Antonio González Vázquez

Era el umbral de la muerte y la vida. Por aquí entraban al hospital el dolor y la angustia; cuerpos rotos y sangrantes aferrados a la vida. Vivir o morir. Llorar de tristeza o de alegría, cualquier cosa puede pasar.

La sección de urgencias del Hospital Central Ignacio Morones Prieto está siendo demolida y en sus escombros quedan los polvos del recuerdo, de esos recuerdos que calan en las fibras más sensibles del ser humano.

Nadie sabe lo que pasará en el instante siguiente, somos brizna en el viento, una hoja más en el árbol azotado por el vendaval.

Puede ocurrir cualquier cosa: un accidente en casa o en el trabajo o en el automóvil, un ataque armado, una intoxicación por fármacos o drogas duras, un intento de suicidio, una enfermedad crónica degenerativa.

Un trabajador realiza maniobras en su máquina de gran tonelaje. Es una fría mañana de enero y la excavadora derrumba paredes, pisos y techos. Varillas retorcidas y enormes trozos de concreto que por décadas fueron refugio para los enfermos pasan a convertirse en desecho inútil.

Don Pedro, un obrero de la construcción observa a unos metros de distancia. Tendió alrededor del sitio una lista roja para que nadie se acerque más de lo debido. Está sentado a unos 20 metros de la obra y comenta que desde hace varios días empezaron a demoler parte del área de urgencia, “pero lo vamos a tumbar todo”.

Dice que esa parte del hospital “era muy deprimente”. Ya estaba muy viejo y daba tristeza verlo. “Pero todo va a ser nuevo y eso está mejor”, comenta con tono esperanzador porque “mucha gente lo necesita”.

Se pensaría que no hay hospital que no resulte deprimente, aunque también es bálsamo reparador del dolor, una ventana abierta a la vida.

Hoy es ruina y cascajo. En su lugar habrá otro edificio y cerca un estacionamiento; un Hospital moderno y digno. A unos metros de distancia, en la acera de Manuel Nava, se ven filas de personas que esperan noticias de sus enfermos; vienen de todas partes y muchos de ellos, por su condición humilde, permanecen cerca del hospital.

Junto al edificio en demolición se levanta la gran construcción del nuevo Ignacio Morones Prieto y no deja de motivar el asombro que despierta aquello que sustituye lo anacrónico.

Construir una escuela o un hospital, alumbrar una calle en penumbra, dotar de agua a la comunidad pobre son momentos excepcionales. Por mucho tiempo aplazado, la construcción del nuevo hospital era algo apremiante.

Mil 133 millones de pesos para eliminar lo obsoleto y dar paso a una torre médica de siete pisos con 250 camas, 13 quirófanos, dos salas de expulsión, 80 consultorios, servicios auxiliares de diagnóstico, auxiliares de tratamiento; hospitalización para pediatría, adultos, cirugía, medicina interna, ginecología y obstetricia; servicios paramédicos de archivo clínico, centro de equipos y esterilización, nutrición y dietética, comedor, laboratorio de fórmulas lácteas, consulta externa, servicios generales y oficinas administrativas.

El hospital que desaparece poco a poco fue inaugurado el 17 de noviembre de 1946; el gobernador era Gonzalo N. Santos. La primera piedra fue colocada el 4 de abril de 1942.

Ya corrieron unos 700 días desde el inicio de las obras, quedan 200 días más para concluirlo y, como dice Don Pedro, “la verdad es que ya hacía falta”.