Astrolabio

Carlos Rubio

Es sencillo escuchar música; es complejo entenderla; es maravilloso sentirla. Quien se jacte de haber sentido una melodía en lo más profundo de su ser, también podrá asegurar el nacimiento del interés por interpretarla; se vuelve profundo el deseo de poder recrear los estéticos sonidos que acaban de llegar a sus oídos.

Así le ocurrió a Jesús Méndez, el guitarrista que con algo de blues y jazz, le otorga mayor esencia a las tardes nubladas de la plaza Fundadores, mientras está sentado en una banca con su guitarra Ibanez y su bocina. Con 68 años, ha recorrido la mayor parte de la República Mexicana y ha parado en Estados Unidos, todo con ayuda de la música, que lo ha llevado a fluir a innumerables lugares.

Su aventura comenzó a los 12 años, cuando, desde su casa, su atención fue capturada por un grupo de jóvenes que cantaba y tocaba. Comenzó a aprender impulsado por su padre, un militar de nombre Jesús Méndez de la Torre, que luego se convirtió en jefe da la policía, jefe de tránsito y jefe de la penitenciaria en San Luis Potosí. Su abuelo, según cuenta Jesús, peleó en la renombrada batalla del 5 de mayo en Puebla.

Así fue como Jesús se interesó en la música, especialmente en la guitarra. Durante sus siguientes años, fue acompañado por decenas de maestros que le han dejado enseñanzas que hoy recuerda con agradecimiento y paz; una especial tranquilidad de quien revive en su mente el momento en el que eligió su futuro y nunca se arrepintió de ello. También aprendió a tocar el piano.

Jesús saluda a la mayoría de la gente que pasa frente a él, los conoce, lleva años sentándose a tocar entre los antiguos muros del Centro Histórico, esperando recibir algunas monedas a cambio. Su rostro denota varias arrugas, especialmente en sus mejillas, las cuales se marcan con más fuerza cada vez que ve a un amigo y le sonríe para saludarlo.

La gente lo conoce como El Búho, apodo que se ganó por su acostumbrado andar por la noche y su semejanza con el ave de plumaje café y ojos amarillos. Gusta de tocar música clásica, blues, jazz, flamenco, bossa nova y rock.

Estudió en Bellas Artes y con algunos maestros particulares, luego emprendió su viaje por México; Tijuana, Guadalajara, León, Tabasco y Veracruz son algunos de los lugares que más recuerda, pero sin duda, su aventura por Chicago es la que le trae mayor nostalgia.

Atraído por el blues que se tocaba en los aglomerados bares de Chicago, en 1970 viajó a la ciudad que sería su hogar por 10 años, fue tan memorable esa época para él, que escribió un libro con todas sus historias, llamado Memorias de Chicago. Entre sus anécdotas se encuentra cierta vez que tocó una canción para Carlos Santana, conocido por haber sido nombrado el mejor guitarrista de México. Además de la ocasión en la que tocó en el legendario salón “Aragon” con capacidad para cinco mil personas.

También recuerda la ocasión en que conoció a los integrantes originales de Deep Purple y cuando tocó con Quicksilver Messenger Service, una famosa banda proveniente de San Francisco formada en 1965.

En la portada de su disco se pueden ver fotos de él en distintos lugares, distintos escenarios donde pasó con su guitarra y asombró a más de una persona con su habilidad y su feliz rostro al tocar.

Jesús fue secretario de un sindicato de música en México, además da clases particulares de piano y guitarra. Es un gran lector y aficionado de la pintura, arte que también aprendió desde pequeño, leyendo libros y observando grandes obras en todos los museos que pudo visitar durante sus viajes.

Aún con tantas anécdotas en su mente y todas las personas que conoció, Jesús se refiere a su hija como “lo más bonito de la vida”. Ella, de 33 años, y él de 68, se acompañan todos los días en su andar, en su cómoda casa que su padre le dejó.

Por todo el lugar Jesús transmite una envidiable parsimonia con la que toca su guitarra. Ni si quiera debe voltear a ver sus manos, porque el movimiento es automático. Sus ojos se cierran y sus dedos bailan sobre el brillante metal de las cuerdas de su guitarra. Su felicidad se denota fácilmente con cada armónico que toca; es la sonrisa de aquel hombre que eligió acompañarse de una guitarra para toda su vida, y eso no es fácil, para ello hay que escuchar, entender y sentir, como él lo hizo.

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