Las grandes ideas

Octavio César Mendoza

A principios del siglo que tenemos la gratia plena de vivir, la agenda 20-30 era una estructura imaginaria dentro de la cual se encajaban todo tipo de propuestas políticas destinadas a construir un proyecto de sociedad que, en apariencia, sería mucho más justo y digno. Se supone que, de cumplir los objetivos planteados en dicha agenda, hacia el 2030 se acabarían el hambre y la pobreza extrema, los hospitales abandonados por los gobiernos y atestados por los enfermos serían todos de primer mundo, y la educación daría un salto cuántico de decenas de puntos porcentuales de coeficiente intelectual democráticamente repartido. Casi-casi, viviríamos un disneyworld de oportunidades para todas, todos y todes. Las ideas de grandeza se hicieron cada vez más grandes, tan grandes que se convirtieron en ideotas faraónicas, generalmente materializadas en súper obras de infraestructura cuya altura, tarde o temprano, debería ser superada por nuevas y más grandes y relucientes y majestuosas estructuras. El crecimiento no tendría más límite que el cielo.

Y todos se la creyeron, ya sea para bien o para mal. Y ante la amenaza de romper con el autoritarismo de lo políticamente correcto, incluso la derecha más recalcitrante y la izquierda más tóxica se agarraron de ese armazón de buenos propósitos para disparar en redondo sus grandes ideas. Nadie podía quedar fuera de la única forma de pensar el mundo. Sin embargo, y pese a quien le pese la realidad, la dictadura de la pobreza sigue gobernando grandes centros poblacionales alrededor del mundo -incluso más e incluso donde no eran imaginables-, la salud sigue bajo control de corporaciones farmacéuticas y agendas de la OMS, la enseñanza y el aprendizaje son campo de batalla de luchas ideológicas pendulares, el asistencialismo ya llegó al extremo de la subasta de emociones públicas, y la seguridad pública se está convirtiendo en un experimento de control social que permita perpetuar en el poder a la más reciente camada de gobernantes de este sufrido planeta.

El mundo de hoy no es mejor que el mundo del año 2000 y, desde mi perspectiva personal, me resulta indudable que, de manera obligada, se habrán de añadir tiempos extras y llegar a penales hasta el 2060 para alcanzar (a medias) ese antecitado anhelo que, por ingenua y redundante candidez, abrazamos todos los seres humanos de buena fe, empezando por nuestros honestos políticos. Los dos bloques de poder que hoy se enfrentan, harán uso de todas las artimañas sociológicas y estrategias bélicas, y tomarán los recursos que sea menester tomar para mantenerse en la cuerda de equilibrio, sacrificando si no todos al menos la mayoría de los objetivos de aquella agenda que ya resulta tan antañera como los Beatles y que duró menos temporadas que los Simpson. Estamos ante la implosión de esas políticas que nos obligaron a ser buenos mientras otros se ocuparon de perfeccionar su maldad para dominar al mundo.

Y se preguntará el sabio lector de este Potosí de Dios: —¿Y eso a mí qué chin… me importa? Pues debe importarle, y mucho, porque dependemos de la economía productiva y bélica más importante del planeta casi en su totalidad, y no estamos para andar defendiendo agendas desfasadas (que se tapen les niñes sus castos oídos) ni romantizar proselitismos rebasados por la realidad objetiva, cuando ya estamos experimentando los efectos del cambio de timón geopolítico al que no le estamos poniendo la atención suficiente como para emparejar con el mismo la propuesta de nuestros futuros gobernantes, aprovechando lo que ya se ha hecho hasta el día de hoy por los anteriores y los actuales. Luego entonces, los planes de gobierno construidos sobre objetivos paralelos a las agendas de nuestros principales socios comerciales y aliados económicos, o de plano se nos va a pasar de noche el último tren hacia el segundo mundo o el subcampeonato para que mejor se entienda.

Por eso y muchas cosas más -¿quién se acuerda de esa rola navideña?-, desde hoy debemos preguntarnos: ¿Qué proponen en realidad quienes aspiran a suceder en el poder a los hoy mandamases? ¿Entienden el tamaño del problema en el que se van a meter cuando la cobija se empiece a deshilachar? ¿Van a tener visión de estadistas y negociadores estratégicos o se mantendrán bajo la botarga bailarina del doctor simi para complacer al eternamente irrespetado respetable? Cada ciudadano tiene la obligación de observar su entorno y realizar su agenda 20-30: la de su colonia, la de su calle, la de afuera y adentro de su casa, para que no se le pase otro trienio u otras tres décadas en la lamentación junto al río del tiempo perdido convertido en basural de buenas intenciones políticas, para decirle claramente a su elegible: esto es exactamente lo que debes hacer al alcanzar el poder.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

Es poeta, escritor, comentarista y consultor político. Fue director general de Estudios Estratégicos y Desarrollo Político de la Secretaría General de Gobierno del Estado. Ha llevado la Dirección de Publicaciones y Literatura de la Secult-SLP en dos ocasiones, y fue asesor de Marcelo de los Santos Fraga de 1999 a 2014, en el Ayuntamiento y Gobierno del Estado de SLP, y en Casa de Moneda de México. Ganador de los Premios Nacional de la Juventud en Artes (1995), Manuel José Othón de Poesía (1998) y 20 de Noviembre de Narrativa (2010). Ha publicado los libros de poesía “Loba para principiantes”, “El oscuro linaje del milagro”, “Áreas de esparcimiento”, “Colibrí reversa”, “Materiales de guerra” y “Tu nombre en la hojarasca”. La UAQ editó su poemario “Anfiteatro” dentro de la colección de autores latinoamericanos “A libro mayor” en 2025.