Texto y fotografías de María Ruiz
Una niña señala emocionada hacia arriba. Del otro lado del jardín, un correcaminos atraviesa corriendo entre las personas, aparece detrás de una fila de espectadores y vuelve a desaparecer. Algunos niños se levantan para seguirlo con la mirada; otros ríen mientras una ardilla glotona roba la atención desde otro extremo del espacio. Después surge un venadito de ojos enormes que intenta hablar con el público, pero las palabras parecen atorarse antes de salir. Más adelante, un tlacuache aparece entre música y baile, y un perrito comienza a conducir una historia que habla de algo más grande que él mismo.
No es un teatro cerrado ni un espacio al que el público llega sabiendo exactamente lo que verá. Es un jardín público donde la vida cotidiana continúa alrededor: personas que caminaban rumbo a otro sitio reducen la velocidad y se detienen; familias enteras toman asiento de manera improvisada; algunos observan primero desde lejos y después terminan involucrándose en una historia que parece haberlos alcanzado por sorpresa.
Algo ocurre durante Potosinillos de Corazón: el espacio deja de ser únicamente un lugar de tránsito para convertirse en un lugar donde quedarse.
Beneficiario del PECDA 2025 y encabezado por Luis Nicolás Alfonso, conocido artísticamente como “El Cachorro”, junto con Sandra Delgado y la compañía Monini, el proyecto une música original y títeres de gran formato para construir una experiencia escénica inspirada en la fauna y la flora de las cuatro regiones de San Luis Potosí. Pero debajo de las canciones y los personajes aparecen otras conversaciones: el cuidado animal, la empatía, la diversidad, el abandono y aquello que significa crecer en tiempos en los que las infancias parecen recibir cada vez menos espacios para la sensibilidad.
La intención nunca fue crear únicamente un espectáculo para niñas y niños. La propuesta buscaba construir un lenguaje que dialogara con ellos desde otro lugar. Luis Nicolás explica:
“Es un proyecto que se hizo pensando en las infancias de San Luis propiamente, pero exportable totalmente; este espectáculo está para presentarse en cualquier parte de la República representando justamente a San Luis, porque habla de las cuatro regiones del estado”.
Pero hablar de las cuatro regiones nunca significó convertir la propuesta en una clase de geografía disfrazada de espectáculo. Los animales debían tener personalidad, emociones y rasgos con los que las niñas y los niños pudieran identificarse. Detrás de esa construcción hubo una investigación cuidadosa.
Sandra Delgado recuerda:
“Tuvimos mucho cuidado; evidentemente no somos biólogos, tratamos de abordar el tema con mucho respeto”, dijo. “Tratamos de investigar las cuatro regiones de San Luis con sus animalitos que fueran representativos”.
Además, buscaban escapar de personajes demasiado previsibles.
“Hay muchísimo, ¿sabes? Me quedé con ganas de hacer al camaleón cornudo de aquí de la ciudad. Nada más que sí necesitábamos puntualizar algunas cosas que no fueran tan comunes, que no fueran recursos ya vistos para tratar de ser originales dentro de lo que creamos”.
Y esa búsqueda termina sintiéndose sobre el escenario.

El venadito protagonista aparece desde los primeros minutos intentando expresarse, pero encuentra dificultades para hablar. Las palabras le cuestan trabajo. No se trata de un personaje definido por esa dificultad: sigue siendo curioso, alegre y protagonista; simplemente habla de otra manera.
La escena abre una lectura adicional: las niñas y los niños que viven dificultades del lenguaje o utilizan distintas formas de comunicación también pueden verse reflejados dentro de la historia.
Más adelante surge un ave perteneciente a la Huasteca potosina que encuentra dificultades para expresarse desde su propio dialecto y necesita intérpretes para comunicarse con el público.
Sin necesidad de explicaciones evidentes, la escena habla también de diversidad lingüística y de la necesidad de escuchar otras formas de nombrar el mundo.
Sandra Delgado explica que, desde el principio, la intención fue construir personajes infantiles.
“Los personajes protagónicos, que son los que presentan la historia, los quisimos hacer niños; a pesar de que son animalitos, son niños”, señala. Y agrega: “De hecho los amamos, los agarramos con un cariño impresionante y tratamos de crear un vínculo con los niños de niño a niño. ¿Qué hablaría un niño? Hablaría directamente”.
La construcción musical siguió una lógica parecida. Las canciones no nacieron únicamente para acompañar una escena; fueron concebidas desde una intención concreta sobre aquello que querían decirles a las infancias.
Luis Nicolás explica:
“La composición de las letras se hizo pensando en flora y fauna y pensando en los niños, pero sobre todo es flora y fauna, protección de flora y fauna de San Luis”.
La frase ayuda a entender que las canciones no hablan simplemente de animales; hablan sobre cuidado, convivencia y sobre aquello que implica compartir el mundo con otras formas de vida. Incluso el proceso de producción musical siguió una dinámica particular.
“Lo que a mí se me ocurrió era grabarlo todo. Yo tengo un estudio de grabación y se me ocurrió grabarlo todo para que fuera más sencillo para los músicos aprenderse lo que ellos habían grabado”, dijo. “Los sometí a que fuéramos grabando canción por canción y entonces sería más sencillo para todos recordar a través de ensayos y grabación”.

La decisión parece técnica, pero termina reflejándose en el escenario. La música y los personajes parecen respirar juntos; las percusiones, los arreglos y algunas sonoridades cercanas a las tradiciones regionales acompañan la narrativa sin sentirse rígidas.
La propuesta tampoco busca refugiarse en fórmulas musicales infantiles tradicionales. Por el contrario, decidió asumir riesgos.
“No sé si lo notaste, hay un corrido tumbado y una cumbia rebajada”.
La frase de Luis Nicolás provoca una sonrisa porque explica una de las apuestas más inesperadas del proyecto.
“No todo en el corrido tumbado debe ser feo ni malo, ni hablar de cosas feas”. Y continúa: “Mi esposa me dijo: hay que arriesgarnos a hacer esto”.
La decisión consistió en tomar lenguajes musicales contemporáneos y modificar por completo las historias que suelen acompañarlos.
Así aparece un corrido tumbado que habla sobre perritos en situación de calle; perros que buscan algo profundamente simple: afecto, cuidado y un hogar. La canción conmueve porque evita convertirse en sermón. Habla del abandono, pero también de responsabilidad y empatía.
Después llega una cumbia rebajada dedicada al tlacuache. La energía del espacio cambia por completo: los niños comienzan a bailar, luego algunos adultos se suman, y las fronteras entre espectadores y escenario desaparecen.
La elección del personaje tampoco es casual. El tlacuache, como otras especies representadas durante la puesta en escena, suele convertirse en víctima de la desinformación y el miedo. Lo mismo ocurre con el armadillo, otra de las especies recuperadas dentro de la narrativa.
Animales que forman parte de los ecosistemas locales y que frecuentemente son perseguidos o asesinados por desconocimiento terminan apareciendo desde otro lugar: uno donde generan cercanía y afecto.
Mientras tanto, el correcaminos continúa atravesando el espacio. Corre entre los espectadores, aparece, desaparece y provoca risas. El perrito protagonista sigue llevando pequeñas historias entre capítulo y capítulo.

Los títeres participan de manera esencial en toda esa experiencia. No son pequeñas figuras observadas a distancia; son personajes de grandes dimensiones que atraviesan físicamente el espacio y caminan entre las personas.
Sandra Delgado explica:
“El proyecto nació así y se empezó así: música para niños, pero asistida con títeres”. Y añade: “Los títeres al servicio de la música. ¿Por qué? Porque es ilustrativo, porque se vuelve algo llamativo y se vuelve una experiencia tanto auditiva como visual”.
La decisión también responde a una realidad contemporánea.
“Los niños de hoy reciben mucha información a través de lo visual, de las pantallas y todo eso”.
Pero quizá la conversación más profunda aparece cuando se habla sobre las infancias y el contexto actual. Sandra lo resume así:
“Nosotros aprovechamos esta oportunidad para desarrollar justamente algo con trascendencia e importancia para los niños; no desperdiciar y hablar de cosas simples y vanas, sino de cosas que tuvieran de verdad relevancia en nuestra sociedad hoy para los niños”.
Y alrededor de la función parece ocurrir precisamente eso: personas que se quedaron cuando iban de paso, niños siguiendo a un correcaminos, adultos bailando una cumbia junto a un tlacuache. Risas. Silencios. Un perrito cantando sobre la necesidad de encontrar un hogar.
Historias pequeñas sobre animales que terminan hablando de algo mucho más grande. Aquello que una infancia necesita para crecer, sentirse escuchada, reconocida y acompañada.





