Lucha de gigantes

Octavio César Mendoza

Hace unos días tuve noticias de que Marcelo de los Santos Anaya, hoy aspirante a sucesor de Enrique Galindo Ceballos por la presidencia municipal de la capital potosina, recurrió a tres casas encuestadoras respaldadas por tres diarios de circulación nacional para dejar en claro el peso histórico de sus apellidos entre la derecha del Potosí. Los datos son relevantes porque el PRIAN se ha tardado en definir algo que se consideraba un hecho desde hace meses: que si no es el hijo del exgobernador Marcelo de los Santos Fraga quien encabece las huestes azules y tricolores, no hay forma de que el conservadurismo mantenga en su poder este, su último bastión.

Claro que esto lo entienden todos los estudiosos y observadores del proceso político-electoral en curso, excepto quienes dentro del propio PRIAN se apuntaron al mismo encargo para negociar con el poderoso marcelismo una nueva diputación o (francamente) una lana, a pesar de ocupar diversos cargos y carteras. Nada tontos, le han jugado contras y lanzado peros al heredero de las máximas glorias del panismo potosino para sacar provecho, sabedores de que su condición de políticos pigmeos no les da para competir contra el otro gigante, el ahora llamado “príncipe verde” de esta batalla que se avecina: Juan Carlos Valladares Eichelmann.

Y es que esa es la verdad, aunque duela como piquete de chinche —hasta que amanece—: en el plano llano de la competencia por la Gubernatura, el Partido Verde y las marcas del pollo Gobernador y su movimiento gallardista no tienen competencia efectiva, sea o no sea la senadora Ruth González Silva quien resulte nominada. Lo saben el propio Galindo, los sesudos analistas del PRIAN de cualquier mesa grillera de radio o de Starbucks, y los que pretenden competir por segundas posiciones y premios de consolación dentro de MORENA: el Estado se mantendrá pintado de verde, y entonces sólo queda pelear por lo que aún no se tiñe de tal color.

Ante dicho escenario, la lucha de gigantes Juan Carlos versus Marcelo se antoja más que seductora porque trata de algo que supera el mero afán de asir el poder gubernamental: hablamos del prestigio que trasciende lo político-electoral, de la fuerza gravitacional de dos dinastías que han dominado el valle del gran tunal a través de vidas y haciendas, de la historia de dos emporios empresariales y de la visión de los estadistas de quienes ambos personajes en el ring resultan ser herederos. Es el pináculo de una clase social que ha logrado mantenerse en el culmen de una de sus tradiciones familiares: mandar y ser obedecidos, renombrados y rememorados.

Por eso dicen que quienes alzaron la mano por la candidatura del PRIAN a la presidencia municipal de la capital del potosí terminarán inclinándola para pedir su calavera (o su jálogüin, para sonar más ad hoc) sabiendo que para competirle a los Valladares sólo hay de una: sumarse a los de los Santos. Y sí, también aplica la misma circunstancia para quienes se apuntaron por MORENA para intentar levantar cabeza en una ciudad que, hoy más que nunca, se resiste a la transformación guinda de la 4T y ha comenzado a reservar los asientos de primera fila para ser testigos de una épica monumental que don Arturo “El rudo” Rivera describiría con enigmática emoción:

—¡No vaya a pasar lo que pasó en Caborca!