontraba Omar Gallegos, quien luego incursionaría en el periodismo) viajó a Matamoros con la idea de cruzar la frontera a Estados Unidos, por lo que decidió dejar los estudios en Administración de Empresas que recién iniciaba en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Allá permanecieron cuatro años, con trabajo suficiente para sobrevivir con la música.

En 1986 regresó a San Luis Potosí pues estaba por inaugurarse la Escuela Estatal de Música, con lo que se abrían posibilidades de una formación académica diferente en el ámbito musical. También, comenzó a ser evidente la necesidad de contar con una formación académica que lo llevara a entender y a escribir el lenguaje de la música, hasta ese momento su aprendizaje era esencialmente empírico. En 1987 se inscribió en la Licenciatura en Composición Musical de la Escuela Estatal de Música y comenzó una etapa distinta de su camino y formación, que sin embargo interrumpiría años después ante la falta de maestros con los perfiles necesarios.

Comenzó así un ciclo distinto, dedicándose al canto y a participar en diversos festivales y concursos como el Festival Primavera Potosina o el Festival Internacional de Bolero. Ya en la parte final de la década de 1980 formó parte del grupo La Fuga, que en 1987 ganó el Premio Nacional de Canto Nuevo en la Ciudad de México y obtendría luego una mención especial del Premio Nacional de la Juventud.

En 1991 obtuvo una beca para participar en la Ciudad de México en el taller de composición de la productora y compositora Amparo Rubín, una experiencia formativa durante dos años que le permitió además entrar en contacto con un círculo distinto de músicos y compositores. Es en aquella época en que participa en el concurso musical de Valores Bacardí. Poco después, renunció a la beca en ese taller para firmar un contrato con el productor argentino Tino Geiser y trabajar una producción que no logra salir al mercado ante la debacle de las compañías disqueras.

Astrolabio: ¿En qué momento te acercas a la trova, la música de autor y el canto nuevo?

José Antonio Parga: Cuando regreso de la Ciudad de México, hacia 1993, mis hermanos y yo fundamos el grupo Cal y Canto, conformado por Jorge y Julio, después entraría Darío. Comenzamos a hacer los covers de la trova, de Amaury Pérez, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Fito Páez, Joan Manuel Serrat y lo hacíamos muy bien, todos éramos instrumentistas y cantábamos, en bares y restaurantes.

En la segunda mitad de la década de los 90´s, a través de un programa federal del entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, con Cal y Canto realiza una gira por el centro y occidente del país, con cerca de 50 conciertos. Para participar en ese programa cultural —puntualiza— el grupo presenta un demo titulado Por si acaso, que estaba integrado por cuatro canciones, dos de ellas de Gerardo Peña, uno de los compositores de cabecera del dueto Mexicanto. “Las arreglamos, las propusimos como demo al Circuito Centro-Occidente, las aceptaron y nos metimos al estudio a grabarlas. Ahí comenzamos a sacar lo que teníamos, que no era más que lo que aparecería en el disco Al filo del pecado, que se haría muy popular en el círculo de trovadores”.

En 1998, la agrupación es invitada a la Feria Internacional del Libro en la Habana, representando a México junto con Oscar Chávez. A finales de los 90´s, Cal y Canto es ya un grupo con una obra propia en desarrollo, que comienza a ser reconocido en los circuitos de la trova. 

Sin embargo, en su caso el camino seguido hasta ese momento se modifica de golpe tras el impacto que representó conocer el trabajo de Silvio Rodríguez: “Me doy cuenta que lo que yo había estado escribiendo no tenía ningún sentido contemporáneo, esto fue a finales de los 90´s. Tiro a la basura todo lo que había hecho y asumo la responsabilidad autoral, primero de escribir, musicalizar la poesía, de representarme como músico-cantante, cantando poesía; y después, buscando dentro de la canción significantes que me llevaran a que el texto fuera realmente la búsqueda de un poema y la música un equivalente”.

A: A nivel literario ¿cuáles fueron para ti en aquellos años las principales lecturas o autores que definieron tu manera de entender el mundo?

JAP: Es probable que haya sido muy poco letrado en aquellos años, yo tenía un libro de cabecera que me regaló mi madre, que era el Libro Azul, de Rubén Darío, siempre se me quedó grabado y jamás entendí absolutamente nada, jamás, todo el tiempo me quedé en el embeleso de una serie de imágenes que no lograba descifrar; hasta llegar a Julio Cortázar con Rayuela y esta idea de comenzar el libro en un lado y en otro, encontrarme con un capítulo que parecía un laberinto perfectamente tejido, tampoco lo entendía. Yo era más vivencial, escribía a partir de lo que vivía.

A: ¿La literatura no era un estímulo en aquella etapa?

JAP: Nunca llegué a eso, hasta que conocí a los escritores, hasta que tengo la oportunidad de compartir oficina por ejemplo con Norberto de la Torre (en el Instituto de Cultura), porque fue uno de mis directores; otro fue César Porras, que para mi gusto es el gran poeta vivo de San Luis, con todo y que ya no aparece en ninguna escena sigue escribiendo y sigue siendo extraordinario; o Mario Alonso López y David Ojeda.

El camino de la poesía y la musicalización de la palabra

Siguiendo la ruta trazada por Joan Manuel Serrat, José Antonio Parga ha musicalizado en las últimas décadas la obra de diversos poetas potosinos como Félix Dauajare, Joaquín Antonio Peñaloza, Mario Alonso López o el tabasqueño José Carlos Becerra, entre otros. Pero también, ha emprendido la búsqueda de nuevos territorios, como el rescate de una memoria remota en su infancia y los recuerdos que lo vinculan con una tradición oral en el municipio de Salinas, de donde es su familia materna y que dio origen al disco Cruz de sal (2011), un trabajo realizado desde la poesía y la antropología musical, al igual que en su incursión en el espacio trashumante del flamenco.

Recuerda: “A falta de un afluente literario dentro de mi canción, comencé a musicalizar poesía y traté de tomar un poco como referente la ruta que siguió Joan Manuel Serrat de musicalizar a Miguel Hernández o a Machado, dije ‘si eso hizo Serrat, eso voy a hacer yo’. Y comencé a musicalizar poesía. El otoño recorre las islas, de José Carlos Becerra, se convertiría en uno de mis libros de cabecera, musicalicé el primer poema del libro y tuvo gran impacto en la comunidad cultural de autores con la que estaba comenzando a familiarizarme y continué así musicalizando poemas. Esto ya es en la década del 2000. Otro poema que musicalizo es Cielo de Atenas, de Mario Alonso López Navarro, que se convierte en un boom dentro de la música de la trova. A la fecha, creo que es probablemente la canción más emblemática de mis composiciones”.

A: Has musicalizado parte de su obra y realizado diversos homenajes al poeta Félix Dauajare, una de las principales voces poéticas potosinas del último medio siglo, y tuviste una relación cercana con él ¿qué representa para ti su obra poética?

JAP: Es para mí una figura paternal literaria. Cuando me acerqué a mostrarle las primeras canciones que musicalicé de su obra, era el Félix Dauajare paternal, no el escritor. Vi al hombre conmovido, desarmado, no había un adjetivo porque estaba llorando. Sabía que había localizado una complicidad que estaba por encima de lo literario, se logró un sentido afectivo paternal. Recuerdo alguna vez que me dijo: ‘Mira Toño, mi obra yo ya la escribí, tú puedes hacer con ella lo que te pegue la gana, lo que te dé tu chingada gana’. Y eso fue lo que hice… representó para mí un censor de la sociedad de su tiempo, que me permitía hablar con la gente como si esa voz fuera mía, propia.

“Recuerdo muy bien cuando (Félix) remataba alguno de sus poemas y decía ‘perdón por este orden tan sucio que hemos construido’. Y Yo advertía lo mismo y pensaba: es que debo decirlo, debo decirlo como algo mío… También, yo llego a la comprensión de la poesía a partir de la vivencialidad del poema mismo y Félix es fidedigno en eso. Logra captar la debilidad del ser humano para mostrarla en cada poema”.

A: En alguno de sus poemas, escribió Félix Dauajare: “Si quieres amar a una ciudad no debes caminar por sus calles. Debes irte muy lejos. Olvidar que alguien se inclinó sobre ti cuando palpaste el aire. Debes irte para entender a las gentes y a las cosas”. Tu trabajo en esencia lo has desarrollado en San Luis Potosí, ¿qué significa para ti esta ciudad?

JAP: Es mi bastión, es el territorio donde alcanzo a ver al resto del mundo. Me parece una ciudad con una concepción ideológica de altísimo nivel, capaz de renunciar a la búsqueda de otros lugares. Reúne para mí el abasto de amor y de supervivencia, no necesito a la Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey, yo vivo en una ciudad que me permite ser todo lo que quiero ser. Soy también de un paisaje semidesértico… saber que nuestro mezcal es la salmiana, que utilizamos para todas las cosas, es un asunto fantástico. Una ciudad que además ha vivido todas las transfiguraciones culturales, afrancesadas, inglesas, ahora japonesas, orientales, etcétera. Es una pequeña ciudad cosmopolita.

A: ¿A pesar de ese ensimismamiento de la ciudad, de una sociedad conservadora de la que escribieron y a la que cuestionaron muchos escritores como David Ojeda?

JAP: Por supuesto, a pesar de eso. David Ojeda se abastecía de esto, para que te vas más lejos, si tienes a La Santa (Concepción Cabrera de Armida) de San Luis ¡para qué quieres más! Nosotros aquí tenemos un leitmotiv permanente para poder hablar de una sociedad como esta tan heterogénea, tan diversa, de altísimos contrastes. ¡Cómo no va a ser esto fantástico!, sobre todo para quienes nos dedicamos a escribir. Si te vas apenas unos kilómetros afuera de la ciudad te encuentras con el yacimiento que funda prácticamente Iberoamérica, las américas que tanto se presumen en el viejo continente se fundan en nuestros propios territorios. Tenemos esa parte ahí, sabemos a qué vinieron, por qué vinieron, qué devastaron, qué exterminaron, pero también sabemos a qué territorios no pudieron acceder y esta es una especie de solidez interior, de saberte todavía con un aire guachichil, indómito, de un territorio que no pudieron pisar, no pudieron doblegar.

La construcción de la canción, fuentes y afluentes

En su trayectoria creativa de más de cuatro décadas, el currículum de José Antonio Parga consigna la grabación de seis discos (dos con Cal y Canto y cuatro de forma individual), además de participar en casi 70 producciones discográficas de diversos géneros; también, en estos años ha musicalizado cerca de 25 obras de teatro particularmente para el grupo La Carrilla y luego para el Rinoceronte enamorado, entre ellas Pescar águilas y Una familia de gorilas; y es autor de la banda sonora de diversos cortometrajes dirigidos por Sabdyel Almazán y Omar Flores Sarabia, al igual que para la película Peyote, que se presentó en el festival de Cannes en 2013.

En su caso, dice que el proceso creativo para elaborar una canción se da a través de un trabajo de documentación e investigación, en el que usualmente aparece primero una propuesta literaria y después el componente musical. Se “instala en una temática” y a partir de ahí comienza un trabajo de investigación, de lo que llama antropología musical en el que luego del trabajo literario aparece la sonoridad de las imágenes. Ese fue el proceso que siguió al elaborar el disco Cruz de sal, una propuesta con la que obtuvo en 2011 el Premio 20 de noviembre —que entrega el gobierno estatal— en la categoría de música popular. Un proceso similar recorrió años después en la obra flamenca Palo de ciego.

Para Cruz de sal indagó los orígenes de su familia, las tradiciones, las peregrinaciones al Santuario de Salinas a las que acudía de la mano de su bisabuela Altagracia. Todo ello lo llevó a regresar al pueblo, rememorar aquellos años de la infancia y dialogar con sus primos, tíos, abuelos, tíos-abuelos, a quienes conoció de niño. “Así fui capturando las historias, historias de brujas porque recuerdo a mi bisabuela rezando La Magnífica mientras nos llevaba el carretón de la orilla de la carretera al rancho y se veía el enjambre de brujas a distancia y ella rezando y anudando el listón rojo; recuerdo a mi abuela poniendo las tijeras en forma de cruz debajo de la cama para protegernos, porque éramos niños de ciudad llegando al rancho y nos podían hacer daño las brujas. Todo ese mundo fantástico pude retratarlo dentro de esta obra en territorio poético, lo escribí en forma y estructura literaria de soneto y luego lo musicalicé”.

A: Tienes también una relación especial con el flamenco y la cultura andaluza y has escrito y producido para la compañía Mancha Gitana los espectáculos Aura, Jauría, Torero Dios y A Palo Ciego, entre otros. ¿cómo llegas al flamenco y qué representa en tu trabajo?

JAP: Llego por mi esposa, Mayela Méndez, una extraordinaria bailaora de flamenco y maestra de generaciones completas de flamenco que hay en la ciudad. Llego por una vacante instrumental en la compañía de ella, Mancha Gitana… Comienzo a aprender los distintos ritmos flamencos para el baile, después a tocarlos en la guitarra e indagar en el origen y la trashumancia de los gitanos del viejo continente al Caribe.

En ese proceso, escribió la pieza Palo de ciego (2015) y nuevamente el trabajo de investigación fue un aspecto esencial, sobre todo a partir de conocer el trabajo del historiador veracruzano Antonio García de León. La obra trata de una historia fantástica en la que busca develar los orígenes del cante jondo y el espíritu del flamenco, para ello narra en cuatro historias la llegada de los gitanos al continente americano y utiliza como personaje central a una niña bailaora de flamenco. También, en esa misma línea, grabó en 2016 el disco Agitanao, que recoge en versión flamenca canciones clásicas de autores como Joaquín Sabina, Fito Páez, Auté o Silvio Rodríguez, entre otros.

A: Dice Joan Manuel Serrat que una canción es como el café con leche, donde la letra y la música una vez juntas no pueden volver a separarse y se produce el milagro: que la música habla y la letra canta ¿qué es para ti una canción?

JAP: La canción es el dulce para el niño y el mezcal para el ranchero, somos necesarios culturalmente. Nuestra oportunidad de poder compactarnos con alguien más está a través de la canción, es nuestra forma más pura de identidad. El dulce no se lo puedes dar al viejo, al abuelo, dices dulce y dices niño; dices mezcal y dices ranchero. Son la raíz y el fruto en un árbol de mezquite. La canción para mí es el pulmón de nuestras sociedades, la única forma de poder identificarnos, de saber que nos correspondemos. Tu canción plantada sobre la mesa me dice si somos o no parecidos, si tenemos algo en común, si podemos seguir platicando de otras cosas. Es un elemento identitario, cultural, que nos agrupa.

A: En la etapa del confinamiento estuviste escribiendo décimas y dedicaste alguna de ellas a Luis Eduardo Auté, una de las muchas víctimas de esta epidemia, ¿qué representó para ti su obra?

JAP: Mucho, yo produje para Miguel Mauries su primer disco, que dirigí en la producción junto con Miguel Martínez Castro en los arreglos. Luis Eduardo hizo la presentación del disco a invitación de Miguel, después, para su segundo disco se dio la participación a dueto de Auté con Mauries. Recibí la grabación de Auté en bruto aquí en el estudio. Esa producción la realicé yo. Sabía de su calidad humana como autor y de esa apertura que había con nuevos autores, y la pude ver claramente reflejada en él. Otra de las cosas es que yo canté la canción de Rosas en el mar hace muchísimo tiempo, canté sus canciones casi siendo un niño, sin saber quién era él, ni mucho menos qué pudiera significar o representar.

A: ¿Y Serrat?

JAP: Igual… hay referentes que no cambiaría de ninguna forma en la canción de autor y uno de ellos es Joan Manuel Serrat.

A: ¿Quiénes serían tus principales influencias, que te formaron musicalmente?

JAP: Tiene que ver con los más musicales, dentro de ellos uno es Pablo Milanés, me parece un musicalizador extraordinario, la obra de Martí musicalizada por él me parece una joya; Silvio Rodríguez, también es riquísimo musicalmente, al igual que Fito Páez; David Haro es otro; Patxi Andión también, me parecía un musicalizador de sus textos portentoso, le daba gran fuerza a la palabra, igual que Domenico Modugno.

Sin embargo, por encima de todos coloca a la música regional y al huapango, quizá como su principal influencia musical. “Soy un seguidor muy cercano de toda la tradición del folklor huasteco. He asistido a las topadas de versadores y decimistas en Rioverde, de los Camperos de Valles con el maestro Heliodoro Copado (ya fallecido), con el Negro Marcelino. Soy admirador de ellos por encima de Serrat, por encima de los argentinos o de los cubanos, por encima de todos. La tradición de versificación que alberga nuestro estado es para mí fuente y afluente”.

Del trabajo de algunos cantautores potosinos o que hicieron parte de su obra en San Luis Potosí y lo antecedieron como Gabino Palomares y David Soraiz (1954-2019), dice que son un referente esencial en su trabajo, aunque con particularidades distintas: “Gabino es mi amigo, lo respeto y admiro, hemos atendido a circunstancias y vivencialidades muy distintas…la de él es una visión de un tiempo diferente; en el caso de David, creo que es uno de los mejores narradores que hemos tenido en la canción en el país. Me reflejo totalmente en su trabajo, desde el territorio de la poesía y de una narrativa que va retratando de manera muy fidedigna los sitios por donde pisa, el territorio taurino, del ferrocarril, el saludo hipócrita de nuestra sociedad, por ejemplo, el cruzar la calle para no saludar al que ya conoces”.

Aprendí a tener miedo a las enfermedades

De la naturaleza de su trabajo, José Antonio Parga no tiene duda: más que en asumir la defensa de diversas banderas, el compromiso social que tiene como artista se expresa sobre todo a partir de la formación de nuevas generaciones de músicos, de jóvenes, casi desde una perspectiva docente. Así lo cree y así lo vive. “He decidido abrir el oficio para la formación de nuevas generaciones, ir a las comunidades, a las colonias, acercarme a los muchachos que escriben desde el territorio del rap para mostrarles posibilidades de versificación que puedan nutrir su manera de representarse”.

Parte de ese compromiso al que alude, se expresa en el proyecto al que piensa enfocar sus capacidades para crear en el mediano plazo la Licenciatura en Artes Urbanas —en la Universidad Internacional Cooperativa —, orientada a grupos marginales y en la que a través de “aulas satelitales” ubicadas en espacios alternativos ya existentes se abordarían artes urbanas, escénicas, danza, teatro, arte circense, entre otras. “Los muchachos están ahí en la calle, pero nadie está preocupado para formarlos a partir de sus propias necesidades”.

Durante la etapa de la pandemia del covid, como una válvula de escape ante el encierro, inició en 2020 un primer taller de versificación con jóvenes de diversas colonias de la ciudad y procedencias distintas, el cual continúo en 2021 ahí mismo en su estudio de grabación con una convocatoria aún mayor y un resultado “muy impresionante” ante el nivel logrado por los talleristas. “Les decía vamos a hacer el ejercicio de musicalizar, esto se puede musicalizar desde este género y esto desde este otro, desde el blues, desde el rock”. Un ejercicio revitalizante dentro de la desolación que significó la pandemia.

Dice que estos años pusieron sobre la mesa, quizá como nunca antes, la importancia de la música y de la palabra, pero también de las relaciones humanas. “La música es el leitmotiv del sosiego espiritual del hombre, nos lo dijo este tiempo. Este tiempo es el que mejor ha probado la necesidad del arte y en especial de la música: tú no podías vivir durante la pandemia solamente viendo cuadros, viendo El Guernica, o leyendo. Necesitaste de la música”.

A: ¿En lo particular cómo te afectó a ti la etapa del confinamiento, como artista y creador?

JAP: Aprendí a tener miedo a las enfermedades, a que el ser humano confinado está propenso a la locura, al suicidio, a que el ser humano no sabe estar demasiado tiempo consigo mismo. Yo ejercí en una labor periodística de versificación justamente para evitar lo que le sucedió a todo mundo que fue acercarse a la locura, estar en estados depresivos. Aprendí que necesito cantar, escribir y compartirlo con la gente. Eso fue lo que me enseñó la pandemia.

A: ¿Se puede vivir de la música en una ciudad como San Luis Potosí?

JAP: Sí y en cualquier otra ciudad. Requieres ser muy respetuoso para la música, debes atender que no es un pasatiempo, no es un hobby, no puedes vivir de eso. La ciudad ofrece espacios, en estos momentos más que nunca… La pandemia enseñó a todo mundo el valor del artista y que sí existe como profesión.

Narrador al fin, el maestro Parga podría seguir horas y más horas en la conversación, un tema lleva a otro y a otro, con posibilidades infinitas. Finalmente, advierte que es esencial que la sociedad entienda la importancia del trovador como una expresión cultural y “una oralidad, la más pura dentro de nuestra sociedad y como los únicos sobrevivientes de una tradición oral de nuestras costumbres”.  Un trabajo y una responsabilidad la del trovador, que al igual que la del poeta, representa de alguna manera un registro de su tiempo. Sombra de la memoria, escribió José Emilio Pacheco.

A+