Oswaldo Ríos Medrano

En su stand up del pasado miércoles 30 de enero (no se le puede llamar “conferencia” a esos monólogos a modo), el presidente Andrés Manuel López Obrador soltó una de sus habituales estridentes declaraciones que logran imponer la agenda mediática, pero que no resisten el análisis racional más elemental. A los resignados reporteros de la fuente presidencial, les dijo:

“Eso es lo que me importa, bajar el número de homicidios, de robos, que no haya secuestros. Eso es lo fundamental, no lo espectacular. Se perdió mucho tiempo en eso y no se resolvió nada. Oficialmente ya no hay guerra, nosotros queremos la paz”

Curiosa declaración la del titular de un Poder Ejecutivo que ha cumplido sus dos primeros meses al frente del gobierno con casi cuatro mil homicidios dolosos; una tragedia producto del robo de combustible con 122 víctimas mortales en Tlahuelilpan; una amenaza directa al presidente de la República en una manta del crimen organizado; y noticias frecuentes de balaceras y ejecuciones en casi todo el territorio nacional.

¿Ya se acabó la guerra contra el narco dice el presidente López Obrador? Ojalá pueda decirnos quién la ganó, porque a los mexicanos nos queda claro que quienes la perdemos todos los días somos los ciudadanos.

Suponiendo que el presidente se refiera solamente al narcotráfico, hecho que luego pareció confirmar cuando dijo que “no se han detenido capos porque no es esa nuestra función principal”, alguien debería informarle que uno de los grandes problemas que generó la complacencia de los gobiernos anteriores a Felipe Calderón con los cárteles de la droga, fue precisamente que estos grupos acrecentaron tal poder económico, armas, territorios y de corrupción, que sus actividades ilícitas derivaron en otros giros delictivos altamente lucrativos como la extorsión, la trata de personas, el secuestro o el narcomenudeo.

La declaración de que “oficialmente ya no hay guerra” es coherente con sus reiterados pronunciamientos en campaña de “regresar al Ejército a los cuárteles”, “dar abrazos, no balazos” y “becarios, no sicarios”, pero es una pena que ese discurso demagógico no le alcance para reconocer que la estrategia de seguridad contra el crimen organizado era necesaria (a pesar de sus errores), y que lo que él hizo como candidato, fue lucrar de una forma miserable con el dolor y la tragedia de las víctimas de la delincuencia

A pesar de los ocurrentes discursos, es evidente que López Obrador tiene plena conciencia de sus medias verdades o sus mentiras completas. La prueba más palpable es el clima de violencia casi generalizado en todo el país y recrudecido a niveles escandalosos en no pocos municipios, lo que le ha llevado a defender tozudamente su demencial propuesta de reformar la Constitución mexicana para legalizar el uso permanente de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública y la creación de una Guardia Nacional (como la tienen todas las dictaduras que se precien de serlo) con mando militar.

Como se recordará, esa propuesta de modificación constitucional fue aprobada por Morena y sus amorosos aliados del PRI (el descarado PRIMOR) y ha pasado al Senado de la República, en donde habrá de ser analizada, discutida y votada en los próximos días. El problema para el partido de López Obrador es que ni siquiera con los votos primorosos les alcanza para obtener la mayoría calificada (dos terceras partes de los 128 senadores que componen la Cámara) y que el PAN ya ha anunciado que votará en contra de la iniciativa presidencial.

Frente a ese escenario, el secretario de Seguridad Pública Alfonso Durazo chantajeó a los senadores de oposición con que, si no se aprueba la militarización en la Constitución, el gobierno federal retirará a la milicia de las calles (cuya presencia, según el gobierno federal, es inconstitucional) para honrar su “compromiso de respetar la Constitución”. ¡Plop! Salieron más calderonistas que Calderón.

En fin, López Obrador está atrapado una vez más entre la realidad y sus fantasías. Si la guerra contra la delincuencia se acabó, ¿para qué quiere una Guardia Nacional militarizada? Pero, si la guerra seguirá y se aferrará a la militarización del país, incluso con mayor fuerza que Felipe Calderón, ¿con qué tipo de salsa va a acompañar todas las palabras que se tendrá que tragar?

Presidente: si ya se acabó la guerra, díganos en su próximo stand up quién la ganó.

 

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