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Ciudad de México (18 de Marzo).- ¿Son los hackers de hoy peores que la generación que les precedió? ¿Eran los hackers de los ’90 mejores técnica y éticamente? ¿Los hackers de hoy sólo quieren dinero? ¿Han dejado de compartir la información a cambio de buenos trabajos? ¿Se han pasado al otro bando y les ‘pone’ colaborar con los servicios secretos? ¿Pero… quedan aún hackers? Es más: ¿queda algo de la ética y la comunidad que eran su fuelle? No es raro escuchar quejas parecidas en boca de los viejos hackers forjados hace 20 o 30 años. Afirmaciones que irritan a la nueva generación. ¿Son ciertas?

En realidad, cada generación de hackers ha criticado duramente a los más jovenes. Es una especie de rito: gt de haber pervertido el arte del hacking, de no saber ni poner atención, de ser unos “script-kiddies” (literalmente, “niños con scripts”, gente que usa programas de hacking sin ser hackers), o unos vándalos hacktivistas. Y esto es así desde el principio, desde los viejos hackers de los 60, escandalizados ante la generación de los 90, como hoy aquella generación se escandaliza de la del año 10.

El antropólogo Steve Mizrach escribió en la década de los 90 un interesante texto, Old Hackers, New Hackers: What’s the Difference?’que sigue estando de actualidad. Mizrach disseccionaba la tendencia al “todo tiempo pasado fue mejor”, muy acusada en la comunidad hacker. El antropólogo ponía, como ejemplo de la inquina de una generación contra la otra, unas palabras de Steven Levy contra los hackers de los 90. Levy es autor, entre otros, del libro ‘Hackers, heroes of the computer revolution’ que narra el nacimiento de la comunidad hacker en los 60-70.

Decía Levy: “El primer grupo se esforzaba por crear, el segundo se esfuerza por destruir y falsificar. El primer grupo amaba tener el control de sus ordenadores, pero el segundo ama el poder que le dan los ordenadores por encima de la gente. El primer grupo siempre buscaba cómo mejorar y simplificar; el segundo sólo explota y manipula. El primer grupo hizo lo que hizo porque había un sentido de verdad y belleza en sus actividades; el segundo grupo hackea por lucro y estatus. El primer grupo era comunal y muy unido, siempre compartiendo de forma abierta nuevos hacks y descubrimientos; el segundo es paranoide, aislado y secreto”.

Según la visión de Levy, los hackers de los 70 eran magos de la informática, mientras que la entonces nueva generación, los hackers de los 90, eran terroristas informáticos, siempre buscando nuevas formas de maldad o vandalismo electrónicos, sin pensar en las consecuencias. El texto de Steve Mizrach, en cambio, minimiza las diferencias entre ambas generaciones que, según él, no eran tantas ni tan insalvables:

‘No son tan diferentes’

“Los hackers de los 90 no son tan diferentes de los hackers de los 60, pues comparten los mismos impulsos libertarios, antiautoritarios y ansias de explorar; es sólo que los hackers de los 60 no entienden la situación en la que vivimos, probablemente porque se dedican a leer literatura hippie de los 60 y no ciencia ficción ciberpunk de los 90″.

Hoy, 20 años después del artículo de Mizrach, la comunidad hacker sigue mitificando a la que llama ‘vieja escuela’, el ‘viejo estilo’, los ‘hackers verdaderos’. Igual como la generación de los 70 se escandalizó cuando Jobs y Wozniak patentaron sus máquinas y programas, la generación de los 90 se escandaliza con la visión orientada a negocio de los jóvenes hackers de 2015 y el “buen rollo” que tienen algunos con las fuerzas de la ley.

Entonces como ahora, existe lo que Mizrach califica de batalla por el nombre ‘hacker’: cada vieja generación cree tener la clave de qué significa y la exclusiva para utilizarlo, mientras que la nueva generación “no tiene ni idea”, prostituye el concepto e incluso los más radicales proponen que no se permite a esos irreverentes jóvenes ser llamados hackers.

Pero, si observamos de cerca, las motivaciones son muy parecidas: “Lo hacen porque se les dice que no, porque las conexiones a menudo llevan a lugares sorprendentes, porque es una actividad básicamente inofensiva, aunque sea declarada no autorizada o incluso ilegal, y porque les da un sensación de dominio y control sobre un problema complejo”.

Es posible, en cambio, que los hackers actuales no estén de acuerdo con la siguiente afirmación, dado que significaría atacar a sus clientes: “Muchos se alinean con una ética hacker que declara que no hackearán al usuario de un ordenador personal sino que sus objetivos serán las grandes e irresponsables corporaciones o las organizaciones burocráticas gubernamentales”.

Para estrechar el abismo entre generaciones, sugiere Mizrach que la generación actual debería rendir tributo a la anterior: “De ella tomaron la jerga y la mayoría de ideas, el estilo, el uso de apodos, el ‘modus operandi’, el amor por la comida basura a altas horas de la noche. Son todos ellos testamentos de la transmisión de la cultura hacker de una generación a otra”.

Y no estaría de más, asegura el antropólogo, que viejos y nuevos hackers se sentasen para “hablar de sus puntos en común más que de sus diferencias. Deberán darse cuenta de que comparten una alienación respecto al sistema existente. Deberán descubrir que tienen motivaciones y principios en común. Y, más importante, deberán parar de competir los unos contra los otros por un título. Los viejos hackers debería ver cómo sus visiones contraculturales fallaron a la hora de tener en cuenta nuevas realidades, y deberán aportar un sentido de comunidad y unos objetivos para los muchas veces traicioneros y fanfarrones nuevos hackers”.