Un gallardismo atrapalotodo

Abelardo Medellín Pérez

Cuando el gobernador Ricardo Gallardo Cardona se congratula de que su sucursal política (el Partido Verde Ecologista de México) tiene mejores números que la destartalada oposición local, lo más triste no es que utilice su plataforma como mandatario para hacerlo, sino que confirma con su dicho que lo que encabeza moralmente no es un partido político… sino un partido atrápalotodo.

Esta semana, el gobernador Gallardo Cardona afirmó que el Partido Acción Nacional y Morena han iniciado el proselitismo rumbo a la definición de sus coordinaciones estatales para la elección de 2027 porque son partidos que tienen “números más bajos” y que, por ello, requieren salir a buscar votantes antes de tiempo.

Además de la obvia ironía de escuchar a Gallardo Cardona hablar de campaña adelantada, cuando su gobierno prácticamente ha servido de plataforma electoral para beneficiar a la senadora-aspirante de su partido, el comentario nos recordó que el PVEM no es ni de cerca un proyecto presumible.

Hasta mediados del siglo pasado, la ciencia política estudiaba a los partidos políticos como instituciones que cumplían con una serie muy clara de funciones dentro de las democracias, como la socialización política, el reclutamiento de las élites, la participación en elecciones, la formación de gobierno y, la más importante a mi ver, la representación social.

Sin la representación social, el partido simplemente no tenía, ni tiene, razón de ser. Solo bajo el entendido de que el partido agrupa a ciudadanos con intereses y preocupaciones similares se justifican la afiliación (sumar ciudadanos al proyecto), la militancia (que los ciudadanos participen al interior del partido), la creación de un programa (que defina los objetivos del instituto político), la definición de una ideología común (que permite a los ciudadanos reconocerse en los esfuerzos del proyecto) y la participación electoral para acceder a cargos (que es la finalidad del partido en su interés por ocupar espacios donde pueda tomar decisiones que respondan a los intereses de quienes lo conforman).

Hoy en día, tales condiciones parecerían ser ajenas al ecosistema partidista mexicano, pero no es casualidad ni un fenómeno novedoso. El hambre desmedida de votos, la coacción del electorado y las prácticas clientelares que se imponen a los buenos programas de gobierno fueron la consecuencia de una nueva corriente de partidos que, en los años sesenta, describió el politólogo alemán Otto Kirchheimer.

Otto hablaba de los partidos “catch-all”, partidos atrápalotodo. Institutos políticos que ya no representan a clases sociales (como los partidos socialistas representaban a los trabajadores), ni representan a grupos de interés (como los partidos conservadores representaban a las élites económicas), prácticamente dejaban huérfanas a las masas necesitadas de representación y optaban por difuminar su ideología y centrar sus esfuerzos en acaparar tantos votantes como les fuera posible.

Si comparamos el partido atrápalotodo descrito por Otto a mediados del siglo XX con el actual PVEM que ostenta la Gallardía en San Luis Potosí, encontraremos, de hecho, coincidencias bastante curiosas.

El primer rasgo es la moderación ideológica; el partido abandona los discursos y posiciones rígidas; en cambio, se refugia tímidamente en el centro del espectro ideológico y cambia al contentillo. Por ejemplo, el gobierno potosino sostiene una propuesta de programas sociales para un estado de bienestar, pero se niega a políticas fiscales que cobren mejor y más impuestos; hace propuestas radicales, pero las deroga si son impopulares (por ejemplo, la Ley Ruth o la Ley Serrano), y llega a ignorar sus principios como “partido ecologista” al haber evadido durante cinco años una regulación antitaurina e, incluso, promociona tales eventos durante la celebración de la FENAPO.

Luego tenemos el fortalecimiento del liderazgo central. No hay que ahondar mucho en este punto: para Gallardo Cardona lo importante no es el gobierno que dirige, sino su propia imagen como gobernador. La estructura le importa tan poco que no tene cambiar y destazar a contentillo su ya disfuncional gabinete. No le importa dividir la Secretaría de Salud en dos o entregar los parques Tangamanga al beneficiario del favor político en turno; la estructura no le importa, porque el centro de los intereses del partido es su líder. Por eso no puede dejar de aparecer en eventos proselitistas del PVEM y de la senadora Ruth González; por más simpatizantes que tengan, los seguidores aprendieron a aplaudir al apellido, no a apoyar el proyecto.

Y, finalmente, la desestimación de la militancia. Cuando los partidos representaban a la gente y se vivía el apogeo de los partidos de masas, la ciudadanía se unía a un instituto político con un propósito: organizar elecciones, formar cuadros, difundir su ideología, proteger el voto y convocar a nuevos simpatizantes. Eso se perdió. La afiliación, para Gallardo, no es otra cosa que un número exagerado que presumir, para alimentar la megalomanía de la que depende su publicidad. Los militantes solo sirven si son capaces de amenazar a sus vecinos con el ultimátum verde: “O vas al evento del gobernador a aplaudir o te quedas sin apoyos sociales”. Los cuadros no son ciudadanos interesados en el proyecto, son los amigos y familiares del político que haya obtenido un permiso temporal para explotar la marca ecologista en su municipio o en su curul.

Por todo lo anterior, no sorprende que el gobernador se muestre orgulloso de los supuestos “buenos resultados” del partido. Nunca veremos a Gallardo Cardona celebrar que el PVEM representa mejor a la ciudadanía en el Congreso, la Cámara de Diputados, el Senado o los cabildos; en primer lugar, porque no lo hace, y, en segundo lugar, porque su principal interés es que el partido gane elecciones y reúna votos que afiancen su proyecto personal y económico. Nada más.

El Partido Verde en San Luis Potosí tiene como propósito utilizar a los potosinos, no servirles. Y esa trágica contradicción es algo que el gobernador no tiene pena de presumir, y nosotros no deberíamos tener duda de que va a empeorar.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Maestrando en Estudios sobre la Democracia y Procesos Electorales en el posgrado de Derecho de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Ha trabajado como reportero y columnista en los medios digitales La Orquesta y Arco Informativo; actualmente es jefe de información de Astrolabio Diario Digital. Ha sido acreedor de dos premios estatales de periodismo en las categorías de Artículo de Fondo y Periodismo Regional.