Astrolabio

Arely Torres-Miranda

Desde el inicio de la humanidad, creo yo, a través de miles de pretextos e historias, se ha construido la imagen de las mujeres como un ser inferior al hombre, por ejemplo, la religión católica nos construyó un mito como fuente de pecado y causantes de todos los males –como si Adán no hubiera podido negarse caray– o también tenemos la historia de Pandora, quien por culpa de su curiosidad llevó a la humanidad a la perdición.

Pareciera que a lo largo de la historia muchas mujeres han sido perseguidas y acusadas de provocar un grave daño a toda la humanidad. Y bueno, por increíble que parezca, pero que en San Luis Potosí recientemente lo pudimos comprobar, “la bruja” es una figura que todavía hoy, continúa asociándose con el terror y la maldad.

Pero ¿qué o quiénes son las brujas?

Se ha definido como “mujer que, según la opinión popular, tiene pacto con el diablo y, por ello, poderes extraordinarios” o se ha construido la idea de que es una “mujer fea y vieja”, sin embargo, hace unos meses cursé en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) un seminario llamado “La marcha de las Hogueras” y una autora hablaba sobre cómo también en el indoeuropeo weik significaba “portadora de conocimiento” y el actual término inglés, witch, deriva de la raíz wicca, que designa a curanderas, hechiceras y parteras.

Según Manuela Dunn Mascetti, las witch fueron las primeras médicas y debido a las construcciones patriarcales, adquirieron las connotaciones negativas que increíblemente, existe gente que aún les atribuyen en la actualidad.

En el siglo IV, al imponerse el cristianismo, la hechicería comenzó a ser vista como una manifestación pagana y, más tarde, se le relacionó con el culto al diablo.

La Iglesia empleó todos los medios de que disponía para erradicarla: sucesivamente, destruyó los templos paganos (S. IV); prohibió la adivinación y el empleo de amuletos (S. IV); castigó la práctica de la magia y la creencia en supersticiones (S. VI); y excomulgó a los astrólogos (S. VII).

Las antiguas creencias paganas fueron objeto de reinterpretación y, de este modo, “la nueva religión, por vía de sus autoridades, procedió de modo parecido a como antes había procedido el Paganismo con las creencias cristianas: las alteró algo, para convertirlas mejor en pura representación del mal” (Caro Baroja, 2003: 73).

Por lo anterior, tal cual está documentado, miles de mujeres fueron perseguidas, torturadas, violadas, quemadas en hogueras y ahorcadas. Todo enmarcado en un contexto religioso, ni siquiera era necesario tener pruebas, bastaba solamente con que una mujer fuera señalada y no había oportunidad de defensa. Sin duda, coincido con muchas autoras cuando señalan a esta caza de brujas como “el feminicidio institucionalizado más grande de la historia”.

Afortunadamente, hay otro lado muy afortunado de la historia que nos ha mostrado que las brujas también fueron aquellas mujeres sabias, fuertes, empoderadas, libres, que supieron usar las plantas para sanar, que ayudaron a otras mujeres a partir o también, a abortar para aquellas que así lo deseaban o necesitaban, también ellas han conectado por siglos con la naturaleza, con la madre tierra, se han dedicado a la agricultura, han alimentado a pueblos y han atesorado la medicina tradicional.

También fueron mujeres que, desde esa sabiduría y paganismo, ejercieron su sexualidad de manera plena y placentera con o sin fines reproductivos, y se reunían con otras mujeres para charlar, bailar sin pudor y divertirse en esa libertad y complicidad que solamente se experimenta en compañía de otras mujeres.

Claro, para el sistema religioso y misógino imperante este comportamiento no les ayudaba a seguir manteniendo el poder y el control sobre la sociedad, así que decidieron perseguirlas, juzgarlas y asesinarlas. Han pasado siglos desde la Santa Inquisición y es increíble que aún existan personas y grupos que aboguen y trabajen por limitar la libertad, la dignidad y el conocimiento de las mujeres.

Si deciden llamarnos brujas, seremos brujas, si deciden acusarnos en las hogueras modernas jurídicas y sociales, arderemos en ellas, pero sépanse que no estamos dispuestas a retroceder en lo que hemos avanzado.

La progresividad de los derechos humanos es una obligación del Estado, y desde acá acompañamos y respaldamos a aquellas mujeres que, desde la institucionalidad, trabajan en políticas públicas para garantizar los avances para todas las mujeres, sí, incluso para aquellas que reniegan de ello.

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