Carlos Rubio

Como una medicina para calmar el turbulento calor de los últimos meses, este lunes la lluvia cayó con delicadeza sobre el opaco piso del Centro Histórico, pero como todo analgésico, ocultó el dolor sin quitar las raíces.

De principio a fin, la calle Ignacio Zaragoza se encuentra casi desolada, ni si quiera los negocios que diariamente sacan a la intemperie sus productos, se atrevieron a desafiar la existencia de una ventisca que cambiara el rumbo de la lluvia hacia ellos.

En el piso, sobre unos cartones, yace un hombre con ropaje viejo y barba prolongada, sigue dormitando; las nubes han filtrado el sol y le dan al día un aspecto sombrío, fácilmente confundible con el comienzo de la noche. En su acostumbrada banca está sentado un invidente tocando su guitarra, sin miedo de aquellas diminutas gotas de lluvia que se impactan contra su rostro. 

Siguen ahí, 11 días después de que terminó su paciencia y decidieron salir a flote. Las víctimas de la Comisión Estatal Ejecutiva de Atención a Víctimas ahora enfrentan un desafío más: el clima. Como si no fuera suficiente afrontar los problemas que los llevaron ahí, la lluvia pone a prueba su capacidad de resistencia; ingenua, no sabe que hay quienes llevan 12 años en su lucha.

En Plaza de Armas la tranquilidad abunda, en partes; todos los zapateros están sentados leyendo el periódico, ni un alma se sienta en sus sillas; personal del Ejercito Mexicano espera paciente en el quiosco a que alguien acuda a cambiar sus armas; los conductores del tranvía limpian los asientos para comenzar con sus viajes.

Los comerciantes ambulantes tampoco desistieron. Ahí están, tomando su café al igual que el primer día. Con un semblante exhausto y esperanzados de que cada minuto que se mantienen en ese lugar, sea el último. Algunas de las cartulinas que colgaron a su alrededor ya se han roto o desgastado por el agua, pero ellos no.

Pareciera que las autoridades sólo esperaban a que el flujo del agua limpiara todo lo que les incomoda del Centro Histórico, pero no contaron con la persistencia de cada persona que ha dormido más de diez días en las frías y peligrosas calles de esta ciudad.

Un joven pianista se dispone a sentarse a un lado de la Catedral y tocar su instrumento; con un par de acordes menores le agregó aún más nostalgia al día. Por varios minutos logró mantener al menos a diez personas que miraban asombradas su destreza con los dedos.

En la Plaza del Carmen abundan los charcos. Los niños corren de un lado a otro con su uniforme de la escuela y su mochila en la espalda, brincando para tratar de salpicar la mayor cantidad de agua posible. ¿Cuál será la historia detrás de su primer día de clases y su misteriosa estadía en la plaza a las 10 de la mañana? Desconocida, como la razón del por qué resulta tan divertido saltar sobre un charco y elevar el agua lo más alto posible.

La figura de Luis IX de Francia descansa apacible sobre una Plaza Fundadores inerte; ya han pasado 749 años, y un día, de la muerte de quien más tarde le otorgaría parte de su nombre a la ciudad y a su capital. Su estatua carece de festejo alguno, su entorno transita deprisa, sin notar su presencia; invisible, observa rostros de preocupación en más de uno.

Es tanta la serenidad del día y del lugar, que resulta engañosa. Fue tanto el afán de que el fulminante calor se fuera, que resultó no ser el problema. ¿Cuál problema? Lo conflictivos que han resultado los últimos días. ¿Quién podría ver el semblante de esta ciudad y asegurar que en el último mes hubo 34 personas asesinadas a sangre fría? Nadie.