Fernando A. Morales Orozco

Sentada en una pequeña oficina, Guillermina García Ríos ha pasado estos años de su vida como la encargada del departamento de reprografía de El Colegio de San Luis. Siempre está rodeada de libros y revistas, los cuales lee con avidez. Los anteojos para una vista que ha leído por muchos años hacen juego con el color negro de su cabellera suelta, semi rizada y larga. Doña Guille disfruta el calor contenido en su espacio de trabajo, porque en este lugar, particularmente en invierno, son pocos los cubículos que reciben el sol por las mañanas con la misma intensidad con la que se siente en el centro de fotocopiado.

Guille forma parte de esta comunidad incluso antes de que fuera fundado el Colegio en los terrenos donados por el ejido de la Garita de Jalisco. Originaria de Ciudad Fernández, llegó a vivir muy joven al ejido de la Garita en 1983. En este lugar terminó la secundaria y fue un año más tarde cuando comenzó esta pequeña aventura que relata de la siguiente manera. Esto sucedió entre los días 18 y 21 de noviembre de 1984:

-Yo no sabía de qué hablaban mis amigos, algunos conocidos, ellos me llevaron y me fueron empujando para la votación de la reina del ejido. Yo tenía 17 años y estaba ahí sin saber exactamente por qué me habrían escogido. Muchas de las chicas decían que los ejidatarios tenían sus propias mujeres, que no sabían por qué me querían ahí de candidata. Pero me convencieron y me llevaron a la fiesta.

Recuerdo que había un baile, y en medio de esa fiesta, me pararon frente a muchas otras chicas, nos pusieron en línea. La mayoría de los asistentes a la fiesta eran jóvenes, puros muchachos. Ellos votaron a mano alzada. Una por una fuimos obteniendo los votos y de ahí fue que se escogió a las finalistas. Éramos cinco. Pero otra vez me dio miedo y les dije que no podía, que yo ni era parte de los ejidatarios y que no me gustaba la idea.

Entonces dos de los organizadores, “Doña Licha Reyna” y “El Güero de doña Atilana” fueron a hablar con mi mamá. Le dijeron que estaba la celebración del ejido, que yo había resultado electa como finalista y le pidieron que me diera permiso para participar.

En ese entonces yo estaba trabajando en una tienda de ropa en el centro; acababa de terminar la secundaria, casi no salía ni a los bailes ni a las fiestas. Mi mamá no me enseñó a caminar sola por las calles, siempre me quiso en casa antes de las nueve de la noche. La verdad es que yo pensé que no le iba a gustar la idea, pero mi mamá estaba toda emocionada y me autorizó a participar. Yo, tan tímida, la verdad es que me dejé llevar.

Al otro día (el 19 de noviembre), en el atrio de la parroquia de Nuestra Señora del Buen Consejo, también aquí en la Garita, pusieron una tarima, la cual habían construido de material. Ahí, en ese como tapanco, nos pusieron a las finalistas. Una de ellas era sobrina de un ejidatario, otra era hija de uno de los fundadores, la tercera era hija de “don Tacho”. Se llamaban Carmela, Lucy, Katy y la hija de una señora que vende gorditas… Tere. A los pies de las cinco nos pusieron unas cajitas para recolectar dinero. Varias de las muchachas del ejido comenzaron a juntar en cachuchas las monedas y billetes para las otras concursantes; curiosamente, fueron los chicos los que comenzaron a juntar dinero para mí. Había un muchacho en especial, Pedro, que ponía de su propio dinero cada vez que veía cómo le depositaban a las demás. Cada vez que ponían en las otras, Pedro dejaba más dinero en la mía. La verdad es que no sé ni cuánto pusieron de sus propios sueldos. Como ya dije, era muy tímida y nunca me atreví a preguntarle a Pedro por qué ponía tanto dinero en mi caja. Así debe haber pasado una hora, tal vez más. Sinceramente, para ese momento ya estaba divertida viendo cómo juntaban el dinero, así que esta parte la disfruté mucho. Era de tarde y, como era otoño, ya no fue tan pesado estar ahí parada.

Todas íbamos vestidas de blanco. Me acuerdo de que yo llevaba un vestido muy bonito, pero no era mío, sino que me lo prestó una vecina que lo había usado en su fiesta de XV. Era un vestido de esos de princesa, todo amplio y lleno de tul; nunca había tenido uno de ésos, porque no tuve festejo ni nada de eso. Era todo grande y lleno de encajes, largo. De repente vi que las muchachas Valadés, hijas de uno de los ejidatarios fundadores, comenzaron a recaudar dinero y lo depositaban en mi caja. Eso me pareció muy sorprendente porque había escuchado que los ejidatarios querían escoger una reina de entre sus propias hijas y yo venía de fuera. Cuando terminó la colecta y se hizo el conteo, resultó que había sido yo la que tenía más recaudos. Finalizó el conteo, se vino el aplauso y me presentaron como la ganadora de una manera muy sencilla. Entonces quitaron las cajas y nos acomodaron nuevamente en la tarima; a mí me pusieron al frente y las otras tres chicas quedaron detrás de mí.

El siguiente día (20 de noviembre) me citaron muy temprano en la primaria Francisco I. Madero, aquí también en el ejido. Ahí fue la coronación. Otra vez, iba yo vestida con el vestido blanco de quinceañera. Don Joaquín Martínez, uno de los más importantes ejidatarios de la Garita fue quien me entregó mi capa, mi cetro y mi corona. Mi capa era muy larga y roja, la corona era más pequeñita, pero igual muy bonita. Luego los ejidatarios me subieron al toldo de un gran carro y fuimos a dar un recorrido por todo el ejido. Atrás de mí, en un camión de redilas adornado con palmas y flores, llevaban a mi corte real, las cuatro princesas que no había resultado electas. Recorrimos las calles de J. Clouthier y Niño Artillero, que apenas habían trazado y cruzamos por algunos caminos del parque Tangamanga, que llevaba poco de ser fundado. Ahí dentro había algunas calles pavimentadas, otras de terracería y ya estaban planificados algunos de los bosques, porque se veían los arbolitos recién plantados. Recorrimos todo el territorio ejidal. Luego me llevaron a comer a la casa de uno de los más importantes ejidatarios de la Garita. Esa tarde se armó otro baile, en la casa “del Mono”; para entonces yo ya estaba sorprendida y agotada. Me pidieron que estuviera presente gran parte de la celebración. Bailé con varios de los muchachos, pero abrí el baile con el señor Joaquín, el mismo que me había coronado. Con todo, me retiré muy temprano a casa, porque, como dije, yo estaba muy acostumbrada a llegar a las nueve a mi casa.

El último día (21 de noviembre) me llevaron muy temprano al jaripeo. Aquí en estos terrenos que hoy ocupa el Colegio de San Luis, estaba el rodeo en el que se desarrollaban carreras de caballos. La reina del ejido tenía como trabajo entregar los listones a los caballos ganadores. A mí y a las princesas de la corte nos pasearon también a lomos de yegua.

Así fue como me convertí en la última reina del ejido de la Garita. Al año siguiente ya no hubo elección, quién sabe por qué motivos. De las reinas que conocí, queda todavía Sarita, la mamá de Fernando, uno de los empleados que hacen limpieza en el Colegio. La misma doña Alicia Reyna, la que me pidió permiso a mi mamá, fue coronada mucho tiempo antes que yo. Algunos años más adelante, me casé con José Máximo Cabriales, que también era hijo de uno de los ejidatarios, con él tuve a mis hijos. Él todavía es ejidatario, aunque yo me divorcié. Don Joaquín, el que me coronó, murió hace más de veinte años. El ejido ahora es muy pequeño, casi todos los terrenos fueron expropiados o cedidos. Cuando yo llegué a trabajar al Colegio tuve la oportunidad de ayudarle a una estudiante a investigar sobre el agua en la Garita y la acompañé a hacer su investigación de campo. A final de cuentas resultó que sí me involucré en la historia del ejido, sí resulté ser una reina comprometida con mi reino.