Por Victoriano Martínez

Poco duró la emoción de sentir que se comenzaba a salir de la contingencia sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus Covid-19 al transitar, hace dos semanas, del naranja al amarillo en el semáforo epidemiológico.

Y es porque la urgencia generalizada aparece más enfocada en relajar al máximo las medidas sanitarias, de tal suerte que, si el nivel de riesgo se considera menor, no hay capacidad de reconocer el grado en que se reduce el peligro de contagio, a pesar de que las autoridades de salud presenten una lista de las actividades permitidas.

Se señala la irresponsabilidad social para tener a un culpable del incremento en los efectos negativos de la pandemia que obligan a regresar a endurecer las medidas de control, pero al mismo tiempo ese ente responsable, que somos todos y nadie a la vez, aligera la parte de compromiso que cada uno debiera tener para contribuir a la solución.

Las noticias de rebrotes y la vuelta de algunos países a medidas extremas de cuarentenas, incluso con declaratorias de toques de queda, no pueden ser tomadas como justificación para pensar que ese es el comportamiento del virus independientemente de la participación que se tenga en las medidas locales.

Como antecedente, en junio se pasó de rojo a naranja, pero para el 20 de julio se estaba de regreso en rojo. Un retroceso que mostró que no se entendió que los indicadores que definen el nivel de riesgo provocado por la pandemia marcan un regreso gradual a lo que desde entonces se llamó nueva normalidad.

Peor aún, un segundo regreso a un nivel de mayor riesgo provocado por haber relajado las medidas de control sanitario es un preocupante indicador del alto grado de dificultad para que, como sociedad, se tome conciencia del grado de contribución que representa que cada uno asuma las medidas sanitarias para abrir espacio a más actividades.

Las actitudes preventivas son el verdadero indicador de una población solidaria con sus semejantes. Fallar dos veces en lo avanzado, y ahora volver del amarillo al naranja que bien pudo ser hasta el rojo, no es para buscar la razón en la irresponsabilidad social, sino más bien para enfocarse y comprometerse con hallar la solución en la responsabilidad individual.

En siete meses de pandemia, una de las lecciones ha sido la necesidad de encontrar un equilibrio entre la protección a la salud de todos y evitar un colapso en la economía. Una situación que obliga a encontrar una fórmula en la que necesariamente cada persona está obligada a una conducta prudente en la que tome providencias para no contagiar, ni contagiarse.

La pandemia resulta, pues, un riesgo que exige una solidaridad generalizada para estar a salvo. Es decir, pone en evidencia que la suma de la responsabilidad individual de todos y cada uno es la ruta para no caer en el falso alivio de pensar que el incremento en el nivel de riesgo es el efecto de algo distante como ese ente imaginario calificado despectivamente como irresponsabilidad social.

El próximo lunes San Luis Potosí regresa al semáforo naranja. Es la segunda vez en tres meses en que el riesgo de contagio se incrementa… ¿Cuántas serán necesarias para al fin entender que estamos obligados a la solidaridad con nuestros semejantes?