Astrolabio

  • Fue el precursor de los grupos de defensa del patrimonio histórico en el pueblo frente al proyecto de MSX.
  • La lucha en Cerro de San Pedro dejó múltiples enseñanzas y sirvió como referencia en todo el país, señala.

Texto: José de Jesús Ortiz

Video/fotografía: César Uriel Hernández Acosta

Su nombre está ligado directamente a la lucha social mantenida en las últimas décadas por la defensa de Cerro de San Pedro. Fue quizá el principal precursor –en los primeros años de la década de 1990– del movimiento de rechazo al proyecto de la empresa canadiense Minera San Xavier. Infatigable, recorrió múltiples regiones del país para apoyar y asesorar procesos sociales en contra de la minería depredadora del medio ambiente, que como metástasis se extendió en las dos últimas décadas por el territorio nacional.

De algún modo, Mario Martínez Ramos (1937) simboliza la resistencia frente al proyecto de la minera canadiense en Cerro de San Pedro y frente a la persecución y represión en contra de quienes osaron alzar la voz para defender el patrimonio histórico del poblado. Proveniente de una familia cuyos apellidos se pierden varias generaciones atrás en la historia del pueblo, dice que la lucha al final valió la pena pues, pese a que no se pudo detener la operación de la empresa minera, se logró evitar una destrucción mayor tal como planteaba el proyecto original. “Quedó demostrado que la verdadera lucha no era contra la minera, sino que peleábamos contra el Estado, que era el que protegía los intereses de la empresa”.

Una experiencia de lucha que al final se convirtió en un referente a nivel nacional para otros procesos y movimientos sociales y que dejó múltiples enseñanzas (jurídicas, mediáticas, de organización) como una resistencia frente a las mineras extranjeras, que se apropiaron de territorios y dividieron a las comunidades para poder sacar adelante sus proyectos.

“Creo que no ha habido un movimiento más aguerrido, que haya diseñado estrategias de lucha básicas que sirvieron para otros movimientos y que haya tenido una repercusión nacional como el de Cerro de San Pedro”, señala.

Antes de que el conflicto en Cerro de San Pedro apareciera en su horizonte, Mario (como le llaman sus conocidos y amigos) anduvo por mil caminos, desempeñando múltiples oficios y actividades, muchas vidas: monaguillo, aprendiz de panadero, de carpintero, peón en una granja, marinero en un barco camaronero, fogonero en una corbeta de la Armada, ferrocarrilero, militante muy joven del Partido Comunista, estudiante tardío, titulado como ingeniero hidráulico, empleado de la Reforma Agraria y del IMSS, responsable de una empresa fundidora en la Ciudad de México, entre muchas otras.

Entrevistado en su casa en Cerro de San Pedro, una vieja edificación ya remodelada que perteneció a sus padres y abuelos, rodeado de libros y de recuerdos que se remontan a su infancia en la década de 1940, afirma convencido que el movimiento opositor logró al final derrotar jurídicamente a la minera canadiense, la cual solo pudo operar por la complicidad con el poder político y económico.  También, visto a la distancia, reconoce que como en todo proceso social en el movimiento opositor se cometieron errores, pues fue una lucha a contracorriente de la cual no había una experiencia previa.

La infancia en Cerro de San Pedro

Mario Martínez fue el segundo de ocho hermanos, nació ahí en Cerro de San Pedro. No se recuerda como un mal estudiante ni rebelde, sí como un niño travieso que vagaba por las calles y los cerros cercanos al pueblo. Pese a las reprimendas de su padre, se desaparecía por horas para meterse en las minas y muy pequeño aprendió a nadar en el río.

Su educación primaria la hizo durante los años 40’s en la escuela del pueblo, que funcionaba con un esquema educativo producto del México posrevolucionario conocido como Escuelas Artículo 123, financiadas por las empresas para apoyar a las familias de los trabajadores. Su padre trabajó siempre para la American Smelting and Refining Company (Asarco) como constructor, incluso tiempo después de que la empresa cerró tras la huelga de 1948, sostenida durante varios meses por los trabajadores en demanda de mejores condiciones laborales. En el pueblo, su familia tenía una posición económica desahogada debido al trabajo de su padre y a la tienda de abarrotes que atendía su madre. Fue una de las últimas familias en abandonar Cerro de San Pedro, convertido en un lugar fantasma luego del cierre de las minas.

“Mi papá me platicaba que siempre se ganaban las huelgas, en ese año el emplazamiento se vino por la revisión del contrato que era cada dos años, pero no se llegó a un acuerdo. Los trabajadores decían ‘pues al fin que siempre se gana la huelga y se pagan los salarios caídos’.  Fue en Semana Santa cuando surgió el incendio en la mina principal, mi padre decía que había sido provocado y lo que hizo la empresa fue argumentar ante la Secretaría del Trabajo: ‘la mina se está incendiando, en el tiro principal, y no podemos trabajar’, por lo cual se declaró en quiebra”.

Después de ese hecho que marcaría la historia de Cerro de San Pedro, la Secretaría del Trabajo concedió a la empresa estadounidense el cierre “por causas de fuerza mayor no imputables al patrón”, con lo cual evitó la indemnización a los cerca de 700 trabajadores afectados. Y el pueblo comenzó gradualmente a quedar abandonado.

En su memoria, Mario conserva estampas de aquellos días: “Yo salía de la casa y quería jugar con mis amigos, tenía como 10 años, pero ya no había con quien jugar pues se habían ido muchos niños junto con sus familias. Se veía el pueblo muy triste, sentía feo ver al pueblo y a la gente que aún quedaba, caminando, vivían con tristeza”.

Astrolabio: ¿Tu familia se va a San Luis después del cierre de la empresa?

Mario Martínez Ramos: Mi familia fue de las últimas en irse, yo vi cómo se fueron la mayoría, vi cómo la gente salía diariamente en 1948 y a fines de 1949, el pueblo comenzaba a quedarse solo, sin nadie con quien jugar. Mi padre se quedó a trabajar con la empresa con un grupo de gente, desmantelando todo lo que podían, empacando todo lo que podía usar la Asarco en otros lugares. Ya cuando terminó de hacer todo eso fue cuando el pueblo se comenzó a quedar solo.

Un año después del cierre de las minas en Cerro de San Pedro, su familia se trasladó a la capital potosina. Su padre siguió vinculado a la empresa estadounidense y fue enviado a Zacatecas y a Sinaloa, a la construcción de otras minas y proyectos que estaba por explotar la compañía. Trabajaba como agente constructor para la empresa, viajando de manera constante y radicando por temporadas largas fuera de la ciudad. “También, lo mandaron una época a Taxco, Guerrero, fue como en 1952. Le tocó la construcción de la primera planta de beneficio de lixiviación que hubo en México. Mi padre era constructor viajero, si la empresa tenía que abrir una mina en Sinaloa pues lo mandaban para allá a construir, levantar talleres, castillos, puentes, lo que fuera; terminaba ahí y luego lo mandaban a la ampliación de otras y así. Nos quedamos en San Luis, solos”.

La mala relación con su padre y las discusiones constantes lo hicieron abandonar a muy temprana edad la casa familiar, sobre todo a partir de que su padre se asentó en San Luis, luego de trabajar para la Asarco en diversos estados. “Fui muy golpeado de niño, mi padre siempre me regañaba, fui como la oveja negra de la casa”, afirma. Un día, un amigo le propuso que se fueran al puerto de Tampico de aventura y se fueron en el tren, “de trampa”. Estuvieron en aquella ciudad cerca de dos meses trabajando en lo que podían. Al volver, su padre lo puso a trabajar con él en su taller de carpintería. “No me pagaba, nada, parece que solo por dejarme dormir en la casa era la paga, veía que no traía zapatos y no me compraba. No era para decirme ‘tenga su domingo’. Fue muy duro”.

A: ¿Te saliste muy joven de tu casa?

MMR: Sí, a los 14 años. Me fui a México, luego a los 15 años a Estados Unidos con otro amigo; me metían preso, me agarraban y me regresaban, me aventaban por Matamoros y luego yo volvía a entrar por Ciudad Juárez y así anduve un tiempo. Trabajé en la Presa del Camarón en Puerto Isabel, estuve también en un barco camaronero. Luego, en México estuve en un taller de carpintería en un hotel de Acapulco, como ocho meses. Luego me vine a San Luis otra vez, de aquí me fui a Guadalajara como año y medio, luego me fui a una playa, en Jalisco.

Además del barco camaronero, trabajó durante una temporada en una corbeta de la Armada, con la cual recorrió buena parte del Golfo de México. Su labor era atender las indicaciones del cabo de mar y meter las velocidades. Todo ese periplo terminó en marzo de 1961 –a punto de vencer su contrato por dos años en el barco–, cuando ingresó a Ferrocarriles Nacionales de México gracias al apoyo de una amiga de su madre, quien le insistía que se regresara. “Mi mamá sí me quería mucho, siempre me mandaba telegramas para preguntarme cómo estaba y decirme que me regresara. De no ser por ella no hubiera regresado a San Luis”.

La escuela, la familia, la militancia

Asentado ya en la capital potosina, con la estabilidad del trabajo en Ferrocarriles el cual mantuvo hasta 1986, comenzó una etapa de militancia política en el Partido Comunista (PC), entonces en la semiclandestinidad. Carlos, su hermano mayor, militaba ya en ese partido y él siguió su camino, aunque precisa que su militancia comenzó mucho antes.

Recuerda aquellos años como una época en la que el trabajo político se hacía por ideales y convicción. Las oficinas del partido se encontraban en el centro de la ciudad, en un cuarto de vecindad, en la calle de Rayón, cerca de Pascual M. Hernández. Era la época de Prisciliano Pérez como dirigente comunista, la década convulsa de 1960. Una militancia que definiría su visión del mundo.

A: ¿A qué edad entraste al PC?

MMR: Pues muy chico. Ya me había casado. Cuando me dieron la planta en Ferrocarriles, como en 1964, todavía estaba en el partido, salía de trabajar a las tres de la tarde, comía, me bañaba y me iba un rato ahí al partido. El dirigente era Prisciliano, a él lo meten a la cárcel en 1968 después del seis de julio con la manifestación por la Revolución cubana, se va a México al día siguiente y ahí lo agarraron. Mi hermano Carlos y Carlos López Torres disputaron entonces la dirección del partido, se quedó Carlos López.

“En ese tiempo yo iba mucho al partido, me iba a estudiar ahí. Un día llega Carlos López y me dice: ‘Oye, qué estudios tienes tú’. Le dije que solo hasta la primaria, que pensaba entrar a secundaria, pero se había pasado ya la época de inscripciones. Y me dice: ‘Ese no es problema, ¡vente!’. Él daba clases en una escuela que estaba por el Jardín de la Merced. Me llevó a la dirección y dijo ‘aquí este compañero quiere estudiar’, y me dijeron ‘pues véngase mañana’. Hice la escuela nocturna, de seis a 10 de la noche”.

El activismo político que realizaba en el Partido Comunista consistía en esencia en trabajo de difusión, de propaganda, de pintas en las calles, de pegar posters o pequeños carteles durante las madrugadas. Un partido entonces proscrito, por lo cual “si te agarraban ibas a la cárcel”.

Dice que eran un puñado de militantes en el PC, aunque –al operar de forma semiclandestina– nunca se conocían todos pues el trabajo estaba dividido en grupos. “Para entrar al partido era un rollo, tenías que ser recomendado y tenías que haber sido observado, entrabas por recomendaciones, como los masones. Luego empezó a entrar mucha gente en el PC, gente sin mucha formación anterior, política”. Producto de las pugnas internas, de la línea seguida por el PC, de forma gradual muchos comenzaron a abandonar el activismo y la militancia en el partido. En su caso, lo dejó en 1981 cuando ese partido se fusionó con otras organizaciones políticas para constituir el Partido Socialista Unificado de México (PSUM).

Luego de terminar la secundaria, a principios de la década de 1970 ingresó a la Preparatoria Tres de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, donde le tocó ser parte de otros procesos políticos a nivel estudiantil, entre ellos organizar una sociedad de alumnos a través de un Consejo de Representantes, “era como la moda de aquella época, se decía que a un presidente lo corrompían fácilmente, pero a un Consejo era más difícil pues había que corromperlos a todos, además de que era más democrático”.

Participó también, desde la Preparatoria, en el movimiento estudiantil que encabezara José Luis Sandoval al frente de la Federación Universitaria Potosina y Javier Martínez Ramos (su hermano menor), en la secretaría general. Un movimiento disruptivo en la política estudiantil tradicional que se hacía en la Universidad, desarticulado de forma implacable por la Rectoría luego de que se vinculara con la lucha campesina –en la Huasteca– del Campamento Tierra y Libertad, de Eusebio García.

A la par del activismo político, continuó con su formación académica y en 1975 ingresó a la Facultad de Ingeniería para estudiar la carrera de Topógrafo hidrólogo, que terminó en 1979. Tenía ya tres hijos. Luego realizaría una especialidad en la misma universidad y despeñaría diversos trabajos: en el IMSS y en la Reforma Agraria, además de otras actividades en la Ciudad de México, entre ellas al frente de una empresa fundidora. El trabajo en Ferrocarriles lo dejaría en 1986. Es en esos años de finales de la década de 1980 cuando comienza a interesarse más de lleno por la problemática en Cerro de San Pedro. “Yo nunca dejé Cerro de San Pedro, aunque estuviera fuera siempre venía al pueblo, aunque estuviera 15 días en la ciudad siempre venía, me gustaba venir”.  

La defensa del patrimonio en Cerro de San Pedro

Mario Martínez recuerda como si fuera ayer el momento en que se comienza a gestar un primer grupo de vecinos en Cerro de San Pedro, a principios de los años 90’s, germen de la oposición en contra del proyecto de la empresa Minera San Xavier, subsidiaria de la canadiense Metallica Resources. A inicios de esa década, personas que como él habían vivido por muchos años fuera de la cabecera municipal, comienzan a regresar al pueblo y a remodelar sus casas, como Jesús de Alba y Socorro Brieño, entre otros. Algunos con la intención de hacer mejoras en su vivienda, otros con el fin de impulsar espacios para el turismo, pequeños hoteles y restaurantes.

Es a partir de la deficiencia y falta de servicios públicos (agua, luz, caminos) que comienza a gestarse un pequeño grupo de vecinos en el pueblo para exigir a las autoridades municipales la dotación de mejores servicios, así nació una primera organización a la que se nombró Consejo de Representantes.

“Me tocó trabajar en todas las comunidades, Jesús María, Portezuelo, Monte Caldera; las comunidades de Cerro de San Pedro las recorrí todas, diciéndoles que el municipio no solo el pueblo requería de mejores servicios, que muchas comunidades no tenían agua, que había que hacer buenos caminos de acceso pues ni siquiera el camino principal a San Luis era bueno”.

Es en ese contexto cuando llega la Minera San Xavier (hacia 1994), para comenzar con la exploración del terreno y luego a tramitar los permisos para operar su proyecto de tajo a cielo abierto. Enterados en el pueblo de las implicaciones que tendría este proyecto, que afectaría las construcciones históricas, se formó en 1996 el Patronato Pro Defensa de Cerro de San Pedro.

En los meses y años siguientes se sumarían a la lucha por la defensa de Cerro de San Pedro múltiples organizaciones y activistas, como la doctora Angelina Núñez, de Pro San Luis Ecológico y Educación y Defensa Ambiental, que había jugado un papel central en contra del confinamiento de desechos peligrosos de la empresa Metalclad, en Guadalcázar; también,  la Unión de Vecinos de la Florida, de Real del Potosí, el Frente Cívico de Soledad de Graciano Sánchez, el Frente Cívico Potosino, el Nava Partido Político y otras asociaciones civiles, como la de comerciantes del Mercado de Abastos. A inicios de la década del 2000, llegarían colectivos como el Huachichil, Colectivo Azul, Revolucionarte, Las Ramonas (estos últimos integrado por mujeres), “que eran grupos pequeños, pero actuaban como si fueran miles… Así se formó el Frente Amplio Opositor (FAO), con muchas organizaciones y colectivos que se unieron”.

La derrota a MSX y la lucha contra el Estado

A sus 85 años, evalúa de forma positiva lo logrado en la lucha por Cerro de San Pedro, un referente para otros procesos sociales como el de la Sierra de San Miguelito, donde participan algunos activistas que formaron parte del FAO. También, reconoce que en el caso de Cerro de San Pedro se pudieron haber cometido errores pues no había una experiencia previa que sirviera como referente en la estrategia que se aplicó, tanto en el campo jurídico como social. Fue un aprendizaje permanente para el FAO, heredado a otros procesos de lucha.

A: Fuiste precursor de los grupos opositores que mantuvieron la defensa de Cerro de San Pedro, visto a la distancia, ¿cuál es la valoración que haces de todo este proceso?

MMR: Para mí fue, sino un éxito al 100 por ciento, sí un proceso que salió más allá de Cerro de San Pedro, algo que benefició en buena parte al país porque con la llegada de la Minera San Xavier, y derivado del Tratado de Libre Comercio, llegaron un montón de mineras, se les abrió la puerta, se modificaron las leyes para beneficiarlas, como la Ley Minera, la Ley de Inversión Extranjera… Cerro de San Pedro fue el primer caso de una comunidad que se opuso a un proyecto minero a nivel nacional.

“Nosotros aprendimos mucho, al grado que después nos llamaban al FAO de cualquier proyecto minero que se presentara en alguna comunidad: en Baja California, en Chihuahua, en Chiapas, en Oaxaca, en Guerrero, nos preguntaban cómo le habíamos hecho. Nuestra lucha fue el ejemplo, nos dedicamos por años a asesorar a otras comunidades que tenían el mismo problema con las mineras, muchas se salvaron”.

Parte central de la estrategia aplicada en el caso de Cerro de San Pedro, fue la organización y movilización social a través de un tejido muy amplio de organizaciones y colectivos que integraron el FAO, además de una estrategia mediática particularmente con medios de la Ciudad de México. Una etapa de movilización y de acciones colectivas que tuvo su mayor fuerza entre 2005 y 2009, que es cuando la lucha en Cerro de San Pedro se vuelve un referente para otros procesos.

A lo anterior, agrega, se sumó la estrategia jurídica para detener a la empresa minera: “Nosotros dimos la batalla a pesar de que las condiciones en aquel tiempo eran muy adversas, logramos que un tribunal superior federal anulara el permiso ambiental y el de cambio de uso de suelo que dio la Secretaría del Medio Ambiente para que la empresa trabajara, y nosotros se lo tumbamos. Eso es una hazaña en un régimen como el de aquel tiempo, ahorita es fácil, pero en aquel tiempo no y logramos tumbar ese permiso principal; le tumbamos la tierra del ejido, dejamos a la minera sin tierra; no tenía permiso de explosivos porque logramos amparos para que no se afectara al ejido; logramos una suspensión para que el Instituto Nacional de Antropología e Historia no diera permisos para afectar el patrimonio histórico cultural; nos dieron amparos definitivos para que el ayuntamiento no otorgara los permisos para proyectos de este tipo. Los acabamos jurídicamente”.

A: A pesar de todos estos logros, ¿al final la Minera San Xavier pudo operar y sacar adelante su proyecto?

MMR: Sí, nos dimos cuenta de que a las mineras por sí solas se les puede derrotar y eso lo demostramos en Cerro de San Pedro, la dejamos sin un solo permiso. ¿Qué fue lo que pasó al final? Pues que ya cuando no quedó más remedio, ahí es donde interviene el Estado, de lleno. En este caso viene a San Luis el presidente Vicente Fox, llama al presidente municipal y le dice: ‘Da el permiso’ y lo amenaza. Todavía esta persona (Oscar Loredo, el presidente municipal de Cerro de San Pedro) se niega, no da los permisos que le corresponden al municipio, viene gente de Gobernación, se lo llevan a México un jueves, allá lo amenaza de nuevo el presidente, lo regresan aquí el viernes; el sábado hace una asamblea (en el Cabildo) y llorando les dice a los regidores ‘hay que dar los permisos municipales porque estoy amenazado, háganlo por mi vida, me amenazó el presidente de la República, me amenazó el gobernador, la minera me tiene amenazado’. Y todavía así, solo la mitad de regidores dieron el permiso”.

Solo así, la minera canadiense pudo sacar adelante su proyecto en Cerro de San Pedro. También, hacia 2006-2009, con Marcelo de los Santos en el gobierno estatal, se desarrolló una etapa de represión al movimiento opositor: amenazas a los abogados que asesoraban jurídicamente, persecución en contra de diversos activistas como la doctora Angelina Núñez, Enrique Rivera Sierra (quien tuvo que salir del país y refugiarse en Canadá), Carlos Covarrubias, Martín Faz Mora, jóvenes, mujeres y hombres, integrados en diversos colectivos. “Una represión brutal, a mí me trataron de asesinar, me amenazaron de muerte”.

A: ¿Es a partir de la extorsión, de la corrupción, de la amenaza, de la represión, como pudo operar la Minera San Xavier?

MMR: Sí, es como entra a trabajar, y sin permisos. Ahí es cuando entra el Estado directamente para sacar adelante el proyecto; los medios de comunicación todos contra nosotros, una campaña terrible, nos acusaban de enemigos del progreso, nos acusaron de tantas cosas, la Iglesia también en contra de nosotros. Se vino una represión muy fuerte. En tribunales de distrito, colegiados, tumban todos los amparos sin ningún argumento y así entra la minera con el apoyo del Estado. Quedó demostrado lo que nosotros decíamos: que la verdadera lucha no era contra la minera, sino que peleábamos contra el Estado, que era el que protegía los intereses de la empresa.

Finalmente, no tiene duda alguna, considera que pese a la intervención de los gobiernos estatal y federal (de Marcelo de los Santos y Vicente Fox, en particular), se logró evitar la destrucción del pueblo. “Si hubiera habido una pérdida total en la lucha, no estaríamos aquí sentados, originalmente el proyecto implicaba la desaparición del pueblo”.

Y concluye con vehemencia: “El gobierno tuvo que ceder y digo el gobierno y no la minera porque la lucha que se libró aquí no fue contra la minera, fue contra el sistema, las mineras son débiles, social y jurídicamente, nosotros les ganamos todas”.

La mañana transcurre en Cerro de San Pedro, la conversación con don Mario Martínez Ramos es inagotable, llena de vivencias, la memoria intacta. Afuera de la vieja casona, se escucha el bullicio de la gente que los domingos acude de manera tumultuosa al pueblo histórico, pese al tajo que se observa desde lejos, a unos metros apenas de la Iglesia. En la calle, mientras camina y recuerda detalles de un tiempo remoto, la gente lo reconoce y saluda. Al final del camino, el lugar donde creció y fue feliz.

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