Astrolabio

Por: Oswaldo Ríos Twitter: @OSWALDORIOSM

Había una vez un país famoso por sus monstruos porque aprendió a reírse de ellos y de alguna manera a quererlos, se sabía que los grotescos personajes eran damnificados de la cruda realidad que sus habitantes vivían.

Por ejemplo, ¿quién iba a sentir miedo por La Llorona si deambula por las noches gimiendo por sus hijos extraviados? ¿Cómo temer a La Catrina si además de ser destino inevitable es elegante como una noche estrellada? ¿De verdad se podría sentir escalofríos por esa novia de aquel lugar (ponga aquí el nombre del pueblo que prefiera) que engalanada en vestido blanco perdió la razón por un amor desahuciado? ¿Terror por un Chupacabras famélico que solo aparecía en las crisis económicas para devorar mulas cansinas?

Nuestros monstruos eran entrañables porque eran hijos de nuestras carencias. Hasta aquel maldito día en que todo cambio: 1 de julio de 2018.

Ese día, la esperanza se volvió pesadilla y el poder hechizante de los sueños guajiros de 30 millones de ingenuos, convirtió al país de los monstruos adorables en el país de los adefesios verdaderos.

Aquí la historia:

Ese día, un aparentemente indefenso viejecito que pedía un poco de aportaciones para poder vivir, logró que a través de un aburrido pero poderoso conjuro (que repitió todos los días, durante muchos años) 30 millones de personas se convirtieran en zombis a los que les robó el alma y convirtió en seres callados y obedientes. Los más feroces se volvieron agresivas criaturas que defendían a su creador como si fuera su abuelito, pejezombis les llamaron.

El espíritu de ese ejército de desalmados lo empoderó y transformó hasta en cuatro ocasiones al que fuera un humilde y bonachón ancianito, para finalmente quedar en una espantosa y temible aberración viviente: El Hombre Amlobo, una horripilante abominación, mitad bestia, mitad lobo, que destruía cual canino rabioso todo lo que encontraba a su paso, lo mismo medicamentos para niños con cáncer, que albergues para víctimas. Hacía garras todo lo que se llevaba al hocico, pero primero los pobres.

Lo acompañaron un gabinete de horripilantes momias descerebradas incapaces de contradecirlo. Encargadas de ejercer un gobierno de terror que lo mismo ponía a las personas a trabajar como esclavos para construir obras faraónicas en honor del Hombre Amlobo, que pensar y ejecutar los más crueles castigos a través del cobro de altísimos tributos y reprimirlos con una guardia nacional de golems enfurecidos.

Por si eso no bastara, el Hombre Amlobo tenía a su servicio una legión de parásitos chupasangres que se dedicaban todo el día a dormir, pero en la noche practicaban los ritos satánicos más despiadados: legislaban e imponían castigos tan estúpidos como crueles. Quitarles a los niños la posibilidad de ir a una estancia para educarse o negarles el derecho de comprar dulces, ¡ni siquiera en Halloween! Eso sí, los vampiros legislacras eran tan leales al rey licántropo que en un mismo día podían chupar lo mismo cuellos secretariales, que botellas de Vega Sicilia, fideicomisos o tratamientos para enfermos de sida.

Todo este sórdido espectáculo se complementaba con una parvada de zopilotes de rapiña que quería sacar los ojos y arrancar la lengua a todo aquel que se atreviera a rebelarse contra ese régimen emponzoñado. Las aves malditas, todo el día dedicaban horribles alabanzas a su siniestro mesías, ¡y cómo no! si piadoso les arrojaba toneladas de chayotes podridos y a veces hasta paella

A esta “frankeinsteinización” del país algunos la llamaron “cuarta transformación”, en honor de aquel ancianillo de apariencia benigna, pero que terminó convertido en el famoso Hombre Amlobo. El Atila que convirtió las leyendas de los viejos monstruos en personajes de cuentos infantiles y la esperanza en una pesadilla.

¿FIN?

Bueno fuera, pero no. Le faltan por lo menos 4 años.

A+