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Leones, mosquitos y humanos: alimentación, explotación y colapso

Leones, mosquitos y humanos: alimentación, explotación y colapso

Alejandro Hernández

¿Cómo se alimentan los leones? La mayoría de los felinos son solitarios, pero esta especie se caracteriza por vivir en manada. En sus sociedades, los machos deben defender el territorio, mientras que las hembras son las encargadas de salir a cazar. En una sola caza, los leones pueden comer más de 20kg de carne, pero, en realidad, solo terminan matando unos 15 animales al año; el resto de su dieta es completado con carroña. Aunque pueden comer prácticamente cualquier animal que tengan enfrente, sus presas favoritas son, entre otras, los ñus, las cebras y los jabalíes.

Cuando vemos videos de leones cazando, es posible que nos parezca un evento bastante violento: sus mordeduras desgarran rápidamente la carne y son excelentes estranguladores. Sin embargo, ¿qué pasaría si, un día, estos grandes mamíferos dejaran de cazar y lograsen desarrollar criaderos de sus presas favoritas? En ese mundo hipotético, la alimentación de los leones crece tanto que les permite reproducirse exponencialmente y comenzar a extenderse por el mundo. De repente, siglos después, los leones más visionarios se ponen a hablar de oferta y de demanda. Un buen día, lo que comenzó como un pequeño criadero de gacelas en el sureste africano termina por convertirse en un negocio transnacional donde millones de gacelas, jabalíes y muchos otros animales son abatidos en masa; sus despojos se venden tanto en la sabana africana como los zoológicos mexicanos…

¿Y cómo se alimentan los mosquitos? Los machos se alimentan de néctar y las hembras de algunos géneros necesitan comer sangre, particularmente cuando requieren de proteínas para comenzar la puesta de huevos. Sus “presas” pueden ser aves, anfibios, reptiles y mamíferos. Por lo general, son insectos que aborrecemos debido a las molestias que nos causan sus picaduras. Sin embargo, su modalidad de obtención de alimento es extremadamente sutil: al colocarse sobre nuestra piel, su “trompa” se retrae y un grupo de estiletes comienza su trabajo: dos estabilizan los movimientos, dos cortan el tejido, una aguja busca la sangre y otra inyecta anticoagulantes. Este mecanismo complejo pasa, por lo general, desapercibido, pues estos insectos también inyectan anestésicos para que no nos demos cuenta de lo que sucede. (Pensándolo bien, ¿no es este mecanismo de alimentación uno de los más “respetuosos” y “elegantes”?).

Algunos géneros de mosquito, como el Aedes aegypti, parecen tener una debilidad por la sangre humana. Sobra decir que estos insectos son vectores de enfermedades cuyo peor desenlace cobra alrededor de 725 mil vidas humanas al año. Sin embargo, ¿qué pasaría si las hembras del género Aedes aegypti lograran, en un mundo paralelo, organizar criaderos de humanos? ¿Y si, con el paso de los siglos, el consumo de sangre humana se transformara en un resplandeciente mercado mundial para los mosquitos, con millones de humanos esclavizados para satisfacer el gusto de estos insectos?…

Los ejemplos hipotéticos anteriores parecerán ridículos, fuera de lugar. Sin embargo, ilustran la magnitud del cambio que ocurrió en la historia de la humanidad. Un primate que apareció en el este africano, el Homo sapiens, que cazaba y recolectaba, comenzó un buen día a domesticar plantas y animales, pero terminó, en el siglo XXI, sometiendo a millones y millones de animales. No lo hace realmente para alimentarse, sino para mantener un mercado de alimentación. Así, reses criadas en japón terminan en mesas mexicanas, italianas o canadienses, por dar un ejemplo.

Se calcula que 10 mil millones de mamíferos y aves mueren al año para mantener el negocio. Algunos terminan en nuestros platos; otros son simplemente desechados (en cámaras de gas o en trituradoras, entre otros lugares) durante el proceso industrial. Por otro lado, los animales que necesitan mantenerse en vida para producir alimento son víctimas de condiciones terribles. Las vacas ordeñadas, por ejemplo, están conectadas a tres dispositivos: una manguera que ordeña, otra que la insemina cada que sea necesario y otra que da comida —todo en un espacio tan reducido que el animal no puede dar más de un paso—. Al final del día, si nos comparamos con los leones o con los mosquitos, los verdaderos salvajes somos nosotros (y quien diga que el negocio no inflige maltrato a los animales simplemente porque “ellos no sienten”, solo tiene que investigar un poco para encontrarse con pruebas de la complejísima vida anímica de los animales…).

Parte del ridículo que vemos en un mundo donde leones y mosquitos establecen un mercado mundial de alimentos proviene, posiblemente, de una intuición que nos dice que ese modelo sería insostenible. Después de todo, ¿no había consecuencias desastrosas para el medio ambiente? Pero cuando nosotros, Homo sapiens, explotamos despiadadamente nuestro entorno, nada parece atemorizarnos. De hecho, nuestro modelo de existencia es tanto más insostenible cuando, para comer un huevo frito, un corte de res o un trozo de lechuga, se requiere de una larguísima cadena de producción en la cual se gasta un sinnúmero de recursos, mientras se inyectan enormes cantidades de desechos al medio ambiente. (¿Y cuántos litros y kilos de recursos y de desechos representan los platillos de 7 mil millones de humanos?).

¿Podría la mera existencia del hombre representar un peligro para la vida en la tierra? Sí, respondió recientemente la altamente renombrada socióloga Saskia Sassen. Justamente por ello, nuestra misión debería ser, en las palabras de esta especialista y de la intuición sana de cualquiera, intentar compensar nuestra capacidad destructiva. Si queremos evitar catástrofes gravísimas (de las cuales la pandemia por el coronavirus solo es una muy “pequeña probadita”), el respeto a la vida debería ser la prioridad de cada individuo, empresa o Gobierno.

Pero proteger la vida no está en la agenda. Hace unos días, se registró el día más caluroso en toda la historia al norte del círculo polar ártico. Los científicos han sido claros: si se quieren evitar problemas catastróficos, las emisiones de los vehículos automotores y de la industria deben detenerse ahora mismo. Sin embargo, mientras esto sucede, los países se enrollan en largas disputas sobre los precios del petróleo. A nivel nacional, el mayor proyecto sexenal de nuestro gobierno federal estaría en la construcción de la refinería de Dos Bocas, mientras que, quienes se oponen fervientemente al mandato de Andrés Manuel López Obrador, deciden hacerse visibles mediante manifestaciones en automóviles.

¿Y qué hay de San Luis Potosí? Al parecer, la mayor discusión pública se concentra en la posible figura del próximo candidato favorito para la gobernatura del estado con forma de perro Schnauzer. Solo que lo que sucede en la zona industrial, en los puentes de la avenida Salvador Nava o en la Sierra de San Miguelito tiene repercusiones en el círculo polar ártico. Y lo que sucede en Siberia repercute en la vida de los potosinos.

Queda poco tiempo.

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