Dinero, poder y otros vicios

Abelardo Medellín Pérez

Los señalamientos públicos que surgieron esta semana contra la opulenta forma de vestir que ha mostrado el diputado local del Partido del Trabajo, Tomás Zavala, han generado una inadvertida división en la opinión pública: por un lado, hay quienes condenan el acto como si de un delito se tratara y, por el otro, hubo quienes defendieron el garbo del legislador, afirmando que era un asunto de índole privada. De entre la polarización rampante, vale la pena rescatar una pregunta que se vio poco entre los comentarios, pero que es cientos de veces más interesante que el debate alrededor de un reloj: ¿por qué alguien con amplio poder adquisitivo buscaría ocupar un cargo público de representación?

La pregunta no pretende sugerir que existan impedimentos legales o éticos para que los encumbrados participen en la política. Todo lo contrario. Esta interrogante, que leí en más de una decena de publicaciones sobre el caso del diputado, en todo caso revela un dogma profundamente arraigado en nuestras creencias sobre lo que es la política: los funcionarios públicos buscan ocupar espacios políticos por el dinero que pueden ganar de ellos.

Si la lógica y la experiencia dictan que un cargo público mejora las condiciones económicas de quien lo obtiene, ¿qué interés podría tener en dicho cargo un perfil que, por sus empresas, inversiones, riqueza heredada o capital, ya tiene el dinero que necesita? ¿Qué empuja a un perfil privado y acomodado a convertirse en una figura pública y a vivir bajo la constante incomodidad del escrutinio de la mayoría?

La respuesta simple para muchos es la “ambición desmedida”, que sí, la padecen muchos de los integrantes de nuestra clase política; sin embargo, hay un par de razones más poderosas y consistentes con la forma de gobernar que tienen los políticos mexicanos.

Una de las principales es el poder político y las oportunidades de modificar aquello que necesitan para acumular más recursos económicos. Imaginemos, por ejemplo, a un empresario que decide competir por un ayuntamiento; inicialmente podría pensarse que, si ya tiene dinero, es poco probable que su intención sea enriquecerse más. Sin embargo, es probable que en ese cargo aproveche para cambiar el tipo de uso de suelo de un grupo de predios que había adquirido y cuyo trámite había sido oneroso o complicado. O quizá, desde esa posición, pueda modificar el cobro del impuesto predial en las zonas habitacionales donde tiene propiedades en renta. Incluso podría aprovechar el cargo para afectar a sus competidores comerciales con inspecciones sorpresa y clausuras arbitrarias; o, al contrario, beneficiar con permisos y dictámenes de protección civil positivos a sus amigos y cercanos.

Es, como decía Max Weber: “Quien hace política aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines”.

Pero entonces… ¿Por qué buscar ser diputado, senador o regidor si en esos cargos no tienen una gran capacidad de agencia?

El mismo Weber afirmaba que buena parte de la búsqueda por cargos públicos tiene más que ver con el hambre de prestigio, sin relación directa con un llamado de servicio. Es decir, el poder por el poder mismo.

Otra explicación es la necesidad de vigencia. Tomemos como ejemplo al diputado Tomás Zavala, víctima del máximo escrutinio que la prensa local y nacional le pudo infligir. Quizá el legislador no tenía entre sus planes ocupar una curul; puede que en 2024, cuando se preparaba para competir, el movimiento del que forma parte le avisara que la única oportunidad de seguir participando era como diputado.

Dinero, poder político, necesidad de prestigio o el potencial de seguir participando. Esos son, en suma, los cuatro grandes motivantes que mueven a los políticos a buscar un cargo. Y el problema no es que en la lista falte el “interés común”, sino que como ciudadanos validemos sus motivos al cuestionarlos únicamente por ellos.

¿Saben qué es más escandaloso que un reloj probablemente comprado con ganancias privadas anteriores a su cargo? El hecho de que Tomás Zavala ha ocupado la curul desde hace un año, nueve meses y cinco días, y no tenga ni una sola intervención en tribuna. Zavala González es diputado de mayoría relativa; la gente votó por él para representar al distrito I del Altiplano y prácticamente ha tenido una función muda durante los 643 días que han transcurrido de la legislatura.

El Altiplano no tiene voz, no tiene palabra, no figura en tribuna; el diputado vota, siempre con el bloque oficialista, pero no defiende, no se posiciona y no habla por sus representados. Una vez más, el norte del estado carece de una representación digna ante el Legislativo; con un problema así, es difícil creer que la nota nacional, espectacular y escandalosa sea la de un empresario presumiendo sus onerosos gustos.

En el eterno debate que busca dilucidar si el dinero es la meta del político o solo su instrumento, no podemos caer en el error de de medir la desfachatez del servicio público solo en términos monetarios. El interés personal puede guiar a buena parte de la clase política, pero no debe ser el criterio que sigamos para exigir resultados o llamar a rendir cuentas.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Maestrando en Estudios sobre la Democracia y Procesos Electorales en el posgrado de Derecho de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Ha trabajado como reportero y columnista en los medios digitales La Orquesta y Arco Informativo; actualmente es jefe de información de Astrolabio Diario Digital. Ha sido acreedor de dos premios estatales de periodismo en las categorías de Artículo de Fondo y Periodismo Regional.