Martín Faz Mora

Un día sí y al otro también la disputa continúa. Con solo dos semanas la “Cuarta Transformación” (4T), concepto que se arguye con orgullo por sus impulsores y simpatizantes y con sorna por sus detractores y oponentes, da para todo tipo de análisis, discusiones y abiertos desencuentros y pleitos, tanto en medios digitales como en reuniones y conversaciones reales.

La semana anterior tuvo ocasión uno particularmente enconado con ocasión de la desafortunada expresión que la conocida analista Denise Dresser utilizó hacia Gibrán Ramírez en la mesa de análisis del programa televisivo “La hora de opinar” del conductor Leo Zuckerman.

En determinado momento de la discusión Dresser desplegó un trato arrogante con su joven interlocutor, hasta el punto de cuestionar sus argumentos y conocimientos por su juventud, además de endilgarle el descalificativo título de “vocero de la Cuarta Transformación”. Con posterioridad Dresser adujo que “No descalifico a nadie por su edad” -pero que- “Sí cuestiono a quienes optan por desconocer/ignorar la historia de su país por conveniencia política”.

Luego de lo ocurrido la politóloga fue objeto de una andanada de ataques en las redes sociales que en pocas horas la convirtieron en tema de tendencia (trending topic). En ellas, Denise Dresser suele ser objeto frecuentísimo de ataques con una enorme, inadmisible y virulenta carga misógina, ésta vez no fue la excepción. Pero ahora también lo fue su interlocutor Gibrán cuando los defensores de la analista le atacaron, además, por ser moreno y su apariencia con rasgos indígenas.

El episodio fue, de nuevo, ocasión para que las redes sociales se convirtieran en lo que analizaba aquí hace algunas semanas, el lugar de la ira y la polarización.

En mi opinión, la reconocida analista tuvo un claro lapsus adultocéntrico el cual le ha costado reconocer ya que en posteriores comentarios se ha justificado sin admitirlo: “creo que habría mejores formas de decirlo, pero los debates son así”, respondió a la directa pregunta de Carmen Aristeguí –“¿Te equivocaste en la forma?”– en otro de los espacios frecuentados por la analista. También utilizó el recurso de argumentar que ha sido maestra universitaria durante veintisiete años e impartido clases a miles de jóvenes de quienes reconoce aprendizajes.

Sin embargo, aún entre adultos que tratan cotidianamente con jóvenes, el adultocentrismo es frecuentísimo. De hecho suele ser la forma normalizada de entablar relaciones con ellos, desde luego de un determinado tipo de relaciones con una enorme asimetría de poder. Es lo más usual, particularmente en la relación profesor-alumno y ni qué decir en las de padre-hijo.

De acuerdo con la UNICEF, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, “el adultocentrismo designa en nuestras sociedades una relación asimétrica y tensional de poder entre los adultos y los jóvenes. Los adultos poseen más poder, los jóvenes poseen menos poder. Los adultos son el modelo ideal de persona, los adolescentes y jóvenes todavía no están preparados, por lo que aún no tienen valor”.

Así, el adultocentrismo es otra de las manifestaciones de poder asimétrico que conduce nuestras relaciones sociales, son formas de relación y comportamiento que internalizamos de forma acrítica y “natural” debido a las influencias de mecanismos propios del funcionamiento de la sociedad que organiza la convivencia social, construyendo así realidades objetivas de vida que son tremendamente jerarquizadas e incuestionables, a las que somos, en cierta medida, ciegos o inconscientes. Los aportes sociológicos de Pierre Bourdieu respecto de los mecanismos de reproducción de jerarquías sociales son clave para entender el concepto del adultocentrismo, desarrollado con posterioridad por diversos autores particularmente latinoamericanos en las recientes décadas (Claudio Duarte, Rossana Reguillo, José Antonio Pérez Islas, Lidia Alpízar y Marina Bernal, entre otros)

“El adultocentrismo indica que existen  relaciones de poder entre los diferentes grupos de edad que son asimétricas en favor de los adultos, es decir, que estos se ubican en una posición de superioridad. Los adultos gozan de privilegios por el solo hecho de ser adultos, porque la sociedad y su cultura así lo han definido” (UNICEF). El adultocentrismo es, en toda forma, un sistema de dominación que prevalece en la mayoría de las relaciones adultos-jóvenes, particularmente en los espacios educativos y familiares, pero también en el terreno de lo público como el debate político y, por supuesto, en los espacios laborales.

En el 2011 como parte del equipo de trabajo de Educación y Ciudadanía (EDUCIAC), una OSC local especializada en el tema que impulsó la “Ley de la Persona Joven del Estado de San Luis Potosí”, formé parte del equipo redactor y de cabildeo de dicha ley al interior de la LIX Legislatura (2009-2012). Cuando, con la entrañable colega y amiga Alma Nava (†), sugerimos la introducción del concepto adultocéntrismo en la sección de definiciones (Artículo 5 de la ley) fuimos objeto de una andanada de críticas y descalificaciones por no apegarnos a la “técnica jurídica” y buscar introducir indebidamente conceptos ajenos al campo del derecho sino a “otros”… como el de la realidad. La propuesta, por supuesto, fue desechada. Así la ceguera social ante las formas de dominación internalizadas por los sistemas sociales.

Twitter: @MartinFazMora
http://martinfazmora.wixsite.com/misitio

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La ira y las redes sociales