Adriana Ochoa
Insultado en público, asaeteado por encargo en espacios mediáticos, ninguneado en los tapancos de la inicial campaña del candidato a gobernador Fernando Toranzo Fernández, un muy joven presidente del PRI, Aurelio Gancedo Rodríguez, consideró que presentar su renuncia la jefa nacional del tricolor, Beatriz Predes Rangel, era lo más adecuado.
Había llegado ahí ascendiendo por necesidad institucional ante una serie de renuncias y desplazamientos en la dirigencia estatal. Priista convencido desde niño, metido en mítines incluso con el chaleco escolar, lo invadió el entusiasmo ante la oportunidad de trabajar en su partido para recuperar la gubernatura. El entusiasmo le duró muy poco.
El candidato Toranzo había ganado la interna. No era el favorito oficial, pero había que arrancar campaña. Una vez candidato, las presiones de Toranzo sobre Gancedo como presidente se intensificaron. Y un coro de torancistas de impresión en 3D, todos en competencia por demostrar su nueva fe en el candidato, le hicieron segunda con malos modos, comentarios hirientes y golpeteo sin firma en medios.
El joven Gancedo supuso que el clima infame en contra suya en San Luis tenía clara conexión con los deseos de su dirigencia nacional. Creyó que debía irse para no estorbar el camino a una posibilidad de triunfo en aquella elección de 2009, con un PAN echado en la hamaca y dividido. Supuso que una vez candidato, Toranzo era jefe real el PRI en SLP y lo sensato era hacerse a un lado para el candidato y el torancismo diseñaran el alineamiento para disputar también alcaldías y diputaciones.
Una Beatriz Paredes seria y dura lo sacó de su error. Le puso un rapapolvo monumental por no entender. Le ordenó regresarse a San Luis y ponerse a trabajar en la selección de candidatos, encargarse de operar la elección y no hacer caso de los malos modos candidato a gobernador. “En San Luis no hay gobernador priista; Toranzo es can-di-da-to”, le silabeó la tlaxcalteca.
Que si Toranzo y adláteres priistas se morían por tener la dirigencia del PRI como clan faccioso, que primero ganaran la elección. No iba el CEN a regalarles el control estatal del PRI para que se repartieran las candidaturas con más potencial de triunfo como botín.
Con doña Beatriz al frente en 2009, el PRI se recuperó tras las derrotas presidenciales de 2000 y 2006. El partido ganó 15 de las 21 elecciones de gubernaturas que enfrentó, manteniendo bastiones y recuperando como San Luis Potosí y Querétaro.
Hoy, de ese PRI que recuperó la gubernatura queda el recuerdo y una paradoja política anestésica. La contienda por la gubernatura de 2027 ya ha comenzado en los hechos, pero el PRI potosino apenas despierta como si la cita fuera dentro de un siglo.
Morena y el Partido Verde no disimulan sus prisas por tomar ventaja para el arranque formal. Despliegan artificios, disfrazan campañas precoces y movilizan recursos masivos sin el menor empacho institucional. Se inventan causas, defensas épicas de valores abstractos como la Patria. Todo sirve para tomar la calle antes de tiempo y moldear la voluntad de un electorado exhausto.
Frente a ese despliegue, los árbitros electorales, nacionales y locales, se ponen de perfil. El INE y el Ceepac miran hacia otro lado, silbando ante infracciones flagrantes a la norma. Como si no fueran evidentes los actos anticipados de campaña, el INE aplaza emitir lineamientos para regular las actividades políticas previas al inicio formal del proceso electoral.
Potosino, civilista, el consejero Martín Faz Mora advirtió en la sesión del Consejo General que retrasar los lineamientos afecta la certeza de los procesos internos y pone en entredicho la equidad de las futuras contiendas electorales. Xavier Nava, dirigente estatal de Somos México, llevó denuncia al INE en SLP contra los festejos “de aniversario” de la gallardía en San Luis Potosí y en Ciudad Valles.
La omisión institucional no es una sorpresa. La ventaja se construye rompiendo reglas que nadie se atreve a sancionar. Si la cancha está abierta y las sanciones son inexistentes, la respuesta opositora no puede ser el respeto pusilánime al calendario. Quedarse paralizados es condenarse al entierro.
Morena y el oficialismo local inventan comités defensores y fiestas masivas “de aniversario”. La autoridad electoral es casi decorativa. Sin embargo, las dirigencias de oposición tradicional, PRI, PAN y MC, prefieren la comodidad del naufragio. Flotan sobre la corriente, sordas al ruido exterior.
Sus metas caben en el espacio reducido de una lista de representación proporcional para asegurar el sueldo. Son liderazgos atontados y empachados de privilegios menores. Se tragan con ansia las migajas que la estructura bajo su control les permite devorar antes del colapso definitivo.
En el PAN hay quien no esperó a que su dirigencia local le marcara rumbo y se puso a atender la estrategia nacional, similar a la de Morena. Si la autoridad electoral no va a impedir que Morena o el Verde se promuevan, es un suicidio no contrarrestar.
Pero en el PRI, la mejor fotografía del momento que vive el partido la dio Alejandra Méndez Rosas, secretaria general del Comité Municipal del PRI, con el aspirante a la gubernatura Gerardo Sánchez Zumaya, registrado como “defensor” de la Patria y la soberanía por el PT y aspirante a gobernador. Una vez pública la foto, la renuncia de Méndez Rosas no tardó.
El mensaje de su dimisión le puso los acentos que faltaban: el único proyecto de la dirigencia priista que conoció Méndez Rosas es dar empleo a sus acólitos más cercanos. Un clientelismo microscópico y parasitario que destruye cualquier atisbo de competitividad electoral. Su partido, sin trabajo de tal, pretende llegar al banquete de 2027 en la mera simulación. Como decían las abuelas: sirviendo rebanadas de aire y cucharadas de viento.
Mientras tanto, en la capital potosina, el alcalde Enrique Galindo intenta dar la pelea. Se mantiene como la única figura con tracción real y voluntad de resistencia frente al poder estatal.
El alcalde ha demostrado capacidad de gestión y competitividad en las urnas, pero debe remar contracorriente empujando lastres pesadísimos dentro de su propio partido. El PRI en soledad no tiene destino. Las dirigencias locales de su coalición empiezan a fungir como anclas de plomo.
Y lo peor es que a sus jefaturas nacionales tampoco se les ven proyecto y parecen haberles regalado el privilegio de usar sus dirigencias solo para flotar solo en provecho propio y de sus camarillas.
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.
Adriana Ochoa es periodista desde 1988. Actualmente es directora de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y docente titular de Organización Política y Ciudadanía.






