Astrolabio

Alejandro Hernández J.

El reciente brote de una nueva cepa de coronavirus ha generado gran alarma en el mundo. No es para menos: en un mes, el agente patógeno ha sido capaz de alcanzar cuatro continentes (Asia, Oceanía, América y Europa), de infectar a alrededor de 6065 personas y de causar al menos 132 decesos. El virus 2019-nCoV fue el tema de un consejo extraordinario de expertos en la sede de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha ocupado las primeras planas de muchos periódicos del mundo e incluso fue evocado en una conferencia “mañanera” del Gobierno Federal mexicano.

Aunque aún no existe ningún caso confirmado en nuestro país, muchos ya comparten en sus redes sociales informaciones sobre cómo protegerse del contagio; otros, en modo más bien burlón, hablan de cómo el virus parece ser el colmo que faltaba al poco alentador inicio del año 2020. En resumen, nadie parece indiferente ante el nuevo germen; sin embargo, existe una fuente de enfermedades respiratorias muchísimo más letal, pero que, por su ubicuidad, pasa —paradójicamente— bastante desapercibida: el aire contaminado, que es respirado por nueve de cada diez personas en el planeta.

Según la OMS, en el mundo mueren anualmente 4,2 millones de personas debido a enfermedades directamente relacionadas con la contaminación ambiental. ¿Qué representa esta cifra si se la compara con la letalidad del 2019-nCoV? Aunque todavía es demasiado pronto para estimar el número de decesos que podría causar el nuevo agente infeccioso, un pariente cercano a este permite realizar algunas proyecciones. En 2002, el SRAG Co-V —otro miembro del grupo coronavirus— causó la epidemia del síndrome respiratorio agudo grave (SRAG), la cual dejó a su paso un total de 800 muertes en el mundo. Como vemos, el aire contaminado sería al menos 525 mil veces más mortífero que algunos de los virus más temidos.

Las dos principales fuentes de la contaminación ambiental son los vehículos de combustión y la industria, pues liberan partículas finas conocidas como PM10 (partículas más pequeñas que diez micrómetros) y partículas ultrafinas. Las primeras se quedan en nuestras faringes, tráqueas y broncos; las segundas son capaces de alcanzar el torrente sanguíneo. El desenlace es de todos conocido: enfermedades cardiovasculares y respiratorias de moderadas a letales.

En el estado de San Luis Potosí tenemos la suerte —o la desgracia— de contar a raudales con las dos principales fuentes de contaminación del aire; de hecho, alimentamos vigorosamente estos dos factores: con 235 empresas de automóviles y 233 compañías proveedoras de autopartes, somos un líder global en el sector automotriz. Evidentemente (al menos según el paradigma económico actual), sería absurdo poner un freno al desarrollo industrial de nuestra ciudad y de nuestro estado. Sin embargo, estar orgullosos de contar con la sexta economía más dinámica del país o de ser sede de algunos de los proyectos automotrices más ambiciosos del mundo mientras nos ahogamos en emisiones tóxicas es tan ridículo como presumir que corremos maratones y triatlones (algunas veces alcanzando los primeros lugares), pero conservamos el gusto culposo de fumar dos cajetillas de cigarros al día.

Podría decirse que, con la omnipresencia del automóvil, no hay flanco por el que no terminemos perdiendo. Perdemos, como ya hemos mencionado, la posibilidad de contar con una calidad de aire medianamente aceptable y, puesto que la mayoría de las ciudades no están expresamente diseñadas para desplazarse a pie, perdemos también buena parte de las ocasiones que podríamos destinar al mejor recurso para prevenir las enfermedades cardiovasculares y respiratorias que la contaminación ambiental exacerba: el ejercicio físico.

De hecho, construir una ciudad en función de los automóviles es, en palabras del pensador austriaco Iván Illich, sinónimo de perder las piernas. Esto se comprueba física y psicológicamente. En nuestra ciudad, como en muchas otras, existen varias zonas a las cuales es prácticamente imposible acceder sin ayuda de un vehículo motorizado, pero existen también zonas de fácil acceso peatonal que muchos preferimos cruzar en coche, incluso durante nuestro tiempo libre. Esto quiere decir que también perdemos la capacidad de representarnos que existe la movilidad urbana sin necesidad de un auto. Por si fuera poco, el concepto de nuestra corporalidad también se ve afectado: ¿cuántos de nosotros no hemos circulado varios kilómetros en coche para llegar al gimnasio donde recorreremos el mismo número de kilómetros sobre una caminadora?

Finalmente, circular dentro de un equipo motorizado con música envolvente, climatizado y con un agradable olor a aromatizante nos haría, tal vez, perder la capacidad de ver nuestra ciudad tal y como es. Por ejemplo, no es lo mismo respirar aire acondicionado que el desagradable olor combustible quemado, llegar al trabajo en tan solo diez minutos que pasar una hora en el transporte público o salpicar a un peatón en días de lluvia que ser el peatón salpicado.

La gran alarma por el coronavirus y la indiferencia ante la contaminación ambiental nos muestran que, como enceguecidos por una extraña hipermetropía, vemos de lejos pero no de cerca. La búsqueda de ascenso social y de un bienestar imaginario (pues la realidad es el aire contaminado y no el aire acondicionado) nos mantiene, ciudadanos y gobernantes, en una esclerosis social que pronto podría transformarse en esclerosis arterial. Si San Luis Potosí desea conservar su dominio industrial sin morir intoxicado, las autoridades deberían igualmente desear un liderazgo mundial en materia de transporte público y de limitación de emisiones de gases de escape. Por lo pronto, pareciera que la misión principal del transporte colectivo metropolitano o de los proyectos potosinos de desarrollo urbano es, paradójicamente, incitar a la compra de más y más vehículos motorizados privados.

¿Cuándo llegará a San Luis Potosí y se propagará por el mundo un peligrosísimo virus que se transmita únicamente por el aire acondicionado de los autos y del cual solo se pueda estar a salvo en el transporte público, a pie o en bicicleta? Todo indica que solo una amenaza de este tipo podría ayudarnos a garantizar un medio ambiente sano.

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