Por: Oswaldo Ríos Twitter: @OSWALDORIOSM

La cantidad de vidas maravillosas, únicas, irrepetibles, plenas, importantes y llenas de esperanza que le han sido arrebatadas a este país por el coronavirus, será una de las mayores vergüenzas que recordaremos en el futuro.

Y no solo es la cantidad, son las personas de carne y hueso detrás de cada indolente y frío número.

Pienso en los rostros de profesionistas, padres, madres, empresarios, médicos, enfermeras, maestras, empleados, estudiantes, campesinos, familiares y amigos que tuvieron que esperar a que llegaran los síntomas tan feroces como inequívocos o a que fuera demasiado tarde para que su sistema inmunológico pudiera hacer algo.

Esos que un día se fueron al hospital sin despedirse, sin saber que ese era el último día que verían a sus hijos y que regresaron en una urna convertidos en cenizas.

Ellas y ellos, los que ni siquiera tuvieron el derecho de ser llorados y velados. Los que libraron extenuantes agonías de muchos días, en la más absoluta de las soledades y que en su viaje a la otra vida, no fueron acompañados por los rezos de sus madres.

¿Qué le vamos a decir como país a todas esas familias que han sido cercenadas de integrantes que estaban en un momento importante de sus vidas y a los que les tocó la desgracia de ser mexicanos en el vergonzoso tiempo del gobierno más inepto y negligente de la historia?

¿Que la culpa es del malvado chino que no hirvió suficiente a un murciélago? ¿Que la culpa es del nefasto gobierno que no quiso hacer pruebas por razones de austeridad? ¿Que la culpa es del infame presidente que sigue mandando el poderoso e idiota mensaje de que no hay que usar cubrebocas? ¿Que la culpa es de inconscientes jóvenes que se van de antro cada fin de semana? ¿Que la culpa es de un gobierno que declara semáforos rojos sin mover un dedo para que se respeten?

No. La respuesta que les dará el responsable de atender la pandemia será tan envilecida como ofensiva. El subsecretario Hugo López les dirá que la culpa es de ellos por tomar refresco.

¿Y los médicos que se contagiaron y murieron por atender sin el equipo o la capacitación suficiente a los enfermos? ¿A ellos también se les va a culpar por hacer su trabajo a niveles heroicos?

¿Y los niños con cáncer que estos días mueren sin medicamentos y sin quimios por la impericia o ruindad de un gobierno que no sabe que el dinero público debe servir sobre todo para salvar vidas?

¿Ellos qué hicieron mal, subsecretario de la sonrisita imbécil?

Qué mal estamos como sociedad para permitir que desde el poder se responda al duelo con cinismo, con sorna y con politiquería.

Curioso. Muchos mexicanos votaron enojados para quitarle el poder al PRI y se lo dieron a MORENA que trata a los mexicanos con la punta del pie, pero ahora esos otrora indignados no se enojan por agravios idénticos, sino que los justifican y algunos en su desvergüenza los aplauden. En su conciencia llevarán los muertos evitables. Los muertos de los que López Obrador no habla. Los muertos que deberían estar vivos. Los muertos de una sociedad agachona e irresponsable.

Es cierto que el actual régimen totalitario silencia, ataca y censura a quienes se atreven a pedir un trato digno para los deudos, pero eso no significa que el anonimato que se les quiere imponer desde el gobierno, será para siempre.

Daría risa, pero da rabia. El político que llamaba asesino a Peña Nieto por la desaparición de 43 jóvenes en un municipio que gobernaba su partido y un alcalde al que él ayudó a hacer campaña, ahora se hace el desentendido de las decenas de miles que mueren por una enfermedad de la que se burló o por las balas de delincuentes a los que consecuenta.

El río de lágrimas no deja de fluir.

El mar de dolor no se acaba de llenar.

La memoria no dejará de decir el nombre de los ausentes.

Rumbo a los casi 50 mil fallecimientos y el medio millón de contagios, el gobierno sigue haciendo lo mismo: manipular las cifras para que la tragedia no parezca tan grave y sepultar en discusiones de politiquería barata, el dolor real y quemante de las familias mutiladas por su sonriente frivolidad.

De las cosas que más indignan de las muertes por COVID, es que las familias de los casi 50 mil fallecidos tuvieron que librar su propia batalla para tener derecho a la verdad en el acta de defunción.

¿Cuántas decenas de miles tuvieron que conformarse con un dictamen que decía una causa cualquiera, como neumonía atípica, sin poder comprobarlo porque en este país las pruebas nunca fueron importantes para el gobierno y sin poder estar cerca de sus pacientes por la dinámica contagiosa de la enfermedad?

Los hospitales colapsan, los antros siguen abiertos, los más egoístas se van de vacaciones, el gobierno sigue mintiendo y hay cretinos que siguen sin usar el cubrebocas.

La vida sigue igual. Los hijos de la rutina o de la necesidad seguirán haciendo lo mismo hasta que la muerte absurda e implacable los alcance.

Pero hay quienes no hacen, no pueden hacer lo mismo que hacían antes.

Quienes han perdido un ser querido ahora miran al cielo preguntando: ¿Por qué?