Por Victoriano Martínez

La del rector de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) es una elección.

Aunque se define por los integrantes del Consejo Directivo Universitario (CDU), se hace “en votación secreta durante el mes de abril del año correspondiente, en sesión extraordinaria con quórum de las dos terceras partes del Consejo y una votación de cuando menos la mitad más uno de los votos emitidos”.

Son poco más de medio centenar los votos en disputa, pero finalmente hay una competencia por obtener una mayoría de la mitad más uno.

“Si ningún candidato obtuviera la mayoría requerida, se efectuará una nueva votación”, prevé el Estatuto Orgánico de la UASLP en su artículo 36.

La de rector es pues una elección, con candidatos y con electores que, por tratarse de un grupo reducido, abre mucho espacio a la especulación sobre el control de los grupos en diputa para orientar el resultado final, casi siempre –cual tradición– marcado por quien ocupa el cargo y determina quién habrá de sustituirlo.

Una elección sin reglas establecidas para el periodo previo a la sesión de CDU en la que se da la votación y que, por no estar regulado, abre un amplio espacio a movilizaciones, especulaciones y disputas de todo tipo con las que se cubre (o mal cubre) ese vacío.

Así surgen de un lado las versiones de malévolos “entes externos” que tratan de desprestigiar la labor de las actuales autoridades universitarias, hasta las guerras sucias en contra de aspirantes a la rectoría que se identifican como no alineados con quienes hoy encabezan la UASLP, con toda una serie de posibilidades entre uno extremo y otro.

Lo único cierto de tales exhibiciones es la existencia de grupos con distintas visiones de lo que debiera ser la conducción de la UASLP, cuyos intereses reales son indistinguibles ante los señalamientos que sólo tienen la intención de descalificar al contrario, de tal suerte que las propuestas quedan soterradas.

Así, se exhibe un favoritismo desde la estructura oficial por una candidata, se acusa campaña negra contra otro de los aspirantes, otro de los candidatos pide al rector respetar su ofrecimiento de piso parejo para los contendientes y uno más realiza movimientos para sumarse a la contienda. No dude que también lleguen a cocinarse alianza o que hasta haya candidatos comparsa.

Cualquier semejanza con las campañas electorales de los partidos políticos debe ser un gran motivo de preocupación, dado que se trata de la Máxima Casa de Estudios, de la que se supone que debieran surgir las mejores prácticas para que la sociedad las pueda replicar como vía para mejorar su convivencia.

A esa reproducción de las peores prácticas de los procesos electorales agregue la serie de errores y omisiones en las que ha incurrido la rectoría, desde el mal manejo dado al Caso Diego o a las denuncias de acoso sexual en los últimos años, hasta las peores prácticas en materia de transparencia y rendición de cuentas, y lo que resulta es un coctel explosivo.

Mañana comienza el mes estatutario para la elección de rector, pero también la vigencia de la declaratoria de emergencia sanitaria por el Covid 19 declarada para todo el mes, lo que podría ser considerado como una causa extraordinaria que impidiera la elección.

Una circunstancia que genera una disyuntiva en el proceso en curso: se convoca al Consejo Directivo o –como dice el segundo párrafo del artículo 36 del Estatuto Orgánico– “se convocará a la Junta Suprema, que a más tardar al día siguiente designará libremente rector, con el carácter de que se trate”.

De tomarse la primera opción, más valdría que se adoptaran medidas para que sea un proceso abierto y transparente que privilegia el debate de propuestas y no guerras de lodo que podrían interpretarse como una disputa de distintos grupos por la obtención de un botín. Un punto en el que la rectoría tiene la palabra.

De tomarse la segunda opción, la elección se definiría por cinco personas como los únicos electores, entre quienes se encuentra –según el portal Web de la UASLP– el ex rector Jaime Valle Méndez, represente lo que represente para los grupos que hoy se ven en disputa, antes que en contienda democrática.

Se trata del último proceso que le toca encabezar a Manuel Fermín Villar Rubio en el que, como despedida, podría dar una señal de que efectivamente promoverá la mejor alternativa para que el resultado se busque en beneficio de la UASLP y no de algún grupo.